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30 marzo 2017 4 30 /03 /marzo /2017 00:45
Despertar

          Algunas veces al amanecer, poco antes de las primeras luces, salía a la terraza, con su café entre las manos y esperaba a que los pájaros despertaran súbitamente. Y aquello sucedía con tanta intensidad los primeros días de primavera, que valía la pena madrugar.

         De aquel curioso comportamiento le había hablado su padre. “existe un lugar entre el día y la noche, un minuto o dos tal vez, en el que el silencio mas rotundo se descompone con los cantos de los pájaros, que parecen darse los buenos días todos a la vez… ese buenos días dura uno o dos minutos; luego, los cantos se van espaciando hasta que casi vuelve el silencio, mientras llega el día.”

         Ella recordaba entre páginas, revivía entre palabras y silencios grandes pequeñeces, que hacen de la vida una manera de sentir… ¿Y el rayo verde?... cuantas puestas de sol se llevó al alma esperando a que en el horizonte apareciera el rayo verde; justo antes de que aquel maravilloso espectáculo fuera memoria.

           Le gustaba recordar, porque llegado a un lugar de la vida importa el peso del equipaje y el valor de lo que guarda en el interior. Si no eres capaz de arrancarle algún suspiro al tiempo pasado, puede que no hubieras vivido bien, puede que solo te dejaras llevar sin apenas sentir o sin sentir … nada más.

          De su primera noche de amor recordaba muchas cosas, pero, que curioso; la mejor, la ciudad despertando a la luz y al ruido; los olores haciéndose con la atmósfera pacífica de la noche… el pan recién horneado, los niños perfumados de camino al colegio…grandes pequeñeces.

       De piezas sueltas tenemos hecha el alma de los sueños; de mecanismos rotos las pesadillas y de noches sin dormir, la esperanza.

          Algunas veces, al amanecer, poco antes de las primeras luces, salía a la terraza, con su café entre las manos y esperaba a que los pájaros despertaran súbitamente … pasada una o dos horas, salía a la vida a recolectar piezas sueltas para hacer su equipaje…

         José A. Fernández Díaz.

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28 marzo 2017 2 28 /03 /marzo /2017 23:51
Portada de  un disco de Yazoo.

Portada de un disco de Yazoo.

     Tengo la costumbre de los días hechos con las piezas que me traje de ti. No se ser otra cosa distinta. Ahora ya no. Soy costumbre hecha contigo.

     Y no es que sea torpe o inútil. Es que soy poco yo y mucho tu. Y ahora que tu no estás es como si un mecanismo automático moviera mi desorden en la dirección correcta. Pero no tengo norte ni horizonte… No tengo a dónde ir.

     Ahora que tú no estás apenas me importa haber perdido las ganas de volver a ningún sitio o abandonar el duro silencio del rincón donde duermen los recuerdos.

     Me dejaste para buscarte y buscándote, te encontraste otro amor. Perdido yo, sin ganas de buscarme, hecho en falta el futuro que nos prometimos; el presente que hacía de cada día un día para no olvidar. Supongo que he tenido suerte. Duró la vida plena mientras duró el tiempo contigo. Ahora que me faltas tu, tengo solo ausencias por compañía y recuerdos para llenar silencios, silencios de los que duelen.

    Pero el remedio a mi enfermedad es una medicina parecida al veneno; pues muero de nostalgia queriendo, con los recuerdos, olvidar que estoy sin ti. Solo sin ti.

     Te he visto…

     Te he visto hermosa y feliz. El amor te sienta bien. Ese nuevo amor ha de tener cosas que ya no había en mi o es que no he sabido explicarte bien hasta dónde te habías metido en mi.

    Te quise… te quiero con todas las ganas que he podido reunir. No creo que me queden ganas para volver a querer.

     Te veo feliz y enamorada, de la mano del que fue mi amigo.

     Me he quedado con la tristeza de los dos o es que la mía sola que crece sin medida con los días.

     Soy todo costumbres ajenas… tuyas. Me quedan las páginas de este diario donde ya no se si hablo de ti intentando hablar de mi…

     José A. Fernández Díaz

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22 marzo 2017 3 22 /03 /marzo /2017 00:09
Imagen encontrada en la red

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          Huyendo de la ortodoxia ortopédica de la presunta realidad , se encontró frente a frente con el perfil poco alentador de la vida detrás de la vida. Puede que mirar a otro lado estuviera de moda, puede que así fuera y así sea, puede. Pero si no hay otro lado para mirar, no existe derecha, izquierda, arriba, abajo o detrás… solo queda lo que está delante, lo que atrapa sin medida. Entonces la vida detrás de la vida resulta ser la otra medida, ajena a la mas pequeña molécula de felicidad… y esa cruda versión inversa del mundo placentero existe y persiste aunque no nos guste mirar.

          José A. Fernández Díaz

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16 marzo 2017 4 16 /03 /marzo /2017 23:36
Llegar tarde

          Anoche llegué tarde al mejor momento de uno de mis mejores sueños.

           Apenas rozaba la felicidad cuando, de un tirón súbito y violento, la campana que despierta al mundo que me tortura, hizo trizas las primeras piezas de la esperanza…

       Mañana, para vengarme, para resarcir mis ganas, voy a soñar despierto y apagaré el despreciable aparato justo antes de que suene… Eso debe ser frustrante, tanto como despertar a la realidad desde el mejor momento del mejor de los sueños.

          José A. Fernández Díaz

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14 marzo 2017 2 14 /03 /marzo /2017 00:58
Andrea y las olas

          Cuando apenas sabias hablar, corrías tras las olas que volvían, pacíficas y mínimas al interior del mar… Puede que tuvieras miedo de perderlas para siempre. Corrías por la playa con pasos breves y despistados. Dejabas, para la memoria efímera de la arena, pequeñas huellas sin rumbo y con un horizonte por hacer…

          Ahora que miras con la profundidad de los corazones sinceros, con la sinceridad de las almas nobles, con la nobleza de los espíritus soñadores; ahora que sabes que las olas vuelven y que no se terminan nunca, esperas en la orilla y te sabes ínfima y frágil. Esperas a que las olas vuelvan y te cuenten historias, como las de los libros donde alimentas tus sueños de niña grande.

          Llegará un día en que me enseñes un millón de cosas que no sé a cambio del puñado de locuras que he compartido y comparto contigo. Llegará un día en que no será con papá con quien te dejes seducir por las olas y la arena … y el cielo. Llegará, Andrea; llegará corazón, y no sé si volverás a correr tras las olas o seguirás esperando a que vuelvan. Yo aprendí tarde y ahora se me antoja correr tras ellas por si no vuelven…

          No sé si te he enseñado algo. Tengo la sensación de que he sido yo el alumno. Tú me has hecho madurar, me has hecho padre con todo por aprender. Ahora ya no vas tras las olas…has aprendido a esperarlas porque sabes que vuelven. No lloras porque se han ido, no lloras porque sabes que vuelven.

          Puede, hija mía, puede que no tenga tiempo para olvidar aquellos días en que corrías tras las olas. También puede que no quiera olvidar que eres la ola que trae a la orilla de mis días la esperanza, la misma del día en que te vi nacer.

          José A. Fernández Díaz

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13 marzo 2017 1 13 /03 /marzo /2017 00:20
(Imagen encontrada en internet)

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          Hasta la náusea recordó, con que violencia era capaz de odiar aquel militante de causas irreconciliables con la condición de ser humano.

          No pudo más. No supo no parar. No quiso no querer, y mató a la bestia de una puñalada… con una puñalada certera en el centro del corazón.

          Para no fallar se buscó en el espejo, y terminó ensañándose con el reflejo de la decadencia que lo habitaba…

         Aquello que tenía que haber sido veinte o treinta años atrás. Fue tarde, y puede que con el diagnóstico incuestionable de una salida de emergencia… Puede que como salida de emergencia estuviera bien; pero, para las verdaderas víctimas, el suplicio no moría con el verdugo.

         Se quito de la vida desnudo de la careta con la que había engañado …

         Pensó que despojándose del hábito impedía mancharlo. Tarde, muy tarde, para pensar en semejante cosa.

        José A. Fernández Díaz

 

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7 marzo 2017 2 07 /03 /marzo /2017 01:06
Imagen encontrada en internet

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          Seducido por la costumbre de volver a nacer, acordó consigo mismo, morir a diario… hasta que un día de temporal sus cenizas no supieron encontrarse mas.

          Para cuando consiguió su carnet de piloto, ya había estrellado tres matrimonios, dos empresas y una falsa amistad.

           Ahogado por las deudas, decidió aprender a nadar con el flotador de la ignorancia y las ideas inútiles.

         Quería tener una relación, así que respiró hondo y rompió una a una con sus otras cuatro amantes… todo ello con tal ruido de fondo, que la agraciada decidió irse con las demás.

          Agudizo el ingenio hasta el límite. Tanto que pinchó el globo donde se escondían sus ideas…

         Una mañana de resaca prometió no volver a beber y, como hombre de palabra que había sido siempre, murió de sed.

          Hizo de las matemáticas un escondrijo para ocultar sus obsesiones y fantasías. En su lápida los vivos pudieron leer : muerto el 6/9/69…

        Ella había contraído una extraña enfermedad que solo son capaces de incubar los hombres, algunos hombres, pero que tiene efectos mortales en las mujeres.

            José A. Fernández Díaz.

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6 marzo 2017 1 06 /03 /marzo /2017 01:04
Imagen encontrada en la red

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          Entre una vez y la otra mediaron, probablemente, dos cambios de gobierno, inútiles cambios, un centenar de temporales, ocho primaveras y los mismos otoños… ocho años a rebosar de nostalgia.

           Bajo la última lluvia, antes del regreso, se prometió, él se prometió olvidar para siempre y, olvidó para siempre mientras pudo; mientras los recuerdos no fueron nuevos.

          Para cuando ella volvió, habían florecido las esperanzas y el otoño avanzaba camino del invierno. Había vuelto a escribir. Un día encontró los pasos perdidos sobre un inquietante folio donde, ocho años antes, había escrito a mano un rotundo “volveré”.

          Volvió con una breve historia donde un reloj, villano, decide cambiar el sentido de giro de sus agujas y hace de la vida un disparate vuelto al revés. Es ligeramente feliz, un poco feliz, cuando consigue encontrar un final sin que apenas aparezcan víctimas. Un poco feliz, como medida alternativa a la mucha tristeza con la que había aprendido a vivir.

          Antes de aquel largo silencio hubo ruido, música, luz…

       Ella apareció una tarde de primavera. Apareció como si fuera primavera, pacífica y generosa en sonrisas y, coincidió con él en la terraza poco poblada de una cafetería. El dibujaba; con pocas ganas de escribir o poco que decir, dibujaba atenazado por una extraña costumbre, líneas y curvas sin demasiado sentido. Casi siempre semejante delirio geométrico lo llevaba a la inspiración. Curioso mecanismo de reconversión.

          No tardaron en encontrarse e intercambiaron un breve y conciso saludo. Era sin duda, la primera vez. Nada hubo en común antes de aquella tarde. Nada compartido, nada que los hubiera reunido en un mismo espacio temporal.

          -Hola.

          -Hola – contestó él, con la sensación terriblemente incómoda de que faltaba algo.

         Ella aún sonreía mirando al fondo de la calle. Pronto volvieron a mirarse y fue entonces cuando, poco antes del anochecer, descubrieron que por alguna razón estaban obligados a conocerse. El tiempo se quedó con el detalle de quien acudió a la mesa del otro. Pero lo cierto es que terminaron en una misma mesa donde el café fue sustituido por vino y algo que picar entre risas y susurros, un poco de vida contada a cachitos , reflexiones sobre la inexplicable contemporaneidad y quien sabe si mas de tres o cuatro sutiles y frágiles mentiras.

         -¿Eres pintor? – pregunto ella, a la vista de la libreta donde él había estado ilustrando sus lagunas, los silencios de su espíritu creativo.

         -Si –mintió apenas-, pinto cuando estoy inspirado. Pinto la vida que veo y la que imagino. Hoy la vida se está buscando y yo ensayo…

          Terminó mintiendo en gran medida y jugando con la verdad al mismo tiempo. El escribía y describía la vida tal y como se la iba encontrando y para hacerlo mas o menos bien, precisaba mirarla a la cara. Apenas era capaz sin modelo.

        Mintió apenas o mintió mucho, porque no quiso imaginar que ella estaba dispuesta a posar. Pensó que a ella le hubiera gustado saber que él era pintor … y fue pintor para ella.

         La vida tiene tantos rincones que, para quien la ha andado con despiste un buen puñado de años, resulta fácil dejarse horas y hasta días, haciendo mapas con el camino de regreso. Así, ella y él, contaron el uno a la otra y también al revés, esas cosas que llamaron atenciones a lo largo del camino. Decidieron dejarse conocer desenredando la madeja del pasado.

       Ella era vital, alegre, inquieta, intensa y reflexiva, incansable y grata… atractiva y tácitamente asequible… ¿tácitamente asequible? Si, como la luz de la primavera.

         El tenía la consistencia de una construcción delicada y algo imprecisa, un amasijo de soñador a tiempo parcial y recurrente submarinista de secano. Un desastre sin mas y sin otra cosa que el complejo ritmo de sus despistes para ofrecer como alternativa a las noches de insomnio.

         Llegó el día en que él descubrió, sin que apenas importara, que aquella mentira con la que quiso no resultar decepcionante, lo había llevado a un camino sin vuelta atrás. Ella, ilusionada, quería que él la convirtiera en uno de sus cuadros.

          El quería dibujarla, quedarse para siempre con aquella imagen, pero con palabras…

         José Angel Fernández Díaz.

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3 marzo 2017 5 03 /03 /marzo /2017 00:37
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      Repito; te repito una y otra vez que eres mi catálogo de sueños hechos realidad y sabes que soy de soñar caro. Los míos son sueños que cuestan noches sin dormir o lágrimas de alegría.

      El último de mis sueños sin nombre, deambula por la estación de trenes, buscándote y esperando tus ojos entre los de los muchos pasajeros que llegan. No se me termina la esperanza, ni las ganas; pero si los años donde habita la sonrisa grata de la inocencia … Y es que tengo ganas de ser para ti aquel que sabía sonreír siempre a pesar de la vida. Pero la vida se resiste a ser sonreída.

      A veces la vida… muchas veces la vida invita al dolor , tantas veces ajeno, injusto, siempre injusto, injusto siempre.

      Si no vuelves, a pesar de mi esperanza que espera, llegarán los días en que no puedes no estar y entonces, ¿Cómo podré ser libre de mis miedos , libre bajo el sol del verano?. Te lloraré por las noches, consumido por los días largos y las puestas de sol ruidoso de ausencia.

      Lo sé, sé que debería estar contigo, compitiendo con el dios de los que creen; arrancando de la muerte a los que no saben que dirección tiene la vida. Sé que no estoy donde debo y, sabes bien que mis razones son tan egoístas que llevan mi nombre escrito… pero no tengo a mano mas que lo que se muere poco a poco entre cócteles químicos o quimioterapias, radioterapias y tristeza, mucha tristeza.

      Ayer me contaron que no pinta bien el último parte de guerra. Me dijeron que pierdo batallas todos los días y que la guerra apunta a sentencia irrecurrible.

      Me preparo para lo que me toca.

      Egoísta, con esta colección de miserias que apenas me sostiene, no dejo de estar contigo. Solo tengo fuerzas para esperarte algunas veces entre los demás o otras entre las paredes del hospital.

      Te repito que eres mi sueño hecho realidad y que solo te tengo un poco de envidia porque estás donde debes y haces lo que yo quisiera hacer antes de…

      Te repito que eres mi sueño hecho realidad y que solo sé pensar en ti mientras muero poco a poco para siempre.

      José Angel Fernández Díaz.

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23 febrero 2017 4 23 /02 /febrero /2017 01:05
La tristeza

          El reloj cobró protagonismo de súbito, cuando la campana alojada en su interior llamó la atención, explicando que la tarde alcanzaba ya a la noche y todo pese a que el sol ardía aún entre los árboles al fondo, justo donde, sin grandes esfuerzos podía suponerse el mar, el mar vivo, incansable, generoso.

 

        Abandonó el libro sobre la pequeña mesa a su derecha, algo atiborrada, y testigo de largas tardes y noches de silencio y lecturas desaforadas, de pasión contenida y sueños sin tregua con los ojos bien abiertos; un simple doblez en la esquina superior de una de las páginas atrapó el camino recorrido y prometió continuar. Sobre el libro cerrado dejó reposar las viejas gafas, acostumbradas, cómo no, al olvido y al despiste y el ansia de volver a tirar del hilo de aquella historia súbitamente detenida al borde de la tarde. No fue consciente del tiempo transcurrido hasta que su cuerpo advirtió sobre la dificultad de recuperar la verticalidad.

 

      Quiso, deseó poner música de fondo al espectáculo que encerraba el pequeño espacio de la ventana. Buscó entre sus discos y sin que pudiera o quisiera evitarlo pensó una vez mas, otra vez, después de cien veces en ella que, probablemente, aun dormía. Un placer sin nombre puso en su mano “la Barcarola”... Quería verla despertar, igual que antes la observara mientras dormía.

 

        Antes de poner la música, aquella música suya y casi con deseos de rogar a los últimos rayos del sol que no tuvieran prisa, decidió llenar la bañera con agua caliente y olorosa, preparar al tiempo una sabrosa taza de chocolate para cada uno. Quiso verla en la memoria y cerró los ojos, dormía plácidamente, navegaba entre aguas quietas y tibias que reflejaban el blanco imposible de las nubes de algodón, que impiden siempre que llueva en los sueños, para que no se mojen los cielos de papel celofán. No bastó la memoria, quiso abrir los ojos y soñar despierto, verla despertar y con los ojos casi cerrados preguntar: ¿dónde estas amor?... estoy aquí, te miro, te sueño, te respiro, te quiero...

 

      La música del disco que había seleccionado comenzó a colarse entre las cosas, entre las sombras de la tarde-noche, entre espacios inertes, conocidos, olvidados a veces; llegó poco a poco a cada habitación; ella no tardaría en escucharla.

 

      El tiempo y la costumbre, el conjunto, nos convierte en verdaderos adivinos; casi podemos decir, sin miedo a equivocarnos, lo que puede llegar a pasar ante una determinada situación. Ella tenía la respuesta previsible a los estímulos que el sabia construir.

 

       La música alcanzó no solo los rincones materiales, conocidos, tangibles al fin, sino también los interiores, aquellos que al ser descubiertos se rinden a la tentación de mostrar mil sentimientos. El chocolate caliente inundó el ambiente con su agradable aroma. La mezcla era perfecta, deseable... el la conocía tan bien que casi se sintió culpable.

 

      Esperó, escrutó en el espacio próximo a la habitación algún ruido, alguna perturbación pero no encontró nada nuevo, nada distinto. Cerró los ojos, introdujo la mirada en la habitación en el interior cálido y acotado por una luz leve; respiró el perfume suyo , escucho el susurro de los sueños, imaginó el contacto ardiente de sus labios y el tacto de su piel blanca y suave... luego, pronto abrió los ojos no para despertar, sino con la intención de atrapar imágenes para ilustrar su catálogo interior...

 

      Pronto el agua de la bañera ya no pareció tan apacible. Había comenzado a enfriarse y tampoco desprendía olorosos vapores. El aroma del chocolate era poco a poco, cada vez mas, un recuerdo rezagado, un alimento para los sentidos, consumido solo por el olfato. La melodía de fondo hacía tiempo que era otra, demasiado alegre para acompañar la suave decadencia de las últimas luces del atardecer, demasiado impetuosa para acompañar un suave despertar. De súbito el conjunto no resultó tan exquisito, otras sensaciones bien distintas se hicieron con la plaza.

 

      Volvió sobre sus pasos, apagó sin cuidado alguno el aparato de la música, sin retirar el disco, que fue perdiendo velocidad poco a poco hasta convertirse en un estertor. Caminó lentamente hasta el baño y tiró de la cadena que sujetaba el tapón de la bañera, observó durante algún tiempo como rápidamente se perdía, a través del breve sumidero, el agua antes cálida y olorosa. En la cocina, simplemente dejó la taza junto a otras, en el fregadero con su contenido algo cuajado ya y volvió a la sala donde la noche se había hecho reina. Encendió la pequeña lámpara de lectura, recuperó sus gafas, suspiró mientras desplegaba la esquina doblada de la última hoja donde había estado y sin pensar en otra cosa volvió a la aventura ajena pues el intento de construir una propia había fallado una vez mas.

 

      José A. Fernández Díaz

 

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Presentación

  • : El blog de atrapado-en-la-esquina-verde
  • : Allí donde los verdes son variados e intensos, los mares furiosos algunas veces y otras tan pacíficos que son como el cielo azul, allí donde la tierra tiene antojos, perversamente montañosa algunas veces, suave y generosa otras, escarpada y escabrosa cuando quiere, fértil siempre; donde el sol se esconde enamorando la mirada o encogiendo el corazón. Aquí estoy gustosamente atrapado y describo el reflejo de mis profundas intenciones... Desde Galicia, mi esquina verde.
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  • Invasor atrapado en el territorio sin límite de los sueños y lo políticamente incorecto... Eterno indignado y perverso militante de causas pervertidas.
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