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1 octubre 2015 4 01 /10 /octubre /2015 00:10
Blanco fácil

                Animados por el  alcohol, en medio de la noche profunda, el poeta y el loco, dejaron la vieja taberna no sin antes llevarse al bolsillo una botella intacta de un madurado licor de hierbas para compartir de camino a la playa. La noche, aquella noche sobre la  que estaba suspendida una inmensa luna naranja, tenía un horizonte indescifrable e imprevisible.   

                Acostumbrados a compartirse entre sinceridades al límite y reflexiones interminables, llegaban siempre al mismo lugar donde quizás el mar marcaba el punto final del camino de ida. Por allí, sin que ninguno de los dos tuviera el valor de evidenciarlo, soñaba la sirena.

                -Sabes poeta -comenzó a decir el loco-, me encontré con una frase del maestro Benedetti que,  como siempre,  me ha puesto a pensar; “La condición de miserable es un tumor del alma, casi siempre incurable, porque el alma no admite cirugías”… La maldad, amigo mío, la maldad en su expresión mas arraigada da trabajo a los ángeles exterminadores… pero los malos pueden con los ángeles que están para vengar a las víctimas.

                -Benedetti, grande, amigo mío, de lectura apetecible y próxima.  Yo puedo decir que  empeñado en ser un blanco perfecto, tan blanco que pudiera pasar desapercibido,  terminé por convertirme en victima de la inexplicable puntería de matones con verbos afilados,  rabia incontenible y odio universal a flor de piel… piel  curtida por la podredumbre de sus madrigueras. Puedo decir que mis versos, esa manera mía  de explicarla vida,  atrajo siempre a hombretones dispuestos a convertirme, según su encendida  y vacía expresión,  en un maricón al que despellejar  y… sabe usted? … me importó siempre menos que poco, muchísimo  menos que nada.  

                 -Todo  –agregó el loco-, es una inmensa mierda si imaginas la vida a tu medida y apenas eres capaz de pensar o comprender que los demás también tienen derecho a  opinar y discrepar libremente. Todo es una mierda si no eres otra cosa que un tirano, envidioso y endiosado con la imagen que te devuelve el espejo mágico de tu vanidad. Y es cierto que tienes una capacidad, nada envidiable, pero muy tuya… puedes destruir la vida de los otros que solo pretender dejarse llevar pacíficamente por la vida que nada tiene de malo. Desde mis sinrazones he visto romperse en pedazos la vida de inocentes,  bombardeados con la maldad de villanos cotidianos.

                 - De la envidia y el odio nunca sale nada humanamente explicable – dijo el poeta acercando la botella a su buen amigo  que no tardó en respirar hondo y dar cuenta de un buen trago-.  Intentando vivir sin razones para desistir me encontré alguna vez con aquellos  seres  a los  que  no hubiera deseado  parecerme ni tan siquiera en tiempos de guerra. Vivir como viven, bajo una montaña de mentiras es arriesgado porque  de vez en cuando se puede escapaba una que otra verdad,  que terminaban por destapar la evidencia. Temerosos de que pudiera existir un dios castigador o vengador se disfrazaban de demonios, siempre mas amables que la cruel realidad.

                 - Complicado mundo de cazadores crueles y blancos fáciles donde decir la verdad y exponer sentimientos es algo parecido  a pasearse descalzo sobre el filo de un cuchillo herrumbroso – dejó caer el loco-,  mientras señalaba la luna que, teñida de sangre, se dibujaba sobre el mar pacífico.

                 -Parece – dijo el poeta-,  que los malos nunca mueren y mueren, pero lo hacen demasiado tarde. Parece que siempre resisten para ver sufrir a sus víctimas hasta el último momento… y mueren al fin, mueren infectados con esa condición de miserable.

                 Poeta y Loco, hablaban de sus vidas, heridas por la maldad de esos hombres que creen que otros hombres lo son menos porque miran la vida con pasión y no tienen miedo de abrirse en canal para exponer su yo interior, sin miedo… Ambos, blanco fácil de artilleros cotidianos, hoy borrachos de emociones y sueltos los verbos por el licor, hicieron llorar a la sirena que escuchaba tras una roca en el agua, mientras la llamada luna de sangre se consumía temporalmente  en un súbito eclipse…

                José A. Fernández Díaz.

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30 septiembre 2015 3 30 /09 /septiembre /2015 00:25
Imagen encontrada en la red.

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                Las siestas de Paula eran poesía. Paula era poesía siempre.

                Aquella tarde de otoño disfrazado de verano, mientras leía,  tirado en mi esquina favorita, como un perro coherente y fiel a su condición, alcanzado por la luz que llegaba de las ventanas traseras… mientras leía y me dejaba cautivar por  la magia de un tal Bach, como ruido de fondo… mientras eso, todo eso hacía, Paula era un puñado de versos  sobre la cama que,  casi siempre,  era propiedad compartida  y que esta vez envolvía aquella piel recorrida, con un desorden de sábanas y antojos del sol  que se colaba entre las ranuras  de las viejas contras de  las igualmente viejas ventanas.

                Dormía y hubiera jurado que soñaba … soñaba con el amor hecho o haciéndose.

                Había abandonado mi rincón dos o tres veces para mirarla dormir, para volver loco de deseo y atiborrado de razones para asaltar aquellos sueños suyos y traérmela a las horas ruidosas de la esfera cautivadora del reloj. Desistí, muy a mi pesar,  una y mas veces porque sabía bien que tras la siesta,  aquella piel acariciada por la parsimonia de la tarde,  iba a terminar confundiéndose con la mía… Y es que Paula dormía libre y sincera, con la piel al aire.

                Bach,  muy suave, incapaz de contener el ruido de mi corazón y ella que soñaba y soñaba con que las manos con las que se acariciaba eran seguramente  las mías,  inútiles para sostener aquel libro al que había dejado de prestar atención. Cerré los ojos e imaginé que dormía a su lado, que me la metía dentro por la nariz, respirándola como esencia pura, que me la comía a lametones con la locura del mas hambriento de los náufragos… cerré los ojos y me la imaginé conquistada, penetrada por mil frases cantadas al oído y alguna que otra melodía  de otro mundo posible. Cerré los ojos y me levanté sin poder mas, sin mas poder para resistir la tentación que olía a la magia del blanco y negro y,  al tiempo,  al mas franco de cuantos arcoíris podría imaginar. No sé o si sé como llegué a nuestra habitación,  que solo olía a ella,  pero si sé y no sé de dónde me arranqué el valor para mirar lo que no podía tocar.

                Paula,  con la mirada oculta,  acariciaba,  con intensa lentitud,  el camino suave entre el cuello y el pico mas alto de sus senos, giraba y giraba para volver a subir. Un rayo de luz rozaba aquellos,  labios, suyos,  salados, húmedos, concisos y abiertos al calor ajeno. Pronto una mano y luego los dedos codiciosos se posaron,  como alas  de mariposa,  sobre la piel ardiente de un sexo desnudo a la luz de la tarde…

                La vi morir y resucitar entre olas de placer, susurrar y gritar entre silencios ocupados por las melodías que venían de mi esquina… la vi, la vi sin parar; sin saber como parar… la vi otra vez, una vez mas, como si fuera la primera y con miedo  a que se tratara de la última. La vi,  sin valor para meterme en ella, con miedo de perderla mas…la vi, la vi sin que estuviera,  porque un día dejó de estar aquí para estar en algún otro lugar. Está, a pesar de todo, está porque está su olor, su desorden, su memoria que es mía, su ventana, que repite algunas veces en los últimos días de otoño,  aquel mágico juego de luces entre las que sé que la amé y no se bien si me amó. Está el deseo vivo y la voz partida donde algunas frases son mías y unas pocas de ella.

                Paula, era poesía, un puñado insólito de versos fugaces capaz  de incendiar las tardes de siesta.

                Ahora que Paula no está, porque decidió ser poesía en algún otro lugar, reescribo una historia que nos encontró con ganas de no despertar de un sueño compartido… pero despertamos y nos dejamos arrancar el vicio de la piel con ganas de otra piel tras la siesta.

                Las siestas con Paula fueron poesía. Paula será poesía siempre.

               José A. Fernández Díaz.     

 

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28 septiembre 2015 1 28 /09 /septiembre /2015 23:40
Ocaso

 

                Presumía de ser un hombre acabado… terminado, concluido, hecho y derecho… Presumía siempre, siempre presumía y de tanto presumir y quererse como animal superior,  había desaprendido el cómo de la vida compartida.

                Apenas se percató de cuan pétreo era el aspecto de su todo. Las palabras, incluso, se habían convertido en piedras que tiraba contra los otros… y la piel que lo contenía comenzaba a recibir con cierto placer el verdín propio de las rocas que miran al norte.

                Puede que en su conversión a falso superhombre o superhombre malentendido, tuviera algo que ver el miedo de los otros.

                Podría morir para siempre y disfrutar de si mismo  toda la eternidad y el mundo mas tranquilo y pacífico seguramente.

                Como animal pétreo había alcanzado a pensarse centro del universo, capaz de sostener que él y solo él había conseguido que el sol girara alrededor de la tierra otra vez…

                Algunos sueños, a pesar de todo, se convierten en pesadillas justo al despertar.

                Cuando aquel hombre despertó de su sueño de poder, sentado en un escaño casi anónimo, se descubrió derrumbado al pie de su propio pedestal y los pies deshechos en barro…  

                José  A. Fernández Díaz

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14 septiembre 2015 1 14 /09 /septiembre /2015 23:58
Morir dentro de ti

Quiero morir dentro de ti…

Morir poco a poco pero con fuegos artificiales

Morir dentro de ti

Y resucitar al otro lado del Universo

O de la cama en su defecto.

Y pegarle un lametón a la madrugada

Con tu mano atrapada en la mía.

Quiero morir como ninguna otra vez

Bebiéndome tus besos de recuerdo

Y las flores que adornan el jardín de mis delirios

Una a una.

Morir dentro de ti contigo… quiero.

Con el egoísmo por bandera

Y el horizonte en los límites de  tu República

Recorrida y desordenada siempre.

Quiero morir dentro de ti

O vivir al lado de tu cada día

Como si mi yo fueras tu … de piel y mas allá.

Quiero morir dentro de ti

Y morir muriendo entre los sabores de tus labios.

Con locura quiero morir dentro de ti

Con la tontería de mis años jóvenes

Y la estupidez de  mis nuevas viejas primaveras.

Quiero porque te quiero

Ser un solo yo y mucho mas

Romperme en piezas irreconocibles

Y pedacitos parra llevar en los bolsillos.

Quiero morir dentro de ti intenso y simple

Como un amanecer mudo.

José A. Fernández  Díaz.

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14 septiembre 2015 1 14 /09 /septiembre /2015 00:21
El hueco inaccesible (Cara B)

                Algunas veces los hilos que sostienen el peso  de la realidad son héroes anónimos, superhéroes sin nombre propio.

                En las páginas escritas y no escritas del diario de Alicia es posible encontrar respuestas a preguntas que ella no se atreve a hacerse. Seguramente Raúl terminaría por considerarse un culpable privilegiado, escritor de cientos e cartas con las que ella, Alicia, iluminaba sus silencios y soledades.

                “Decidida a huir para no explicarme , para no terminar siendo un manojo de miedos insanos , abandoné  mi pueblo para confundirme en esta ciudad donde todos somos una pieza prescindible y sin vida propia. Suponen, supone Raúl, que aquí apenas vivo unos meses al año y que me dedico a buscarme en otros lugares… y lo hago, pero sin dejar de ser parte innecesaria de este paisaje. Los viajes que no hago son sueños que él, Raúl, ilustra con cada una de sus cartas…”

                “Nos seguimos sin ir a ninguna parte. Lo curioso es que avanzamos lentamente, pero avanzamos. El primer otoño en este lugar me enseñó a extrañarlo tanto que gravé sobre la piel de mi sexo el primer brote, el joven tallo del que tal vez nacerían rosas. Y nacieron y el tallo se hizo mas fuerte. Me gusta recordar la manera en que miró mi tatuaje por primera vez.  Una tarde cualquiera de las primeras de agosto,  la luz viva, imparable, atenuada tan solo con algo de esperanza tras una densa cortina marrón, hace nueve años seguramente, piel a piel nos miramos  y nos recorrimos entretenidos en un larguísimo beso tan interior, tan íntimo que no cabían las palabras. En mi diario describía aquella misma noche, en dos líneas, lo que había sido aquel día… “ Cansada de huir sin ir a ninguna parte hoy he sentido que mi camino de ida y vuelta tiene un guía que sabe hacerme florecer”…

                “No se, no sabe… no sabemos que hago aquí, en mi ciudad inmensa. Se que no quiero volver para quedarme. Se que no quiere salir para dejar de pertenecerse. No se si sabe que no acierto a saber que hacer con mis viajes inventados, inventados por él. Se que mi vida hecha de piezas rotas está construida para alimentarse de nostalgias y poco mas hasta que estoy con el.”

                Alicia tiene un lugar vivo para compartir, que llama verano, y una zona inaccesible donde refugiar sus miedos y dejarse florecer. Alguna vez en sus viajes inventados encontró que, curiosamente, él  nunca  pidió una foto o un recuerdo de los lugares donde ella debería haber estado.

                Lo que Alicia no sabia era que ambos compartían la magia de aquel hueco inaccesible. Sabían que existía y donde estaba  pero decidieron que con los veranos eran capaces  de hacer florecer  rosas con mentiras  de colores, para sobrevivir en el gris de la verdad.

                José Angel  Fernández D. 

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13 agosto 2015 4 13 /08 /agosto /2015 01:17
Fotograma de "In the moon for love"...

Fotograma de "In the moon for love"...

                Me costaban tanto los finales que irremediablemente me dejaba llevar por la corriente hasta desdibujarme en algún mar.

                Alicia siempre volvía en verano, siempre; pero nunca era aquella  Alicia de ojos negros y brillantes  de la primera vez ni tampoco la de la última… Cada verano una nueva Alicia habitaba en la piel de la mujer que me había enseñado a soñar escuchando el  mar.

                Se traía, Alicia, la esencia de los lugares en los que había estado y poco a poco,  sin remedio, me reconocí encarcelado entre las paredes de aquella libertad suya y las de mi prisión aceptada. No sabía si la iba perdiendo, si la había perdido o si de tanto volver me juraba sin palabras que, a pesar de todo, era mía para siempre.

                Del último verano me queda la imagen de Alicia sentada en la arena, esperando la noche, la piel entretenida con la puesta de sol, con las piernas cruzadas, los ojos cerrados, las palmas de las manos mirando al cielo, la voz suave e inolvidable entonando una suave melodía susurrada y el cuerpo regalado en su hermosa desnudez  al ir y venir del mar… también el nuevo perfume de la piel que amé desde  que nos amamos por primera vez y un tatuaje de camino a su sexo,  en el que una sutil rosa  comenzaba a asomar poco a poco y año tras año un poquito más.

                Recuerdo cuando aquel rosal era un breve tallo enraizado en el lugar donde se aloja el centro del placer y donde me perdía como si no estuviera loco. Desde la primera vez han pasado quizá diez veranos y aquel rosal se ha ido haciendo con el jardín de mi recreo y ha florecido tímidamente.

                En realidad el pueblo se me iba haciendo pequeño y si no fuera porque soy muy bueno para inventar excusas que contarme a mí mismo, hace tiempo que hubiera huido. Entretenía mis días o la parte de mis días,  ausente de obligaciones,  en leer y disfrutar del cine. Al final la vida de los otros llenaba las ausencias de la mía. Decía Alicia que yo era esencialmente aventura interior, un hombre de acción íntima y luego me plantaba un beso con sabor a sal o piruleta y un te quiero susurrado lentamente y en mayúsculas.

                Me gustaba escucharla describir la peripecia de sus días, aquellos en los que yo no estaba  y contarme paisajes que yo había conocido a través de mis libros y películas y de los que le hablaba en mis numerosas cartas.  Teníamos un juego curioso y casi mágico en el que yo descubría lugares donde nunca había estado para que ella, por la razón que fuera y no sé bien como terminara visitando…

                Aprendí a conformarme con una carta suya de cada treinta mías. Lo cierto es que yo tenía tiempo y si bien poco que contar de la vida vivida en realidad, mucho que dibujar  de las huellas que el cine y la literatura iban dejando en mí. Luego ella se traía olores y sabores de los lugares donde nunca  llegué a estar.

                Desde la última vez  que nos vimos, desde el último verano, me dio por encontrarme con frecuencia con la magia y la sutileza del cine asiático. Ella estaba al otro lado para leerme y tal vez contestarme. Si alguien, yo mismo, tuviera la feliz idea de preguntarme cómo era su vida entre el final de un verano y el inicio de otro, no sabría decir absolutamente nada. Sus cartas dejaban entender que había estado ausente y puede que hubiera vivido temporalmente sobre la piel de mis sueños.

                Este verano me encontré con que mi Alicia se había hecho más mística que nunca, adoraba la comida japonesa  había dejado el café por el té verde y para cuando nos amamos me sentí idolatrado por una sumisa mujer que dibujaba flores en el aire con gestos que acariciaban el aire.

                No sé por qué se me ocurrió preguntar dónde había estado este invierno… nunca antes lo había hecho. No contestó inmediatamente. Solo me miró  y me beso en las manos primero y luego sobre los labios que aún vibraban con mi pregunta torpe e innecesaria. Terminó por contestar tras un silencio largo y plagado de caricias…

               -He estado donde tu has querido que estuviera.

               -No te entiendo – contesté perplejo-

               -Lo sé, sé que no me entiendes y es que no te he contestado para responder a tu pregunta sino más bien para rogarte que no me hagas más.

              No hubo más palabras... Me volví loco acariciando los pétalos de sus rosas casi terminadas y enterrándome en el silencio de sus raíces. Al besar los labios salados  que tanto había extrañado, encontré que sobre su piel se había posado el perfume que quise imaginar  mientras disfrutaba mirando por enésima vez a la hermosa protagonista de  “Deseando amar” de Wong Kar Wai …

             José A. Fernández Díaz.     

 

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6 agosto 2015 4 06 /08 /agosto /2015 01:29
Imagen encontrada en internet

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En su defecto acordó con el primer minuto del amanecer que la vida ya no tenía sentido ni dirección. Que su vida había perdido la señal de GPS y los días se llamaban deriva. El amor ya no era  amor y la amistad un sucedáneo  de loza rota.

                Decidió entonces quitarse de la vida conocida… quitársela de encima. Miró por última vez su objeto más preciado, ese que lo contenía: amistad, amor, alegría, ilusiones y hasta esperanza. Ese  que lo contenía todo y mal. La amistad no tenía el calor ni el color de las voces o las miradas, el amor era un invento con sabor permanente a desventura y desilusión  sino espera permanente. La alegría era un juego intangible de niveles sin horizonte y las ilusiones un invento para sostener la esperanza… La voz, las caricias de la voz y la mirada firme eran una ausencia que dolía hasta sangrar.

                Tenía probablemente cuatrocientos amigos y estaba completamente solo.

                Bajó a la calle con su objeto más preciado en la mano y buscó una tienda. Vio sus miserias reflejadas en la persona de otros que perdían su libertad y esperanza con objetos como el que llevaba en su mano. Entró y colocando su teléfono sobre el mostrador dijo:

                -Buenos días; quiero un teléfono.

                -Buenos días… quiere uno como el que ya tiene?... es el más avanzado y con mas prestaciones del mercado. Está roto el que tiene?...

                -No, yo quiero un teléfono.

                -Pero esto – señalando el teléfono sobre el mostrador- esto es un teléfono.

                - No, esto son muchas cosas pero ha dejado de ser un teléfono. Apenas me llaman y apenas llamo.

                Observando el interior del mostrador descubrió un pequeño teléfono que parecía un objeto anacrónico o de desecho.

                -Quiero este.

                -Está usted seguro?... este no tiene cámara, ni internet, no vale para escuchar música… solo es un teléfono.

                - Eso parece y es posible que mis amigos de verdad estén al otro lado y no ahí dentro. Es tan pequeño e insignificante que no me va a robar mi vida.

                -Yo me lo pensaría.

                -Tiene suerte pues yo había dejado de hacerlo. Quiero pensar y recuperar mi libertad…la vida como era antes: real y no virtual.

                -Lo que usted quiera.

                Arrancó del interior de mi teléfono una pequeña tarjeta que insertó en el nuevo e inmediatamente comenzó a funcionar. Una breve pantalla apenas contenía información sobre el nivel de batería, cobertura, hora y poco más…

               -Ya está.

              Cuando se iba escuchó que le llamaban.

              -Se deja usted su viejo teléfono.

              - No lo quiero para nada. Ahora tengo uno de verdad. Gracias.

             Volvió a casa y por el camino compró dos libros y un cd de música, papel para escribir, sobres y sellos. Ya en casa preparó un café y tras insertar el cd en su equipo de música se dedicó a soñar…

             Pasaron las horas, los días y luego las semanas que pronto fueron meses sin que aquel teléfono llegara a sonar. Tan solo cuando la batería necesitaba carga llamaba su atención. Un día se percató de que aquellos con los que compartía trabajo, algún café, etc. apenas se percataban de su presencia. Miraban aquellas pantallas permanentemente, aún en compañía y habían sustituido la palabra por los mensajes de texto y otras variantes anónimas y despersonalizadas.

             Se percató de que estaba solo y sin cobertura. El mundo ya no sabía funcionar con el motor de las palabras con sabores y las miradas cargadas de temperaturas. Poco a poco, sin saber como, llegaron a importar más las miserias ganadas que las victorias perdidas.

             José A. Fernández Díaz

 

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13 julio 2015 1 13 /07 /julio /2015 00:32
El amor después del amor

           Tuvimos demasiadas oportunidades para no querernos  y no nos quisimos algunas veces… solo algunas.     

           Dulce tenía una curiosa manera de respirar cuando contaba mentiras. Contaba mis mentiras  en silencio o casi y cuando tenía un buen puñado me arrojaba a la cara un reproche en forma de falso suspiro.  Suspiraba con tanta frecuencia que terminé por concluir que aquello no podía durar.  

           La verdad es que aquella vida mía tenía la peculiaridad de resultar  tan aburrida que,  sin llenarla de falsos sucesos,  hubiera decidido no volver a abandonar el agradable espacio protector de mi cama. Es cierto que cuando la mentira se hace tan grande que diluye las verdades, las pequeñas incluso, uno termina por  desconocerse o sentir un ridículo e inconmensurable orgullo.

            Se me fue la mano cuando fingí estar atrapado por Baco e insinué amar a una escritora de grafitis e incluso ser el fruto de su inspiración. Me hice “musa” de Clitemnestra y sus aerosoles de colores… y todo para precipitar los celos… y todo mentira mas o menos. Lo cierto, la verdad,  es que yo era Clitemnestra y si, algunas veces  me amaba a mi mismo, pero no tanto como para convertirlo en una vuelta a la pubertad y una renuncia al sexo en equipo.  Creo que Dulce no solo no se tragó ninguna de las mentiras sino que, además, decidió seguirme el juego aprovechando mi falso esmero etílico. Dejó de amarme de forma preventiva.

            Aprendí a vender lavadoras y luego, aburrido, con tantas mentiras en la recámara, encontré en la política un lugar para aprovechar mi falaz inspiración. Entre las lavadoras y la política me había hecho mas ausencia que otra cosa. Apenas iba por casa y para cuando lo hacía, no encontraba otra cosa que el desamor y  la indiferencia.  Cuando las mentiras hicieron de  mi vida un  vertiginoso descenso al infierno opté por matar a Clitemnestra y de la mano de Eros, plantarme en la cocina de casa con un bocadillo de atún a medio comer, bañado en lágrimas y confesar que el viejo amor había vuelto con prisas y nauseas. Dulce suspiró y me acercó una copa de vino extinto. Brindamos… ella sorbió parte del contenido de su copa y yo hice un gesto muy teatrero hasta que me atraganté mientras bebía el vacio. Tosí como lo hiciera  Margarita Gautier, la tuberculosa dama de las camelias, antes de encontrarse con el final de sus días. Entonces se me ocurrió desvanecerme sobre el suelo de la cocina con tan mala suerte que Eustaquio, el gato,  pasaba por allí… Puedo decir y esto es verdad, que fue la última vez… que pasó por allí.  Ella odiaba a aquel gato y con aquel gesto  recuperé su amor. La vida está hecha de  curiosos rincones. Eustaquio descansa en paz pero desde entonces mi vida interior, esa por donde se pasean las sicosis, paranoias y fobias se ha hecho mas interesante. Cierro los ojos y día si y día no encuentro razones para vivir. Eustaquio era el amor.

            José A. Fernández Díaz

 

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11 julio 2015 6 11 /07 /julio /2015 11:25
Diana

                No sé bien en qué año sucedió, pero lo cierto es que nuestra vida, la de mi hermano, mis padres  y la mía, cambió. Recuerdo a mi padre con ella en los brazos;  tan pequeñita y peluda. Nos dijo que era un pastor alemán; pero  no se parecía a los que yo conocía o había visto alguna vez, y es que Diana era especial, era albina… No sé bien por qué decidimos llamarla así, Diana, pero me gustó que tuviera un nombre de persona, al fin iba a ser parte de nuestra familia.

                Diana se hizo dueña de nuestro hogar inmediatamente. Crecimos juntos, inventando juegos y travesuras; una de estas últimas,  cabreó a mi padre, tanto que decidió llevarse a nuestra perra a su taller, que en realidad no estaba demasiado lejos del piso donde vivíamos. Llevaba con nosotros una o dos semanas y, como es lógico, provocaba grandes problemas. Una mañana se la llevó para que viviera en su taller. Para verla tendríamos que visitar el lugar de trabajo de nuestro padre. Lo curioso es que pocas horas después estaba de vuelta en casa, en un séptimo  piso, una manzana más allá del taller de mi padre… y sola, completamente sola.  Huyó sin que mi padre se percatara, buscó el edificio, esperó a que alguien abriera la puerta, se coló y subió hasta nuestro piso, allí ladró hasta que mi madre, perpleja, la encontró al otro lado de la puerta…  Fuimos infinitamente felices al volver del colegio. Todos entendimos que aquella era su casa y que nosotros éramos su familia, para siempre.

                Llevábamos a Diana con nosotros  siempre y este siempre suponía que nuestro coche  fuera siempre muy grande. Diana se convirtió rápidamente en un hermoso ejemplar gris  muy claro y de pelo largo y sedoso, cariñosa e inteligente en extremo… con una mirada inolvidable. Un día tuvo un collar,  con una pequeña placa en la que papá escribió Diana, un collar que jamás estuvo unido a una cadena…

                Una noche  cualquiera hace más de treinta años mis padres decidieron volver a España; volvíamos todos, Diana, que ya era mayor, también, claro. Entonces nuestra perra estaba un tanto pasada de kilos y nos tocó ponerla a dieta. Recuerdo que la acompañé  en aquella novedad. Cuando nos tocó viajar lo hicimos con algunos kilos de menos… Mi billete costó lo mismo el de Diana nos resultó muchísimo más barato. Cuando nos reencontramos en Vigo, lloramos mientras nos relataba a su manera el suplicio por el que había pasado,  metida en una jaula, de avión en avión. Nos acompañó en un largo viaje en coche hasta Ferrol y luego a Valdoviño…

                La recuerdo campando a sus anchas alrededor de la casa de mis padres, feliz entre árboles y pisando la tierra fresca tapizada de mil verdes… la recuerdo durmiendo al pie de mi cama como lo hacía en Caracas.

                Una mañana amaneció especialmente cansada… le ofrecimos todos los mimos y cariño del que fuimos capaces… una mañana, gris y fría de invierno nos dejó… Yo tenía 19 años, Diana, había acompañado mi niñez, la dura adolescencia y momentos inolvidables en los que nunca faltó aquella compañía, aquel  saber estar siempre, aquella forma de mirar… Nos hirió su ausencia con un dolor que duró mucho, mucho  tiempo…

                Hace algún tiempo me encontré, en el desván de la casa de mis padres,  con aquel collar donde papá había  escrito “Diana”… Una ola de recuerdos me alegraron el día… Diana,  llenó  buena parte de mi vida con fidelidad y cariño sincero y gratuito.   

                José A. Fernández Díaz 

 

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17 junio 2015 3 17 /06 /junio /2015 00:34
Paréntesis

                Se deslizaba la  tristeza  entre los poros abiertos sobre la vetusta pared, correteaba silenciosa  entre los muebles apoyados  sobre un suelo ignorado por andares inquietos, cansados, moribundos  o desnortados, estaba alojada  en cada libro que los años habían convertido en cosas vivas de milagro pero inamovibles, habitantes cautivos  de aquel espacio perdido para la capacidad de sentir la vida en colores. Una frase, una selecta colección de palabras interconectadas por la rabia y la esperanza, ocupaba buena parte de una pared sin mas testigos que otras tres, igualmente tristes y olvidadas:  “Dios estuvo aquí pero ayer  decidió irse para no volver”…

                Sobre un cofre algunos libros,  roídos por el tiempo,  impedían que unos cuantos papeles manuscritos y marcados por círculos sospechosos, con la precisión de un descuido y el color del vino o del café…y chorretones indiferentes de tintas y vivas etílicos dedicados tal vez a las sensaciones perdidas. Apenas un puñado de letras casi ilegibles atrapaban los sentidos a poco que se mostraban bajo los límites impuestos por el cuerpo protector de los viejos volúmenes… Unas pocas palabras,  que pretendían contar cosas de esas que hoy no importan demasiado,  se morían poco a poco entre estertores marcados por el tiempo detenido para siempre, un día cualquiera, en la esfera de un reloj muerto a las doce en punto de un tiempo con luz inventada para la noche  o real… real y viva del día.

                Allí, en aquella habitación, el tiempo se había detenido y a casi nadie importaba cuándo y por qué… a casi nadie. Explicaba ese  casi nadie,  la presencia de un hombre que había dejado de ser niño a poquitos y también con prisas a golpe de encuentros mas o menos formales pero siempre inolvidables,  con la vida contada para ser vivida a sorbos y bocados por ilustres desconocidos. Aquella biblioteca estaba conquistada por el olor del papel invadido, atiborrado, ilustrado, ocupado por retazos de vidas vividas por otros, generosos y exhibicionistas como el que más y por la inexplicable sensación de no estar solo o, mejor, de estar rodeado por las hojas de un diario personal,  donde reposan los sentimientos propios capturados por la gracia de otros.

                Cuantas tardes, cuantas noches, cuantas mañanas habían quedado atrapadas allí… cuanta niñez desbordante y cuantos sueños alcanzados sin ir mas allá de los limites de dos breves tapas de cartón y tela o cuero. Cuanta vida vivida sin vivirla, cuanta experiencia prestada, cuanto amor contado y cuanta amistad explicada al detalle y al punto donde las lágrimas no retornan.

                Casi todo intacto, solo el tiempo que el traía de fuera parecía contaminar un poco la atmósfera de aquel sueño suyo. Tan intacto todo que no pudo resistirse a buscar aquel libro donde había escondido la primera carta donde pretendía hablar de amor. Estaba allí, entre las páginas donde descansaban las flores del mal de Baudelaire. Furiosa opción para quien intentaba esconder del mundo, demasiado racional, sus ganas de explicar que ya no era capaz de pensar en muchas cosas a la vez porque su universo tenía un centro donde todo terminaba por encontrarse.

                Su vida estaba allí. La vida suya que un día se paró para perderse en otros paisajes. Ahora, de regreso, quería, necesitaba, recuperarse y sin duda las herramientas para volver a ser estaban allí en los libros y entre los libros. Sabía perfectamente donde se había quedado, porque con gran atrevimiento había escrito algunas cosas en la pared y bajo la alfombra, rayando el suelo como si fuera  la piel de los sentimientos que lo habían movido. Había vuelto para quedarse y como hiciera, la última vez, veinte años atrás, se acercó a la biblioteca, esta vez para devolver el volumen que había viajado con él a lo largo de kilómetros y años;  tomar otro,  que era la continuación deseada y volver a soñar en paz…    

                José A. Fernández Díaz

 

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  • : Allí donde los verdes son variados e intensos, los mares furiosos algunas veces y otras tan pacíficos que son como el cielo azul, allí donde la tierra tiene antojos, perversamente montañosa algunas veces, suave y generosa otras, escarpada y escabrosa cuando quiere, fértil siempre; donde el sol se esconde enamorando la mirada o encogiendo el corazón. Aquí estoy gustosamente atrapado y describo el reflejo de mis profundas intenciones... Desde Galicia, mi esquina verde.
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  • Invasor atrapado en el territorio sin límite de los sueños y lo políticamente incorecto... Eterno indignado y perverso militante de causas pervertidas.
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