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7 marzo 2017 2 07 /03 /marzo /2017 01:06
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          Seducido por la costumbre de volver a nacer, acordó consigo mismo, morir a diario… hasta que un día de temporal sus cenizas no supieron encontrarse mas.

          Para cuando consiguió su carnet de piloto, ya había estrellado tres matrimonios, dos empresas y una falsa amistad.

           Ahogado por las deudas, decidió aprender a nadar con el flotador de la ignorancia y las ideas inútiles.

         Quería tener una relación, así que respiró hondo y rompió una a una con sus otras cuatro amantes… todo ello con tal ruido de fondo, que la agraciada decidió irse con las demás.

          Agudizo el ingenio hasta el límite. Tanto que pinchó el globo donde se escondían sus ideas…

         Una mañana de resaca prometió no volver a beber y, como hombre de palabra que había sido siempre, murió de sed.

          Hizo de las matemáticas un escondrijo para ocultar sus obsesiones y fantasías. En su lápida los vivos pudieron leer : muerto el 6/9/69…

        Ella había contraído una extraña enfermedad que solo son capaces de incubar los hombres, algunos hombres, pero que tiene efectos mortales en las mujeres.

            José A. Fernández Díaz.

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6 marzo 2017 1 06 /03 /marzo /2017 01:04
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          Entre una vez y la otra mediaron, probablemente, dos cambios de gobierno, inútiles cambios, un centenar de temporales, ocho primaveras y los mismos otoños… ocho años a rebosar de nostalgia.

           Bajo la última lluvia, antes del regreso, se prometió, él se prometió olvidar para siempre y, olvidó para siempre mientras pudo; mientras los recuerdos no fueron nuevos.

          Para cuando ella volvió, habían florecido las esperanzas y el otoño avanzaba camino del invierno. Había vuelto a escribir. Un día encontró los pasos perdidos sobre un inquietante folio donde, ocho años antes, había escrito a mano un rotundo “volveré”.

          Volvió con una breve historia donde un reloj, villano, decide cambiar el sentido de giro de sus agujas y hace de la vida un disparate vuelto al revés. Es ligeramente feliz, un poco feliz, cuando consigue encontrar un final sin que apenas aparezcan víctimas. Un poco feliz, como medida alternativa a la mucha tristeza con la que había aprendido a vivir.

          Antes de aquel largo silencio hubo ruido, música, luz…

       Ella apareció una tarde de primavera. Apareció como si fuera primavera, pacífica y generosa en sonrisas y, coincidió con él en la terraza poco poblada de una cafetería. El dibujaba; con pocas ganas de escribir o poco que decir, dibujaba atenazado por una extraña costumbre, líneas y curvas sin demasiado sentido. Casi siempre semejante delirio geométrico lo llevaba a la inspiración. Curioso mecanismo de reconversión.

          No tardaron en encontrarse e intercambiaron un breve y conciso saludo. Era sin duda, la primera vez. Nada hubo en común antes de aquella tarde. Nada compartido, nada que los hubiera reunido en un mismo espacio temporal.

          -Hola.

          -Hola – contestó él, con la sensación terriblemente incómoda de que faltaba algo.

         Ella aún sonreía mirando al fondo de la calle. Pronto volvieron a mirarse y fue entonces cuando, poco antes del anochecer, descubrieron que por alguna razón estaban obligados a conocerse. El tiempo se quedó con el detalle de quien acudió a la mesa del otro. Pero lo cierto es que terminaron en una misma mesa donde el café fue sustituido por vino y algo que picar entre risas y susurros, un poco de vida contada a cachitos , reflexiones sobre la inexplicable contemporaneidad y quien sabe si mas de tres o cuatro sutiles y frágiles mentiras.

         -¿Eres pintor? – pregunto ella, a la vista de la libreta donde él había estado ilustrando sus lagunas, los silencios de su espíritu creativo.

         -Si –mintió apenas-, pinto cuando estoy inspirado. Pinto la vida que veo y la que imagino. Hoy la vida se está buscando y yo ensayo…

          Terminó mintiendo en gran medida y jugando con la verdad al mismo tiempo. El escribía y describía la vida tal y como se la iba encontrando y para hacerlo mas o menos bien, precisaba mirarla a la cara. Apenas era capaz sin modelo.

        Mintió apenas o mintió mucho, porque no quiso imaginar que ella estaba dispuesta a posar. Pensó que a ella le hubiera gustado saber que él era pintor … y fue pintor para ella.

         La vida tiene tantos rincones que, para quien la ha andado con despiste un buen puñado de años, resulta fácil dejarse horas y hasta días, haciendo mapas con el camino de regreso. Así, ella y él, contaron el uno a la otra y también al revés, esas cosas que llamaron atenciones a lo largo del camino. Decidieron dejarse conocer desenredando la madeja del pasado.

       Ella era vital, alegre, inquieta, intensa y reflexiva, incansable y grata… atractiva y tácitamente asequible… ¿tácitamente asequible? Si, como la luz de la primavera.

         El tenía la consistencia de una construcción delicada y algo imprecisa, un amasijo de soñador a tiempo parcial y recurrente submarinista de secano. Un desastre sin mas y sin otra cosa que el complejo ritmo de sus despistes para ofrecer como alternativa a las noches de insomnio.

         Llegó el día en que él descubrió, sin que apenas importara, que aquella mentira con la que quiso no resultar decepcionante, lo había llevado a un camino sin vuelta atrás. Ella, ilusionada, quería que él la convirtiera en uno de sus cuadros.

          El quería dibujarla, quedarse para siempre con aquella imagen, pero con palabras…

         José Angel Fernández Díaz.

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3 marzo 2017 5 03 /03 /marzo /2017 00:37
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      Repito; te repito una y otra vez que eres mi catálogo de sueños hechos realidad y sabes que soy de soñar caro. Los míos son sueños que cuestan noches sin dormir o lágrimas de alegría.

      El último de mis sueños sin nombre, deambula por la estación de trenes, buscándote y esperando tus ojos entre los de los muchos pasajeros que llegan. No se me termina la esperanza, ni las ganas; pero si los años donde habita la sonrisa grata de la inocencia … Y es que tengo ganas de ser para ti aquel que sabía sonreír siempre a pesar de la vida. Pero la vida se resiste a ser sonreída.

      A veces la vida… muchas veces la vida invita al dolor , tantas veces ajeno, injusto, siempre injusto, injusto siempre.

      Si no vuelves, a pesar de mi esperanza que espera, llegarán los días en que no puedes no estar y entonces, ¿Cómo podré ser libre de mis miedos , libre bajo el sol del verano?. Te lloraré por las noches, consumido por los días largos y las puestas de sol ruidoso de ausencia.

      Lo sé, sé que debería estar contigo, compitiendo con el dios de los que creen; arrancando de la muerte a los que no saben que dirección tiene la vida. Sé que no estoy donde debo y, sabes bien que mis razones son tan egoístas que llevan mi nombre escrito… pero no tengo a mano mas que lo que se muere poco a poco entre cócteles químicos o quimioterapias, radioterapias y tristeza, mucha tristeza.

      Ayer me contaron que no pinta bien el último parte de guerra. Me dijeron que pierdo batallas todos los días y que la guerra apunta a sentencia irrecurrible.

      Me preparo para lo que me toca.

      Egoísta, con esta colección de miserias que apenas me sostiene, no dejo de estar contigo. Solo tengo fuerzas para esperarte algunas veces entre los demás o otras entre las paredes del hospital.

      Te repito que eres mi sueño hecho realidad y que solo te tengo un poco de envidia porque estás donde debes y haces lo que yo quisiera hacer antes de…

      Te repito que eres mi sueño hecho realidad y que solo sé pensar en ti mientras muero poco a poco para siempre.

      José Angel Fernández Díaz.

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23 febrero 2017 4 23 /02 /febrero /2017 01:05
La tristeza

          El reloj cobró protagonismo de súbito, cuando la campana alojada en su interior llamó la atención, explicando que la tarde alcanzaba ya a la noche y todo pese a que el sol ardía aún entre los árboles al fondo, justo donde, sin grandes esfuerzos podía suponerse el mar, el mar vivo, incansable, generoso.

 

        Abandonó el libro sobre la pequeña mesa a su derecha, algo atiborrada, y testigo de largas tardes y noches de silencio y lecturas desaforadas, de pasión contenida y sueños sin tregua con los ojos bien abiertos; un simple doblez en la esquina superior de una de las páginas atrapó el camino recorrido y prometió continuar. Sobre el libro cerrado dejó reposar las viejas gafas, acostumbradas, cómo no, al olvido y al despiste y el ansia de volver a tirar del hilo de aquella historia súbitamente detenida al borde de la tarde. No fue consciente del tiempo transcurrido hasta que su cuerpo advirtió sobre la dificultad de recuperar la verticalidad.

 

      Quiso, deseó poner música de fondo al espectáculo que encerraba el pequeño espacio de la ventana. Buscó entre sus discos y sin que pudiera o quisiera evitarlo pensó una vez mas, otra vez, después de cien veces en ella que, probablemente, aun dormía. Un placer sin nombre puso en su mano “la Barcarola”... Quería verla despertar, igual que antes la observara mientras dormía.

 

        Antes de poner la música, aquella música suya y casi con deseos de rogar a los últimos rayos del sol que no tuvieran prisa, decidió llenar la bañera con agua caliente y olorosa, preparar al tiempo una sabrosa taza de chocolate para cada uno. Quiso verla en la memoria y cerró los ojos, dormía plácidamente, navegaba entre aguas quietas y tibias que reflejaban el blanco imposible de las nubes de algodón, que impiden siempre que llueva en los sueños, para que no se mojen los cielos de papel celofán. No bastó la memoria, quiso abrir los ojos y soñar despierto, verla despertar y con los ojos casi cerrados preguntar: ¿dónde estas amor?... estoy aquí, te miro, te sueño, te respiro, te quiero...

 

      La música del disco que había seleccionado comenzó a colarse entre las cosas, entre las sombras de la tarde-noche, entre espacios inertes, conocidos, olvidados a veces; llegó poco a poco a cada habitación; ella no tardaría en escucharla.

 

      El tiempo y la costumbre, el conjunto, nos convierte en verdaderos adivinos; casi podemos decir, sin miedo a equivocarnos, lo que puede llegar a pasar ante una determinada situación. Ella tenía la respuesta previsible a los estímulos que el sabia construir.

 

       La música alcanzó no solo los rincones materiales, conocidos, tangibles al fin, sino también los interiores, aquellos que al ser descubiertos se rinden a la tentación de mostrar mil sentimientos. El chocolate caliente inundó el ambiente con su agradable aroma. La mezcla era perfecta, deseable... el la conocía tan bien que casi se sintió culpable.

 

      Esperó, escrutó en el espacio próximo a la habitación algún ruido, alguna perturbación pero no encontró nada nuevo, nada distinto. Cerró los ojos, introdujo la mirada en la habitación en el interior cálido y acotado por una luz leve; respiró el perfume suyo , escucho el susurro de los sueños, imaginó el contacto ardiente de sus labios y el tacto de su piel blanca y suave... luego, pronto abrió los ojos no para despertar, sino con la intención de atrapar imágenes para ilustrar su catálogo interior...

 

      Pronto el agua de la bañera ya no pareció tan apacible. Había comenzado a enfriarse y tampoco desprendía olorosos vapores. El aroma del chocolate era poco a poco, cada vez mas, un recuerdo rezagado, un alimento para los sentidos, consumido solo por el olfato. La melodía de fondo hacía tiempo que era otra, demasiado alegre para acompañar la suave decadencia de las últimas luces del atardecer, demasiado impetuosa para acompañar un suave despertar. De súbito el conjunto no resultó tan exquisito, otras sensaciones bien distintas se hicieron con la plaza.

 

      Volvió sobre sus pasos, apagó sin cuidado alguno el aparato de la música, sin retirar el disco, que fue perdiendo velocidad poco a poco hasta convertirse en un estertor. Caminó lentamente hasta el baño y tiró de la cadena que sujetaba el tapón de la bañera, observó durante algún tiempo como rápidamente se perdía, a través del breve sumidero, el agua antes cálida y olorosa. En la cocina, simplemente dejó la taza junto a otras, en el fregadero con su contenido algo cuajado ya y volvió a la sala donde la noche se había hecho reina. Encendió la pequeña lámpara de lectura, recuperó sus gafas, suspiró mientras desplegaba la esquina doblada de la última hoja donde había estado y sin pensar en otra cosa volvió a la aventura ajena pues el intento de construir una propia había fallado una vez mas.

 

      José A. Fernández Díaz

 

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20 febrero 2017 1 20 /02 /febrero /2017 00:05
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        Parece que la vida es un poco cosa de uno mismo y mucha cosa de todo lo demás.

        Eulogio se había enamorado, mucho, de María Cristina.

       Ella, María Cristina, se había dejado; se dejaba, con pasión enfermiza, entre las paredes repletas de libros de la Biblioteca Municipal… se dejaba las horas que exigía su contrato y otras que prefería hurtar de la realidad exterior. Allí sabía ser feliz.

    La pequeña ciudad, donde habitaba aquella biblioteca, se moría a trozos, pedazos, capítulos, episodios… Se moría lentamente a veces, y otras, con tanta prisa, que dolían las calles; dolían de silencio. La vida; el ruido de la vida, se había ido a otra parte. Eulogio lo encontró en la biblioteca; y María Cristina sabía que siempre había estado allí.

      En aquella casa se conocían todos y todos, que curioso, eran habitantes anónimos, que se sabían de memoria en superficie pero poco más.

     Eulogio leía, escribía y solo disfrutaba con el cine que encontraba allí. Cuando notó el amor por primera vez y se percató de que lo había contraído o se lo había provocado María Cristina, escribió un puñado de líneas de un tirón. Antes de volver a casa, antes de abandonar la biblioteca, esperó a que ella estuviera ausente de su mesa y, entonces, dejó el libro con el que había estado entretenido viajando sin miedo. Asomaba por uno de los bordes un trozo de papel.

     María Cristina encontró aquel libro, el papel y la magia de una intensa confesión sobre su escritorio. Tras leer con prisa quiso llorar de inmediato pero no pudo ser. Puede que el resto de los habitantes de aquel lugar no hubieran entendido que era posible llorar sin un libro entre manos o sin la vida respirada con furia.

     Aquella noche apenas dilató su horario, apenas se excedió en su habitual generosidad. Antes de activar la alarma volvió a leer y con los nervios equivocó el código un par de veces. Llevaba, para ver en casa, una maravillosa película, “antes del amanecer” y aquel libro donde Eulogio había dejado su declaración de amor.

     “Solo tu tienes la culpa; solo yo tengo la dicha. Solo sabe el ruido de esta casa de silencios, cuanto te miro y como te escucho; y de que modo se me olvida que existe una medida del tiempo que me desespera fuera, en la calle, donde tú no estás… y puede que yo tampoco. Hoy me apetece decirte que te quiero. Te quiero María; te quiero Cristina. Te quiero toda junta o a suspiros… así te quiero. Con mis sueños a flor de piel… espero que sepas perdonarme porque sé que no debo, pero no se como no hacerlo.”

     Hubiera querido ser aquella joven protagonista y encontrarse en un tren con destino a Viena, un poco de vida compartida y la ilusión de una noche para llenarse el alma con destino al amanecer… solo hasta allí.

     Mientras tanto, Eulogio, con un insoportable dolor en el pecho, de camino a Urgencias, pensaba en la vida como si no fuera otra cosa de esas que pretendían no estar para cuando tuviera ganas de despertar…

      Amaneció…

     Aquella mañana la ciudad pequeña se iba a morir un poco más; María Cristina no tendría manera de ocultar un llanto sin límites, sobre el periódico del día; el amor nuevo había perdido una oportunidad y Eulogio ya no estaba.

      José A. Fernández Díaz

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2 febrero 2017 4 02 /02 /febrero /2017 21:18
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Llueve… llueve bien pero no bonito.

Llueve con ganas… de llamar la atención.

Llueve como si fuera un llorar de tristeza contenida.

Llueve con furia de grises y nostalgia de pequeñas historias vividas o por vivir.

Llueve con tiempo de sobra y arrugas en el cielo…

Llueve sin alegría y sin tristeza como si todo estuviera en una esquina de mañana.

Llueve entre páginas, que se dejan la piel en las piezas de una historia inventada, con los retazos de un puñado de historias salpicadas con algún que otro día de lluvia.

Llueve con la cadencia de una reflexión, a veces, y, a veces, con la furia de una explosión de ira…

Llueve como si fuera un llorar de tristeza contenida.

Supongo que, para cuando escampe, terminará por ser primavera… así es la vida.

José A. Fernández Díaz

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13 enero 2017 5 13 /01 /enero /2017 00:11
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     Puede que aquella última vez no nos hubiéramos amado bien. Puede que esa otra vez, el soñador que soy, tuviera un día de pesadillas. Es posible que nos faltara la premeditación y algo de alevosía, o, nosotros mismos… nosotros mismos no estuvimos aquella última noche, amor.

     Estabas tú y también yo pero, apuesto un puñado de suspiros a que, esa no eras tu y ese no era yo. No la mujer que quería amar; no el yo que conozco.

     Aquella última noche tenía la mirada de un visitante indeseado. Tal vez tu, como yo, no querías que fuera y no fue. No habitamos aquellas horas y no fuimos dueños de cuanto sucedió; pero si de lo que dejó de suceder.

     Creíste, creí… pensamos, que había camino de vuelta y apenas se nos acabaron los minutos , atrapados –contarán las crónicas- , “no supieron que hacer”.

     Como los hijos de Capuletos y Montescos se nos ocurrió urdir un plan al margen de las bondades divinas. Te fuiste y me fui, con el amor sin hacer y las ganas sin aparecer. Dejamos la cama ocupada por la luz de la tarde, la tele encendida, un café sin estrenar y un vino que nunca apareció.

     Puede que aquella última vez se nos olvide para siempre y también puede que no se nos olvide nunca.

     Se me ocurre intentar una nueva última vez; una de verdad; meditada y planeada a la que procuraré llegar tarde.

     José A. Fernández Díaz.

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8 enero 2017 7 08 /01 /enero /2017 03:15
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     Puede que pueda olvidar que;

     A la vuelta de la esquina la miseria hace del cada día un día mas y también un día menos con nada para recordar y mucho que olvidar.

     Cuando el frío se queda al otro lado de la puerta de mi casa, se hace mas fuerte con la piel de aquellos que solo tienen la calle.

     Al lado de mis preocupaciones de hombre con trabajo y horas de menos para buscarme a mi mismo, tengo la desventura de quienes no tienen nada para medirme como un privilegiado inconforme.

     Con las monedas que dedico a buscar la felicidad, comprando aguas de fuego que matan la paz de mis ideas, podría salvar la vida de quienes tienen los días contados.

     Con el fruto de mis silencios doy libertad a quienes tienen poder sobre lo que es de todos para que hagan de nuestra confianza la munición con la que liquidan las esperanzas que nos mueven.

     Al otro lado de la pared dos hombres que se besan con el amor que conocen o dos mujeres que se quieren con el amor mas grande, son mirados como si la naturalidad de sus sentimientos tuviera la condición de enfermedad… con cura, eso si.

     En la mesa de al lado un hombre roba a una mujer sus derechos y hace de la vida que le pertenece un infierno poblado de miedos y dudas… o de huidas alternativas… o de conformismo mortal.

     Con mi silencio, obligado por quienes sostienen que las opiniones rompen amistades y otros objetos frágiles, hago de mis ideas un adorno inútil o un muerto memorable.

     Puede que pueda olvidar que no quiero ser parte de la solución, porque solo me importa inventar mi felicidad…

     Pero no, no puedo olvidar porque soy parte del problema, si no hago nada para ser parte de la solución…

     José A. Fernández Díaz.

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6 enero 2017 5 06 /01 /enero /2017 19:35
Un día cualquiera… sin ropa interior.

         De tanto intentarlo, acabará atentando contra el principio de sus finales… luego pulsará el detonador de la potente carga de ideas perdidas, para hacer trizas los girones de lo poco que ha ido quedando. Luego la nada y, poco más?...

        Escuchaba, como debe ser, el thunderstuk de AC-DC con un volumen casi infernal cuando se le antojó ir a mirar en la nevera con la esperanza de que, por generación espontánea, hubiera aparecido alguna cerveza… Tras un abrir y cerrar, tan breve como el aleteo de una gaviota huérfana del todo, concluyó que era hora de ponerse los pantalones y bajar a buscar provisiones. Otra alternativa era escribir en alguna de las paredes su testamento y dejarse morir de hambre y sed … por desidia. Puede que alguien lo hubiera condenado por suicido premeditado sin meditación previa o extremo abandono del compromiso con la especie a la que había pertenecido cuando salía a la calle con ropa interior bajo los pantalones.

        Todo fue resignación y agónica búsqueda de ropa que ponerse, sobre la piel herida de desazón y cansancio injustificado. Cuando encontró algo que asomaba por un lado, bajo el sofá, tiró con miedo a encontrarse cara a cara con algún otro ocupante de aquella colección de paredes tímidamente ordenadas en ángulos perfectos y colores mas vivos que su sexo olvidado. Resulto ser una camisa vacía, atada a un pantalón corto y un calcetín que asomaba por uno de los bolsillos y otro que se dejó ver, colgando, peligrosamente colgado, del borde último y definitivo de un horrible florero del color de la mierda madurada al sol. En los límites de la cocina se encontró con unas chanclas algo anacrónicas y sin embargo atemporales como las bragas de color carne. Hubiera dado algo por unas … aunque se inclinaba mas por los tangas de leopardo.

        Hizo cuanto pudo para conjuntar aquellos pingües recursos pero prefirió…optó, por no mirarse al espejo, el mismo sobre el que había vomitado una o dos veces en algo menos de una semana. Mala semana para traspasar espejos y otras lindezas. La verdad, había dejado de estar para cuentos de hadas y otras milongas envenenadas, desde que cumpliera los cuarenta y cinco; suceso que se remontaba al lunes o martes de la semana pasada…

         Tomó un caramelo de eucalipto de su frasco de caramelos de eucalipto (para cuando no tiene ganas de lavarse los dientes), y lo mondó como si de un plátano se tratara. Si no fuera por el miedo a la deshidratación se hubiera planteado sobrevivir a base de aquellas pequeñas piezas de intenso sabor forestal… ¿Cuántos eucaliptos es preciso sacrificar para dar vida a una docena de caramelos?... Presa de una mezcla inexacta de lágrimas y rabia, mordió con furia aquel objeto que llenaba su boca de frescura y sensación de limpieza profesional, hasta hacer de la culpabilidad un sentimiento residual.

         Dinero, necesitaba dinero o algo parecido. Tenía una tarjeta y un par de estampitas de San Judas Tadeo… también un almanaque de esos que por un lado tienen los doce meses del año y por el otro una señora con vestimenta propia y adecuada para los calores del verano, pero tristemente despojada para los grises otoños y los injustos inviernos...también los datos de su ferretería de confianza. Con aquello se fue a probar suerte. Lo primero que hizo fue perderse entre el sexto y el cuarto piso. Hubo un momento en el que no sabía si bajaba o subía. Había perdido el norte pero, por ventura, aún gozaba del buen aliento que había conseguido con sacrificio ajeno.

         En la tercera planta se encontró con Aurelia. Aquella mujer era su paraíso perdido, su amor platónico de verano, era la madre de los hijos que jamás hubiera querido tener… era algo triste y un poco reguetonera, pero a el, que era terriblemente enamoradizo, le apasionaban sus lentejas y esa manera tan erótica de freír las croquetas congeladas. Ella adoraba a José Donoso, pero el nunca fue capaz de confesar que no tenía la menor idea de quien era y a que se dedicaba. Aurelia leía con una voracidad que había hecho de su casa un jardín lleno de sueños.

      Se miraron y ella manifestó su alegría preguntando de dónde rayos había sacado semejante combinación temporada otoño-verano. El no fue capaz de entender a que se refería y se limitó a sonreír con cara de hambre.

       Cuando ella dijo ven y toma lo que te apetezca, el no quiso pensar en sexo. Ella tampoco… Comió y bebió hasta vomitar… luego volvió a comer y se echó una siesta en el rellano, con la cabeza abandonada sobre el felpudo de la entrada de la vecina de al lado. Aurelia tomó un pack de seis cervezas y con una gran dosis de amor se lo ató al tobillo con un pañuelo de color lila.

         Durmió, satisfecho, algo mas de dos horas hasta que la vecina a la que pertenecía la puerta y el felpudo, asustada por los ronquidos, abrió y gritó un fuera de aquí en mi mayor…sostenido. Despertó confundido y agitado, tanto que se levantó sin percatarse del regalo que llevaba atado a su tobillo, de tal manera que, cuando vió salir disparadas dos botellas de cerveza escaleras abajo se lanzó al rescate, precipitándose sin remedio al mas rotundo vacio nihilista, tras verificar que, por rescatar dos, acabó con cuatro chorreando escaleras abajo, cual maná insólito de las lágrimas de algún dios herido… Resbaló en el liquido espumoso y solo sabe dios cuanto hubiera agradecido, de haber sobrevivido, la muerte súbita tras tan terrible suceso.

        No, no iba vestido para la ocasión pero, en su favor, es preciso decir que no tenía previsto morir por amor…

         José Angel Fernández Díaz

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6 enero 2017 5 06 /01 /enero /2017 00:35
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         La primera vez llegué a tener el sabor grato de la nostalgia…La última vez alcancé a percibir los primeros compases de un sueño imposible…

         Y es que la cordura no resulta nada útil en un escenario poblado por vecinos fríos y calculadores; mas aún cuando eres un yo mismo, sin otras ganas que las de oler las flores sin arrancarlas.

         Recuerdo que ella llevaba, tal vez, media hora con la mirada posada en uno de esos artilugios que pretenden haber robado la sustancia y la esencia a las bibliotecas. Yo suponía que era necesario hacer algo para pasar las páginas, pero ella no hacía otra cosa que mirar fijamente aquella superficie plana e intrascendente. Por mi parte intentaba exponerme en una de mis páginas en blanco, arrancarme ideas y retazos de vivencias, con la intención de dejar huellas para encontrarme a mi mismo. Aquel cuaderno en el que escribía estaba mas lleno de dudas que otra cosa… bueno, en realidad también sobraban los tachones.

        Hice un gesto y Pedro, el camarero, no necesitó mas para agradar el sentido donde, curiosamente, se alojan algunos de los órganos que mecanizan la palabra.

          Con el café en la mesa me preguntó sin giros ni maromas: -¿no sale nada?...

         -Pedro, estoy perdido. Apenas se me ocurren cosas y tengo dos personajes atrapados en el medio de una historia que me supera. Tengo miedo de seguir porque no me gusta el destino que tengo planeado.

      -Chungo, chungo. Tu siempre encuentras cosas que decir… escribes como un condenado, pero hoy te veo jodido…

          -Ya irá saliendo… supongo. Conoces a esa chica?...

          -La del libro electrónico?...

          -Pedro… no veo otra.

          -Viene con cierta frecuencia. Se llama Soledad; Sole.

          - Puedes decirle que le invito a otro café o lo que quiera tomar?

          -Claro.

          Pedro se acercó y Sole apartó la mirada de su libro. Me miró y dijo si.

        Tenía, Sole, una mirada brillante y sincera. Algo de extremadamente breve, aleteaba en su manera de decir si.

         -Gracias –me dijo Sole-, a contraluz, con la gran cristalera a su espalda y la tarde rota de tristeza bajo una lluvia fina.

          No hubo más. Solo me miró con una hermosa y contenida sonrisa. Es cierto que aquello me apartó de mi bloqueo, pero tan solo para escribir un par de versos que nada tenían que ver con la historia sobre la que trabajaba y si con Sole.

     La verdad es que aquella mujer tenía una manera peculiar de hacerse sentir. Inmediatamente atrapó mi atención, y las ganas de escribir sobre mis seres conocidos se murieron súbitamente. Solo se me ocurría ella pero no como historia. Ella era poesía.

        No era especialmente guapa y su atractivo me remitió a la manera de mirar y permanecer sumergida en aquella intención de libro. Pero no podía dejar de mirarla mientras permanecía atrapada en su libro y la gente cambiaba el paisaje exterior con un ir y venir casi monótono.

        Quizá con demasiada prisa llegó la noche y con un puñado de versos pasados a limpio en una hoja plegada con cuidado, decidí marcharme…

        Pagué y me acerqué a la mesa donde Sole seguía leyendo. Dejé junto a su taza vacía mis versos. Simplemente dije adiós y ella volvió a dar las gracias. Mirándome con una profundidad inquietante inmediatamente volvió a su libro. Salí…

        Al pasar por el otro lado de la cristalera me encontré con su mirada reflejada en el espejo que ocupaba el lugar donde yo supuse había un libro electrónico. Miré `perplejo la funda ocupada por un espejo y que en aquel momento reflejaba los ojos de Sole… No supe si soñaba cuando sobre la paz del espejo me guiñó uno de esos ojos inolvidables…

          José A. Fernández Díaz.

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Presentación

  • : El blog de atrapado-en-la-esquina-verde
  • : Allí donde los verdes son variados e intensos, los mares furiosos algunas veces y otras tan pacíficos que son como el cielo azul, allí donde la tierra tiene antojos, perversamente montañosa algunas veces, suave y generosa otras, escarpada y escabrosa cuando quiere, fértil siempre; donde el sol se esconde enamorando la mirada o encogiendo el corazón. Aquí estoy gustosamente atrapado y describo el reflejo de mis profundas intenciones... Desde Galicia, mi esquina verde.
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  • Invasor atrapado en el territorio sin límite de los sueños y lo políticamente incorecto... Eterno indignado y perverso militante de causas pervertidas.
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