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25 octubre 2016 2 25 /10 /octubre /2016 01:10
Fotografía de Werner Bischof

Fotografía de Werner Bischof

                Atrapado en la naturaleza de lo simple, sin lugar para ningún tipo de duda trascendental,  se entregó a la debida contemplación de lo que pasaba por las inmediaciones de sus sentidos.  Se dedico a oir, ver, tocar, degustar, oler… y con las piezas hacerse,  de vez en cuando, un par de ideas  sobradamente intrascendentes e inútiles.

                Pues bien… amanecía un día de esos que prometen luz y colores de sobra… y mucha rabia para perdérselo encerrado en un despacho, ocupado por demasiados teléfonos, una radio terriblemente sintonizada, una luz sucia fruto de unos cristales poco transparentes, miles de papeles donde la vida se contaba desde una perspectiva demasiado tangible para que todo tuviera un poco de sentido y aquel cuadro, aquella puerta secreta de salida al mundo de los sueños.

                Por la ventana abierta entraba un puñado de olores y ruidos que,  todos  juntos,  eran capaces de abrir la puerta de salida enmarcada en la pared.

                Olía a pan y a colonia barata y  de toda la vida. Sonaba a tacones sorteando las grietas entre los adoquines y conversaciones perdidas en la distancia, a pájaros alegres y algún llanto infantil… La luz que alcanzaba la ventana avanzaba los ecos de un día estupendo porque olía a una extraña mezcla de otoño y primavera.

                Al pie de la ventana un dialogo se hizo protagonista del escenario. Una pareja muy joven  prometía imposibles  y se acariciaba a base de verbos y miradas.  Ambas mujeres hablaban en verso o eso parecía porque para cuando la curiosidad quiso poner rostro a la pareja, decidieron alejarse en prosa, cogidas de la mano como si,   afortunadamente,  el que dirán importara la mitad de un bledo. En aquel momento sobre el cuadro se había posado un rayo de sol que apuntaba al contorno de lo que siempre se le antojó un ojo vertical mirando como el mundo aprendía a ponerse de pie… o, por qué no decirlo, un sexo abierto al placer de ser visto y mirado.

                Detalló en una espiral dibujada en negro y con fondo rojo. Detalló tanto que se alejó de su presente a medida que viajaba al centro del dibujo… y se dejó llevar hasta que encontró que además tenía banda sonora. En la radio sonaba aquello de “quizás, quizás … quizás”  y se encontró tarareando de camino a un lugar cualquiera del tiempo que había vivido y en donde había amado hasta perder nortes y otras cosas. Había amado en secreto y deseado en secreto… como si estuviera enfermo de algo terriblemente contagioso. Parecía imposible que la mas hermosa historia de amor que entonces conocía y que tenía acurrucada entre el manifiesto comunista y un tomo del capital de Marx, resultaba increíble que Romeo y Julieta, fuera tan real… Ella, hija de un alto cargo del régimen, al que había visto saludar como lo hacía  Hitler, olía a primavera, a rosas y parecía flotar sobre las calles adoquinadas.  No podía olvidar aquella tarde en que escuchó su voz por primera vez y mucho menos el sabor del pan que había partido con sus manos para compartir con el…

                El sabía que muchas cosas estaban prohibidas… Aquellos libros suyos eran peligrosos pero de su padre había aprendido a saber por que creía en una cosa y no en otra, a prendió a ser coherente y reflexivo, solidario y también a sacrificar lo que tanto amaba porque no era para el… El padre  hablaba de socialismo, de pablo Iglesias, del compromiso…

                En la radio, de repente, se detiene la banda sonora y se ofrece una noticia de última hora: El PSOE acuerda que en una segunda vuelta se abstendrá para facilitar un gobierno del PP…

                Recordó a su padre, recordó cuanto había luchado por aquellas ideas, aquel amor perdido, aquellos años de hambre y miseria intelectual… recordó que había votado por el cambio y ahora a cambio de su voto, de su voluntad recibía las cenizas de una idea para todos.

                José Angel Fernández Díaz. 

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18 octubre 2016 2 18 /10 /octubre /2016 01:14
Fotograma  de la Guerra de la Galaxias

Fotograma de la Guerra de la Galaxias

               Justo al mismo tiempo en que encontró su imagen reducida al cuadro del espejo se percató de que un generoso rayo de luz se había posado sobre la cama vacía. Ella se había hecho memoria y el, un puñado de pedazos hechos de un cuerpo extraño a todo cuanto hubiera conocido antes. 

                Fruto de un pasado imperfecto se hizo un lugar con vistas a un futuro de dudosa calidad, anclado en un presente poblado  de ausencias y poca cosa mas. Con la esperanza de no perderse solo en las noches, se hizo con,  carnes y huesos, una esperanza en forma de mujer y se permitió caer en el amor periférico, asintomático y decadente… Se precipitó al vacio hasta darse un golpe mortal contra las piel dura de la soledad… una noche de luna llena; aquella noche de luna llena sin “cualquiera”.

                Lo había perdido todo juagando a ser el hijo de un dios mas o menos menor y roto. De paseo por el futuro encontró que no había nada nuevo bajo los soles que a duras penas alumbraban la vida incuestionable pero con tendencia a desfallecer, de la que  el se había hecho  parte… Muy a pesar de la tecnología, aquello tenía pocos días por contar. Había equivocado la opción. Decidió viajar al final del mundo pensando que todo iba a ser mas fácil…Y lo primero en abandonarlo fue aquel sucedáneo de amor hecho a medida, en el que apenas creía creer.

                Si  ella no le hubiera pedido la luna, en aquel pasado confuso y olvidado, jamás hubiera pensado en viajar al futuro. Pero lo hizo, se ocupó de encontrar un lugar donde desdibujarse en el presente para reaparecer en cualquier lugar  sin una luna cualquiera, mucho mas allá del pasado … al final del futuro.

                ¡Pfffffff, chisssssss!... La puerta del bus rompió en pedazos un sueño mágico y casi romántico…

                José Angel Fernández Díaz.   

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13 octubre 2016 4 13 /10 /octubre /2016 00:18
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Las mujeres

Me gustan Intensas y seguras de que los sueños pueden hacerse realidad.

Me gustan dispuestas a ser dueñas y no esclavas de ninguna condición.

Me gustan capaces y de verbo encendido y soportado sobre los cimientos de los hechos.

Me gustan ajenas a los inventos que las hacen la causa de otros.

Me gustan guerreras y guerrilleras.

Me gustan idealistas y románticas.

Me gustan realistas y republicanas de esas que ya no creen en príncipes azules  ni de otro color.

Me gustan dueñas de su cuerpo y de la libertad para compartirlo.

Me gustan conformes y sumisas con y de  la rabia que llevan dentro y las ganas de luchar.

Me gustan alegres y simpáticas cuando encuentran que quien dice que las entiende también las comprende.

Me gustan rubias, morenas, pelirrojas, calvas,  gordas y flacas, negras, blancas y amarillas… pero no invisibles, NUNCA INVISIBLES.

Me gustan frágiles y delicadas, porque esa es la grata esencia que las hace dueñas de la belleza y, por desgracia, esclavas del cancerbero.

Me gustan enfermeras, fontaneras, abogadas, cocineras, mecánicas, políticas …

Me gustan las que se gustan como son y las que se resisten a ser como creen que  los otros quieren que sean.

Me gustan libres y pasionales  con todo por hacer.

Me gustan las mujeres que no tardan en decir “no” cuando “no” es el único camino.

Me gustan las mujeres que no tardan en decir “si” cuando “si” es solo una alternativa.

Me gustan las mujeres que dicen lo que piensan sin pensar… porque ya lo tienen pensado.

Me gustan las mujeres que hacen de los hombres un complemento perfecto  de la otra mitad imprescindible.

Me gustan las que gritan “basta” ,  sin miedo o con miedo ,  a la cara del machista maltratador y cobarde, que pretende hacerlas esclavas.

Así me gustan las mujeres.

José A. Fernández Díaz 

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10 octubre 2016 1 10 /10 /octubre /2016 00:43
Reflexiones desencadenadas

De tanto tontear perdió el norte…

                La fe mueve montañas pero,  desde mi tontería,  te aconsejo que no te sientes a esperar… La vida es eso que sucede mientras esperas a que pasen cosas,  no?...

                 El fin justifica los miedos… Si, los miedos. El miedo me ha llevado a muchos desvíos apasionantes… y a rincones donde la gente aprovecha para cagarla.

                Las apariencias tienen forma de confusas realidades que no se parecen a la realidad que si no es cierta lo parece… o algo asi.

                Los hombres de verdad llevan una mujer dentro… Los otros piensan que las mujeres son piezas que adornan el paisaje exterior… todo esto desde su ridículo universo poblado de cosas de hombres.

                Las hembras que hacen hombres no siempre saben que esos hombres, algunas veces, terminan enfermos de tonto machismo.

                Algunas veces he estado solo como la una y me ha gustado tontear con los minutos esperando a las dos y luego deseando que no llegaran las tres … eso es multitud.

                Me gusta cuando callas porque te noto menos; pero me gusta mas cuando vuelves porque entonces se me caen los silencios por entre las rendijas de la soledad…

                Si tu me dices bien lo dejo todo. Si no me dices bien , entonces, vuelvo a empezar con la esperanza a flor de piel.

                Cuando llueve sin parar se me antoja pensar que por fin la realidad depura penas y culpas a base de torrentes de lágrimas… que tontería mas grande, verdad?... la realidad no sabe llorar.

                Una verdad de las de verdad siempre tiene alguna fisura por donde se cuelan pequeñísimas mentiras de verdad. La verdad es cosa de la imaginación y ya se sabe  que pícara puede llegar a ser la imaginación.

                Un político es algo mas que un hombre o una mujer poblados de ideas. Un político no es lo que era cuando las ideas tienen precio y cuando el coste lo asume el iluso que cree lo que no ve… tal como sucede con las religiones.

                Me gustan las mujeres que llevan un hombre dentro. Tienen ese aire de esperanza que tanto bien hace a la poesía. Y me gustan mas  las mujeres que llevan otra mujer dentro porque ellas son razón … y poesía.

                Perdido el norte, en un lugar de Portugal, pregunté a una atenta señora que, como mejor pudo, me explicó que al norte la gente comenzaba a distorsionar la manera de hablar hasta comunicarse con una lengua llamada castellano… Decidí quedarme a reflexionar y a sopesar las ganas de seguir perdido de manera indefinida.

                De tanto tontear perdí la costumbre de no tontear. Me rompí en pedazos de cosas sin sentido ni dirección.

                José A. Fernández Díaz.

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3 octubre 2016 1 03 /10 /octubre /2016 01:05
Mandarinas

                El muy animal se dejó caer con los ojos cerrados , de espaldas al cielo y con la certeza bien alta de que la cabeza era el detonador y, al tiempo, la carga explosiva de  sus sueños.

                Dame un minuto  -dijo antes de dejarse caer- , “ dame un minuto y te enseño a volar…  a volar en mil pedazos. Dame dos  y te explico a que sabe una mandarina comida al pie del árbol  que la parió… Todo tiene su tiempo y su cadencia… de-cadencia  que se hace violencia  que pervierte virtudes inventadas. Si al final todo es mentira y el comienzo  es el señor mentiroso que nos cuenta cuentos.”

                Unos meses antes, acostumbrado a desflorar amaneceres  se dio de alta en un página de contactos con la intención de encontrar a alguien con un reloj despertador  de esos que tienen algo mas que antojos… y terminó por encontrar el colmo de sus desilusiones en un insufrible cuestionario que, muy probablemente, terminaría odiando antes de llegar al final.

                Explicó al cuestionario como era la persona con la que intentaba llevarse bien a diario y contestó  a duras penas y maduras reflexiones, como pudo,  lo que no podía ser… Y es que aquello no podía ser;  de tal manera que terminó por encerrarse en un inquietante  circulo de reflexiones cuadriculadas. Llegó a cuestionarse su afiliación religiosa y sus creencias políticas, pero no desistió, mas bien terminó por llegar a conocerse… conocerse y reconocerse con el personaje con el que lleva paseándose cuarenta y ocho años.

                Se escucho decir sin entender bien donde estaba el error: “dame un puto apoyo y te moveré la tierra”… El solo quería amar; pero amar sin ser amado. Había aprendido la idea de amor desde la mas pura base Platónica y nunca aceptó una correspondencia clara a su condición de enamorado suicida, casi siempre tribulante. Sin decidir un suicidio rotundo se ocupó de enamorarse algunas veces,  convirtiéndose en un inexplicable superviviente de si mismo.

                Concluido el cuestionario pulsó “enter”,  con tanta lentitud que el ordenador tardó en dar una respuesta. Enviado…con eso tenía que conformarse.

                Pasó el tiempo sin que hubiera una respuesta a su solicitud. Tal vez no se explicó bien. Poco acostumbrado a hablar de si mismo tal vez no acertó a definirse de manera clara… imposible. Las máquinas son muy inteligentes, coherentes y comprometidas… lo son igual que algunas personas que casi no son personas.

                Pasaron los días y también las semanas que, juntas, hicieron meses hasta que un día se percató de que se había enamorado de la chica que aparecía en la portada de la página de acceso al servicio de contactos… También se percató de que aquello era una locura  a la medida de sus sueños y fue entonces cuando terminó por concluir que había llegado el momento  de morir enamorado.

                Antes de hacerlo escribió un mensaje  de despedida : “ dame un minuto y te enseño a volar…  a volar en mil pedazos. Dame dos  y te explico a que sabe una mandarina comida al pie del árbol  que la parió…

                José A. Fernández Díaz.

 

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23 septiembre 2016 5 23 /09 /septiembre /2016 00:56
Primer día de otoño en el laberinto

                No fue hasta la tercera cita cuando confesó, el confesó, que en realidad estaba convencido  que ella era fruto de una recurrente  imaginación, acorde a una vida con miedo al camino de ida de los días…

                Convencido de que Carolina no era de verdad, se permitió el lujo de ahorrar en palabras y gestos,  para malgastar en tortuosas elucubraciones a desmano.

                Carolina confeso, defraudada, que creía haber encontrado a un hombre capaz de estar, sin pretender convertirse en el centro de ningún universo… atento y con ganas de escuchar, pretendidamente ajeno a las farsas y a las construcciones predeterminadas… previsibles.

                Y ahora qué?...

                 Ahora toca escucharnos como esencia, dijo Arturo. Y dijo mas,  pero Carolina, atenta a sus pensamientos desbocados, solo miraba la piel cálida de un día cualquiera que se colaba por la ventana.

Conoces a alguien en el infierno?  –se escuchó decir Carolina-

                Claro que si… casi todos mis buenos amigos están allí y seguramente algún enemigo también.

                Sabía que eras tu quien estaba hecho de mentiras. Yo soy el infierno y no tienes ni idea de cual es el color de mis ojos. Di un color sin mirar… atrévete.

                Eso lo se. Los tienes mezclados con un peligroso encuentro entre azul y verde… ahí he caído muchas veces.

                La verdad es que la tarde discurría amena y placentera, para tratarse del último día de verano, el sol se entretenía entre las hojas verde fosforescente y el suelo estaba algo salpicado de otoño… poco,  pero saltaba a la vista lo que estaba por venir.

                Cuando Carolina y Arturo iniciaban un estruendoso acercamiento con un  inminente beso como objetivo, la hermana Aurora se plantó casi etérea entre ambos para aludir a las normas de la casa… que,  como casa,  estaba mal definida,  pues en sus laberintos se escondía una prisión donde estaban atrapados los dominios de cierta virtud   mal llamada “locura”.  A los pobladores de tan curiosa casa se les prohibía ser… Tenían permitido estar, estar sin mas y en espera de que el milagro de la mal llamada “cordura”  terminara por hacerse cargo de los enfermos, hacían de la paciencia una ciencia al servicio de la autodestrucción.

                Nos queremos, hermana Aurora… nos queremos porque no somos de verdad. Nos hemos inventado el uno a la otra y la otra al uno. Usted sabe bien que ninguno de los tres tenemos vida mas allá de los límites del laberinto. La que era nuestra se quedó en un diagnóstico,  que asocia el comportamiento que nos mueve con una enfermedad que hace de cuanto somos un peligro para el mundo real. La que era suya se la ha entregado a una manera de leer el mundo que resulta ininteligible para quienes saben que están de paseo por un campo de exterminio… porque usted sabe que está condenada a muerte, verdad?... e insiste en hacer de la cosa esa que nos convierte en historia, un suplicio que comparte con los demás…

                Saldremos hermana, para amarnos hasta la cordura, mientras tanto, aquí en el infierno podemos intentar hacer de las normas un juguete roto. Nosotros que amamos el calor de la piel e imaginamos la una confundida con la otra, aún aquí en el infierno, recomendamos que mire con algo mas de lujuria al todo y que mire para otro lado cuando se trata de elementales enajenados que nada tienen que perder… nada mas que la locura como divino tesoro.

                José A. Fernández Díaz      

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21 septiembre 2016 3 21 /09 /septiembre /2016 01:34
Pandora

                Aquella primera mañana, mientras esperábamos,  el sol se metía por puertas y ventanas  con una furia incontenible. En el interior del aula éramos desorden y ruido, dudas y temores y algo de desazón.

                De repente una sombra ocupa el quicio de la puerta y poco a poco se convierte en silueta,  hasta alcanzar el interior,  para encontrarse con un silencio súbito y muchas miradas expectantes.

                Los años se han llevado de mi memoria detalles y gestos que entonces resultaron entrañables. Aquel hombre debía rozar los cincuenta y era evidente su carácter descuidado y bonachón, muy a pesar de una mirada intensa que no conseguía esconder tras unas anacrónicas gafas de pasta densas  y  rectangulares.

                En silencio, tras dejar sobre el escritorio,  una carpeta atiborrada de folios con tendencia a escapar de unos límites absurdos… en silencio clavó la mirada en algún lugar mas allá del fondo de la clase y tras un puñado de segundos inexplicables,  comenzó a hablar … recitar o declamar… a contar una historia que parecía haber comenzado algunos capítulos atrás y que, a pesar de semejante peculiaridad, tenía sentido y razones. Sin saber quien era aquel hombre, con algo de sobrepeso, la camisa por fuera en buena parte de su cintura, el estuche de las gafas en el bolsillo junto a un lápiz y un marcado acento argentino,  sin saberlo, nos pusimos a escuchar y a soñar…

                No habían pasado dos minutos desde que comenzara a contarnos aquella historia cuando dejó de preocuparnos o interesarnos quien era aquel hombre. Atrapados por giros y personajes con nombres atípicos, sucesos súbitos y breves, escapadas a los límites de historias paralelas con una vuelta aún mas apetitosa, olvidamos que al otro lado de la ventana era de día y que aquel lugar nuestro no era Grecia y que ninguna de aquellas personas que aparecían y desaparecían en escena resultaban conocidas o próximas.

                Fue necesario que arrancara de uno de sus bolsillos,  un pañuelo,  con el que secó el sudor de su frente para que tuviéramos una tregua con vuelta  al espacio que separa la realidad de la fantasía… Silencio mientras respiraba y devolvía el pañuelo al bolsillo, mientras clavaba la mirada en el fondo aparentemente infinito del  aula.

                Fuimos incapaces de articular palabra y solo queríamos que aquella historia continuara. Aquel hombre, aquel desconocido, volvió a la historia mientras mirábamos su mirada encendida, perdida, crispada, triste…sus cien miradas que no nos miraban, que estaban en algún lugar del pasado, demasiado lejos para mirar al interior de aquella aula ocupada por el humo de un sueño.

                No se cuanto tiempo pasó y cuantas cosas de las que  teníamos previstas, dejaron de  suceder, se que para cuando decidió detenerse, tras una subida intensa y furiosa de sucesos, encontramos, desconcertados, que la realidad seguía allí y que el reloj que presidía la sala, se acercaba al final del tiempo  destinado a la clase de literatura…

                Recuerdo que  recuperó su pañuelo por segunda vez y,  mientras secaba su frente con las gafas en la otra mano y miraba con dificultad el reloj de la pared, tosió y respiró muy hondo… poco después nos miró; ahora si nos miró y decidió presentarse: “buenos días, soy Carlos y no me he inventado nada… os he contado un fragmento de la Iliada de Homero. Es cierto que me he ido por las ramas alguna vez y en algún momento, pero esto no es mas ni menos que el viejo poema épico que se explica de maravilla junto con la Odisea…”

                Sonó el timbre y se despidió olvidando su caótica carpeta sobre el escritorio…

                Aquella tarde apuré a mi madre para que me comprara un ejemplar de la Ilíada. Apenas pude esperar para comenzar a leer. Mi madre, recuerdo, miraba perpleja como yo, en el ascensor, rompía el papel que envolvía aquella maravillosa historia que tanto nos había gustado… Me tiré en cama y saltándome todo prólogo que encontré por el camino, me fui directamente a la historia…

                Aquella historia no estaba allí… la tenía Carlos o solo el sabía ver donde yo estaba ciego.

                Al día siguiente entendí que no bastaba con saber leer.

Carlos me enseñó a vivir las historias escritas y a escribir las historias vividas con la pasión de quien lo hace para sentir que el tiempo tiene proporciones infinitas cuando se construye con la imaginación.

José A. Fernández Díaz.  

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20 septiembre 2016 2 20 /09 /septiembre /2016 00:57
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                Antes de morir por primera vez me alisté en el ejército equivocado. Morir en el intento y perder pasó a los libros de historia como la victoria de los que  solo ganaron porque nosotros perdimos… solo por eso que,  sin ser cualquier cosa,  no es suficiente.

                Después de morir por primera vez,  di con los huesos en la cárcel,  donde conocí otros muertos  que consolaban el tiempo perdido inventándose una república imaginaria, poblada por pasiones reales. Traía sueños parecidos en mi garganta muerta de silencio… y aprendí a hablar otra vez entre ellos, que solo sabían un idioma.  

                Imaginar y soñar  no cuestan nada… Entonces, muerto de silencio y rabia condenada, aprendí que no costaban muy poco, si la vida era aquello… condenable y vencible.

                Antes de morir por segunda vez me alisté en una mentira antisistema… un ejército comandado por prisioneros de sus propias mentiras. Morir en el intento ya no fue nada nuevo… morí aplastado por la esperanza defraudada.

                Después de morir por segunda vez, di con mis huesos en la calle, donde me encontré silencio y desventuras. Alguien se había llevado a  los luchadores y soñadores para dejar libre al monstruo. Los hombres y mujeres que luchan en las calles no saben sentarse en los despachos donde habita el virus … cuando lo hacen son parte del problema.

                Antes de morir por tercera vez, haré de mis esperanzas algo mas que un grito de horror.

                José A. Fernández Díaz 

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11 septiembre 2016 7 11 /09 /septiembre /2016 11:18
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Nos aprendimos amaneciendo en las camas de hoteles baratos y, algunas veces, en la  noche de algún paraíso donde el cielo era el techo.

                Nos supimos mejor de tanto vivir la vida juntos; de tanto hacer las cosas un poco menos a la manera propia y mucho mas  a la manera del otro.

                De tanto querer querernos, nos quisimos tanto, que perdimos batallas apropósito y luego celebrábamos las  derrotas, juntos, en el campo de las victorias.

                Un día, mientras compartíamos una cerveza bien fría, nos confesamos la estrategia y aquello fue terrible, porque desde entonces las batallas fueron desalmadas y truculentas… aprendimos a perder los dos  y a ganar los dos. Caímos en el disparate y que disparate, de celebrar victorias y derrotas … así que…

                Un día,  mientras compartíamos una cerveza bien fría y unos tomates con queso y algo de orégano, acordamos retomar el sistema antiguo.

                Nos conquistamos las posiciones piel a piel y avanzábamos por la noche para retroceder por el día. Consultamos el libro de familia y, concluimos que aquel libro tenía pocos personajes y un solo suceso común: el matrimonio… Como libro no era gran cosa, pero hablaba de nosotros; escasamente contaba  cosas pero, ¿y de lo sucedido tras el matrimonio?... Parece que para que diera cuenta de las batallas carnales, era preciso que el resultaba tuviera nombre y sexo…

                Un día, mientras compartíamos una cerveza bien fría y unas galletas saladas, hablamos de ser  padre y madre o madre y padre que esencialmente era lo mismo pero al revés …

                Nos concentramos en la condición de llegara ser padre y madre, cada uno a lo suyo y, tras una de las batallas, uno de esos días menos esperados, nos reunimos para acordar el nombre del nuevo personaje que, muy pronto, iba a llenar alguna página de nuestro libro de familia.

                Nos aprendimos otra vez para tirar de la historia que nos envolvía y nos aprendimos tan bien que, para cuando nuestra hija nació, sabíamos perder los dos  y también, sobretodo, celebrarnos sin batallas …

                José A. Fernández Díaz.   

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6 septiembre 2016 2 06 /09 /septiembre /2016 00:43
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          Echo en falta el sabor de tus labios y el calor de tus pieles encontradas entre las sábanas revueltas.

          Echo en falta el continuarte donde lo dejamos ayer/hoy, hace un suspiro de horas, porque tenemos límites donde parar para tomar aire y luego volver a sumergirnos, yo en tu piel suave, húmeda, inolvidable y tú en la más tibia de mis inocencias.

          Echo en falta el tono de tu voz,  cuando quieres chillar, gritar, maldecir o bendecir, cuando llegas y te estremeces, cuando eres infinita felicidad, súbita y breve, cuando me esperas para mirar como me  vacio  o para sentirme arder dentro de ti.

          Echo en falta tu boca que me muerde cuando muerdo, que me lame  silenciosa y ruidosa también, que me lleva al paraíso sin promesas  ni anuncios, que me hace crecer y hacerme pequeño, siempre de placer.

          Echo en falta la ducha compartida, con jabón por todas partes y una loca carrera lúbrica y desbordada al pie de los hilos de lluvia tibia, con un prescindir de casi todo, menos las manos con las que escribo y la lengua con la que saboreo el café sin ti.   

         Echo en falta  la música de tus pisadas desnudas sobre el suelo unas veces de invierno y otras de verano, pisadas que corren o que pretenden ser sorpresa y luego la imagen, impermeable al tiempo, de tu cuerpo mío, entre dos montañas de libros, una a cada lado de la pared.

         Echo en falta escucharte hablar con la boca llena de placer, de amor a borbotones y contarme lo que yo quiero decirte.

         Echo en falta llegar a casa con una copa de menos y mirarte desnuda desde el primero, por entre el abismo donde podría haber un ascensor pero, por ventura, solo baja la luz de un cielo que te tiene como estrella diurna.

          Echo en falta salir al rellano para recuperar mi ropa, tras el disparate del amor, con mi cuerpo perfumado por el tuyo y el sabor dulce de tu sal en la boca y volver a ti sin preocuparme de cerrar la puerta.

          Echo en falta la paz entre tus muslos, dejar caer poemas sobre la piel de tu sexo y posar algunos versos cortos y besos largos que luego son una tú loca de placer y un yo a punto de explotar.

          Echo en falta pecar en río revuelto con la nocturnidad alevosa del ocaso conquistado luego por la luna llena, sobre la arena revuelta de un día de playa.

          Echo en falta tantas cosas que me siento un poco muerto de ti.

José  A. Fernández Díaz

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Presentación

  • : El blog de atrapado-en-la-esquina-verde
  • : Allí donde los verdes son variados e intensos, los mares furiosos algunas veces y otras tan pacíficos que son como el cielo azul, allí donde la tierra tiene antojos, perversamente montañosa algunas veces, suave y generosa otras, escarpada y escabrosa cuando quiere, fértil siempre; donde el sol se esconde enamorando la mirada o encogiendo el corazón. Aquí estoy gustosamente atrapado y describo el reflejo de mis profundas intenciones... Desde Galicia, mi esquina verde.
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  • Invasor atrapado en el territorio sin límite de los sueños y lo políticamente incorecto... Eterno indignado y perverso militante de causas pervertidas.
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