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19 enero 2016 2 19 /01 /enero /2016 23:53
Manuel

                Manuel tenía sesenta años y nos ha dejado. Amaba a Pili, sin duda la amaba; porque amar es tener dolor, sentir dolor y pensar mas allá de uno mismo, preocuparte porque el ser al que quieres esté  bien… Manuel  era un hombre bueno y será para siempre un hombre bueno.

                Lucas tiene seis años. Mira la vida con los ojos de quien no entiende de injusticias o maldades, de dolor y sufrimiento … mira desde la esperanza que tienen sus padres, desde el deseo de que entre todos hagamos posible un mundo mejor.

                Lucas escucha a sus padres hablar de Manuel. Entienden  que no es necesario ocultar a  sus hijos los giros que da la vida. Lucas pregunta:

¿Mamá, qué pasa con Manuel? ...

 Manuel falleció, Lucas;  falleció ayer por la noche – contesta la madre- …

Mamá … ¿y ahora quien va a cuidar de Pili?...

               Manuel amaba a Pili y Lucas, con su manera de mirar, con su forma de ver, desde sus seis años,  fue capaz de descubrir cuanto amor había en sus gestos, en los detalles…

               Buen viaje compañero, camarada. Buen viaje y gracias por todo.

               José A. Fernández Díaz.  

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13 enero 2016 3 13 /01 /enero /2016 01:08
Tres puntos...

          Volver… volver siempre y siempre sin haberme ido. Recuperar el estar,  a costa de todo y a pesar de pensares y olvidos.

          Es curiosa la compleja sinceridad con la que entretengo mis silencios y aún mis estrepitosas puestas en escena. Como buen soñador despierto que soy, no alcanzo a ser más que mi propia caricatura con blancos y negros para dar y tomar. Ya me lo decía la última mujer que quería querer, no sin antes criticar mí formula esencial del café para perderse en los sentidos… “tu no estás bien – me dijo-, esto no es café y eso que escribes se parece mucho a todo lo que no me gusta leer”… y dijo también: “no entiendo por que estas empeñado en mirar con los ojos cerrados. Bueno esos es lo que dices que haces y no lo entiendo”… “no estás bien, nadie escribe y utiliza con tanta frecuencia los puntos suspensivos”…

          Escuchaba a aquella mujer, justo en aquel momento, con todos los sentidos menos el de la vista y alcancé a concluir que acertaba cuando comenzó por decir: “no entiendo”… Yo tampoco.

           Yo, que intento no hacerlo, jamás presumo de mi capacidad para no entender; y con lo que me gusta no entender podría ser infinitamente feliz.

          No entendiendo casi nada he llegado a preguntarme casi todo, siempre en un acto de absoluta sinceridad y valentía…inútiles, por cierto... inútiles del todo.

          Mi ignorancia la explican los puntos suspensivos. Pienso, me detengo para pensar, pues necesito tiempo y no quiero engañar a nadie dando a entender que tengo la capacidad de escribirlo todo de corrido.

          No estoy bien. Nunca he estado menos bien que ahora. Vuelvo sobre viejas locuras para no avanzar en nuevos y peligrosos delirios. Vuelvo siempre, como ya he dicho, y vuelvo sin haberme ido porque irremediablemente me dejo olvidada mi fórmula esencial del café para perderse en los sentidos…

          Al final esa última mujer que quise querer resulto estar enamorada, perdidamente enamorada,  de mi yo silencioso,  suspensivo y meditabundo. Me dejó una tarde de domingo mientras marcaba una y otra vez un trío de puntos para entretenerme pensando… apenas fui capaz de escuchar el portazo entretenido con el ruido de mi ignorancia…

          José A. Fernández Díaz  

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12 enero 2016 2 12 /01 /enero /2016 00:43
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               Decidido a romper con el futuro, acordó consigo mismo regocijarse en lo vivido, exclusivamente. Detenerse para siempre entre un punto exacto del pretérito consciente y el ahora mas inmediato.

                Pero el ahora era un gran problema porque,  a pesar de sus esfuerzos, no dejaba  de cambiar las reglas de su juego.

                Descubría, con estupor, constantemente, las manos manchadas de expectativas… la esperanza, que lo salpica todo en tiempos de locura, era futuro puro y duro.

                Intentando no hacer nada para construir  futuro,  se refugió en sus libros, fotos harto anacrónicas y amores hechos para el ahora,  sin mas allá…

                Un día imaginó, mas que encontró,  en el cielo oscuro, una estrella a la medida de sus mejores sueños. Se trataba de una estrella muerta, apagada, tan negra como el cielo que la contenía, como el universo de las películas… Un día cuando había alcanzado los sesenta y nueve años  se dedico a mirar para siempre al fondo del escenario,  allí donde la vida se acaba acabando siempre para siempre…

                José A. Fernández  Díaz.  

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11 enero 2016 1 11 /01 /enero /2016 00:23
Amanecía o algo parecido

               Amanecía y allí nos encontramos. Llevaba conmigo algunas copas de más y una frase que repetía y repetía,  con la intención de colocarla entre un par  de versos que me había dejado en casa.

                Perturbado por los despertares ajenos,  no hago otra cosa, cuando quiero no dormir conmigo mismo, que esperar la aurora rumiando ires y venires  a lo largo de calles deshabitadas  y, sin embargo, pobladas por la memoria pequeñita.

                Me gusta ver llegar la luz del día nuevo poco más o menos igual que se hubiera ido pero, aun siendo el mismo, derrotado por las horas de ausencia entre los límites de la vida ordenada  y el viaje siempre corto y eventualmente intenso a través de las horas rotas.

                Aquella noche encontré que la vida tiene la cualidad de pensarnos como juguetes esparcidos por su breve jardín y en ese jardín todo está a la merced de los antojos del tiempo….  

                Sentada en un portal, una mujer madura ciertamente, rubia y amablemente peinada me recordó a Marilyn, o mejor y con mas corrección, una de las más conocidas fotos de la Monroe. Había, me percaté, un zapato algo alejado del pie y con la aguja encajada en un agujero del alcantarillado… y un libro del que sobresalía un papel sometido a la furiosa escritura de un escritor torturado, o eso quise pensar.

                Me acerqué y arranque o arrebate, casi, el zapato a aquella trampa urbana en la que había caído. Recogí el libro, mientras ella miraba al fondo de la calle ignorándome con detestable evidencia.

                Ofrecí, en silencio,  el zapato a aquella mujer y luego el libro. Una cosa tras la otra. Cogió el zapato mirando a la mano que sostenía el libro; pero no lo aceptó una vez lo ofrecí. Sin palabras hizo ademán de no estar interesada. Me fui… me fui al otro lado de la calle y me senté  en el portal que había justo enfrente. Ella miraba con curiosidad pero sin grandes gestos.

                Había poca luz en aquella calle y el amanecer tardaba en llegar… había muy poca luz en aquella calle, pero, curiosamente conocía bien aquel libro y había aprendido algunas frases de memoria… Mirando al suelo, con el libro cerrado,  comencé a hablar  de aquella historia, a contar con trazos casi propios el tortuoso camino del amante con el que me identificaba y que al final terminaba muriendo por decisión propia, aunque con la excusa del amor insoportable por no tener correspondencia…

                -¿Y tu que sabes de la vida?- dijo, desde su portal, con tanta autoridad que me sentí amenazado de rubor y hasta ridiculizado-.

                -¿Y tu?, ¿Puedes contarme de que va la vida y para que tiene tantas noches?.

                -Mírame. De esto está hecha la vida; de largas noches inciertas, despertares en soledad, hambre de sensaciones compartidas, pelos, labios, uñas y hasta tetas falsas… alcohol  como remedio a la incapacidad para dejar de pensar y café para despertar  en medio de días grises y sin sentido, hambre justa  para sobrevivir y cansancio… Libros hechos para alimentar hogueras y un puñado de ideas prostituidas, de las que, por cierto, presumen tantos ignorantes que apenas se sostienen sobre sus cimientos… Y yo que se para que tiene tantas noches… ¿lo sabes tu?...

                -Para amar no, eso lo sé. Es posible que no tengan sentido si la vida bajo el sol tampoco lo tiene. Mañana, que ya es hoy, saldremos a la luz cuando el día nos lleve ventaja… Y luego, pocas horas después,  otra vez la noche.

                -Eres muy raro. No sé qué haces hablando con el resto de un sueño; porque yo no soy otra cosa… Un sueño o una pesadilla, eso ya es cosa tuya. Ese libro y lo que asoma,  lo trías tú en la mano poco antes de caer al suelo… Me temo que se te escapa la vida calle abajo. Mírate morir a lo largo de ese hilo rojo que juega entre los adoquines.  Soy Marilyn y tu también eres historia…

                José A. Fernández Díaz.               

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8 diciembre 2015 2 08 /12 /diciembre /2015 09:36
Había una vez

                Había una vez un hombre al que todo resultaba molesto e imperfecto, todo menos el mismo y  su mundo de titiritero clandestino, de agrio manipulador y artesano de cosas rotas.

                Había una vez un hombre incapaz de seguirse a si mismo, de ser fiel a su verbo, de querer por querer  y de amar por amar.

                Aquel hombre caminó hasta la playa. El cielo de la tarde anunciaba y prometía tormenta de esas de romper sueños en porciones de pesadillas. Al llegar a la arena miró a los lados…no había ningún ser humano, si algunas gaviotas. Se acercó a las olas y les gritó con rabia, con tanta rabia que se sintió orgulloso de si mismo, luego  hablo:

                “Amor, amistad…amor. Tanto hablar y escribir de cosas que no existen, paraqué?. Mundo estúpido hecho al revés. Ese dios con tantos nombres no tiene la menor idea…aunque importa poco cuando no crees en el. Pobres fieles que sujetan sus esperanzas a tamaña mentira… Estoy harto de no ser escuchado, de no ser seguido… yo soy ese dios, pero los estúpidos no se  atreven a creer en mi”…

                Ya en silencio, sacó de su mochila un cuchillo demasiado grande para casi todo; lo tomó con las dos manos, se arrodilló y, alargando el cuerpo, lo clavó en la arena, tirando luego hacia el. Hizo un largo corte sobre la arena hasta descubrir las entrañas de la nada. Poco a poco se hizo un surco lo suficientemente grande para meter casi toda la ignorancia… y lo hizo, metió la cabeza, hasta que dejó de oir el sonido del mar…

                Acomodada su cabeza en el interior del surco, se percató de que sus palabras eran solo para el. Entonces el resto del mundo fue feliz…

                José A. Fernández Díaz

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2 diciembre 2015 3 02 /12 /diciembre /2015 01:14
Alicia y el hueco inaccesible. (parte 2)

                Alicia puso imágenes a la música  de Bach y lo hizo una tarde que llovía a rabiar. No sé como fuimos a parar a una vieja casa en medio de un mar de verdes y el sonido puro de la vida alrededor.

                Nos leímos a Baudelaire. Hicimos de sus flores del mal, el relato mas aproximado a nuestros días vividos juntos. El libro estaba allí, en aquella casa y ella lo conocía bien, igual que la música que había en la sala. 

                Me gustaba verla pasearse desnuda con un vaso de vino en la mano. Recuerdo que escribí, con un rotulador indeleble, una sutil frase sobre su piel. Lo hice alrededor de su sexo pero el tiempo la borró de mi memoria.

                Con su frase tatuada se paseaba por la sala con ganas de volar… algunas veces improvisaba  pasos y giros que me llevaron a preguntar  si en su pasado tenía gravado el paso por alguna escuela de danza clásica… No hubo respuesta. A mis semejantes preguntas nunca hubo respuesta. Para compensar, aquella vez, se acercó y posó en mis labios un beso con sabor a chocolate.

                Aquello era una locura, un sueño que no paraba, una sorpresa permanente. Aquella mujer hacía de la vida un inexplicable acto de egoísmo y aislamiento. El tiempo que pasábamos juntos era tan solo para nosotros. Nunca hubo nadie mas  y sin embargo , con ella era suficiente para que la vida estuviera colmada.

                Pasábamos días enteros juntos. Leíamos, hablábamos, hablábamos y leíamos  y rendíamos culto  a Baco y Eros sin proporción ni mesura.

                Para cuando volvía a casa se me antojaba siempre haber tocado el fin de un sueño y pensaba con obsesión en volver a dormir en su mundo y quedarme en su piel.

                De ella, de Alicia, sabía que tenía un par de lunares, la piel suave y las curvas vertiginosas. Un sexo habido y agradecido, cultura para compartir, gusto por lo simple, complicada en las perspectivas… Sabía todo eso, que no era poco, pero nada mas. Alicia no tenía historia, origen o futuro apreciable. Alicia era presente en mayúsculas  y yo habitaba allí, a su lado, cuando ella quería que sucediera.

                No había nada al otro lado del espejo de esta Alicia. Nada que ella me dejara ver. Era la reducción de la complejidad a la imagen que nos devolvía el espejo. Era un laberinto que iba de ella a ella sin pasar por ninguna parte, circunstancias, parentesco, anécdota, nombres próximos … No hablaba de amor … lo hacía simplemente. Hablaba de piel invadida, colonizada, conquistada, disfrutada. De sexos atrapados en su propia aventura.  Hablaba de Baudelair, mientras me acercaba una copa de vino con la marca de sus labios.

                Solo pensaba en su piel y en decir “te quiero”. Pero decir te quiero estaba prohibido. Alicia no quería ser amada con palabras y rematada con nada parecido. Alicia quería ser querida con la piel, sin poner nombres, con las ideas, con la razón. Y yo sentía crecer las palabras prohibidas en mi interior. Sentía que no las podía contener . Yo la amaba con la piel y con las otras palabras pero ahora necesitaba decirlo, escribirlo, gritarlo.

                No podía decir la verdad. La verdad era una herida abierta y la cura no estaba en el silencio porque me moría poco a poco…

                El vacio llegó una tarde de domingo, hermosa con locura, cuando el curso en la universidad llegaba a su fin. Ella, Alicia, despertaba de su siempre breve siesta y lo hacía con tanta música y tanta poesía que en mi larga desesperación, no pude menos que dejar atraerme por su piel y recorrerla de sur a norte, llevándome sabores y sensaciones  en la boca y en la mirada. Rozamos juntos la locura  y aquella vez, aquella tarde, no pude parar, no supe contener mis ganas, aquel deseo mío de decir y lo dije bajito al oído…

                No hubo respuesta, si  un sutil estremecimiento pero nada mas. No en aquel momento, no en aquel instante. Aquella noche al despedirnos,  terminé pensando que el beso había sido demasiado largo y me extraño el “adiós” que se deslizó entre las manos que me costó soltar.

                Fue la última vez que vi a Alicia. Rompió a llover, aquella tarde, tras el largo beso y el adiós definitivo. Rompió a llover con estruendo y  monotonía. No llovía para estar con Alicia. Llovía para estar sin ella, sin poesía, sin música… llovía como si el mundo estuviera sembrando su final.

                Tardé en comprender que,  a pesar de todo, haber sido tan estúpido como para rozar su inaccesibilidad, fue un acto de valor. Tarde o temprano, ella lo sabía, aquello iba a suceder. Alicia estaba hecha para historias pasajeras  y por eso inolvidables…

                José A. Fernández Díaz    

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29 noviembre 2015 7 29 /11 /noviembre /2015 23:36
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                Justo al despertar ellos dos…

                Justo al despertar ellas dos…

                Encontraron que ya eran libres, libres de amarse como si fueran ella y el o el y ella, como si esa condición de anacronismo hiriente  y desproporcionado hubiera viajado al baúl de las cosas rotas… como si la vida no impusiera condiciones, en nombre de todos los dioses inventados por hombres y mujeres vacios…

                A pesar de esa esperanza primera, encontraron, mas tarde pero demasiado pronto para sorprenderse, que todo era mentira y que la realidad en la que habían despertado pronto apestó a viejo desván … otra vez.

                José A. Fernández  Díaz  

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27 noviembre 2015 5 27 /11 /noviembre /2015 00:13
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                Me miró con una sinceridad lapidaria y dijo: 

                “Sírvete tu mismo. Ahí está el veneno… y que aproveche.”

………………………………………………….

                 La miré con aire de superioridad y le dije:

                “No te esfuerces, no pierdas el tiempo; mi corazón ya estaba roto para cuando tu llegaste”.

…………………………………………………..

                Nos miramos con sensaciones contrapuestas  y yo  dije:

                “Si tu eres yo y yo soy tu, ¿qué hacemos con las tarjetas del  descuento del supermercado?.”

…………………………………………………..

                Se miraron con amor recién nacido y ella dijo:

                “Tus ojos no son de este planeta… no  lo son porque siento que me han traspasado.”

…………………………………………………..

                Me miró con un cansancio casi eterno en la mirada y dijo:

                “Hoy tenemos el café soluble a mitad de precio. Aproveche aunque yo no lo haría…”

…………………………………………………….

                Nos miramos, como si de nosotros dependiera salvar la tierra,   y ella dijo:

                “No sé lo que  hago aquí. Supongo que tengo una misión pero no resulta  fácil en este lugar a rebosar  de locos…”

……………………………………………………..

                La miró desde arriba y hasta abajo dos veces y luego dijo:

                “Tienes una mirada huidiza, terriblemente inquieta. Por suerte tus labios  son encontradizos  y tranquilos, hechos a la medida de mis sueños.”

……………………………………………………….

                La miro mientras, poco a poco,  se iba descubriendo tras la puerta  de su casa y dijo:

                “Buenos días,  ¿tiene usted en mente la muerte?... nosotros somos una empresa con soluciones para ese momento simplemente irremediable.”

……………………………………………………………

                Ella lo miró a los ojos , con el reflejo de la mañana nueva en los suyos, y dijo:

                “Te quiero…”

……………………………………………………………..

               José A. Fernández  Díaz.  

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26 noviembre 2015 4 26 /11 /noviembre /2015 01:17
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          Me gustaba su manera  de despertar, como si tan solo hubiera cerrado los ojos para contar hasta diez. Y sonreía … era lo primero que hacía después de contar hasta diez. Despertaba y apenas tenía importancia que hubiera solo lluvia torrencial. Ella y su primer sonrisa del día se iban de paseo entre las  sábanas para rescatar mi locura de entre los sueños soñados  y quedársela hasta que la vida real, en las manos del reloj, se tomara la insoportable libertad de decir: “es hora de dejar de ser tu…”

          Me gustaba ser yo mismo y a ella también. Un día le dijo adiós al yo que se iba a trabajar y a la vuelta descubrí que ella se había ido de paseo a otros sueños. Mis sueños se fueron muriendo poco a poco,  hasta que un día desperté en el centro mismo de mi falso yo. Me miré y decidí abandonarme para siempre.

          José A. Fernández  Díaz.  

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20 noviembre 2015 5 20 /11 /noviembre /2015 00:04
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                Equivocar las herramientas justo en los dos últimos minutos antes de abandonar la vida es necesariamente un error irreversible pero sin importancia…

                Puso sobre la mesa un bolígrafo, un folio en blanco y una pistola … cerró los ojos  y pensó si realmente tenía sentido dejar esas últimas palabras de rigor. Concluyó rápida y definitivamente que la última palabra no era de su propiedad y optó por vaciarse la vida sobre el folio sin literatura aunque con una triste historia de fondo…

                José A. Fernández  Díaz.

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Presentación

  • : El blog de atrapado-en-la-esquina-verde
  • : Allí donde los verdes son variados e intensos, los mares furiosos algunas veces y otras tan pacíficos que son como el cielo azul, allí donde la tierra tiene antojos, perversamente montañosa algunas veces, suave y generosa otras, escarpada y escabrosa cuando quiere, fértil siempre; donde el sol se esconde enamorando la mirada o encogiendo el corazón. Aquí estoy gustosamente atrapado y describo el reflejo de mis profundas intenciones... Desde Galicia, mi esquina verde.
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  • Invasor atrapado en el territorio sin límite de los sueños y lo políticamente incorecto... Eterno indignado y perverso militante de causas pervertidas.
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