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21 septiembre 2016 3 21 /09 /septiembre /2016 01:34
Pandora

                Aquella primera mañana, mientras esperábamos,  el sol se metía por puertas y ventanas  con una furia incontenible. En el interior del aula éramos desorden y ruido, dudas y temores y algo de desazón.

                De repente una sombra ocupa el quicio de la puerta y poco a poco se convierte en silueta,  hasta alcanzar el interior,  para encontrarse con un silencio súbito y muchas miradas expectantes.

                Los años se han llevado de mi memoria detalles y gestos que entonces resultaron entrañables. Aquel hombre debía rozar los cincuenta y era evidente su carácter descuidado y bonachón, muy a pesar de una mirada intensa que no conseguía esconder tras unas anacrónicas gafas de pasta densas  y  rectangulares.

                En silencio, tras dejar sobre el escritorio,  una carpeta atiborrada de folios con tendencia a escapar de unos límites absurdos… en silencio clavó la mirada en algún lugar mas allá del fondo de la clase y tras un puñado de segundos inexplicables,  comenzó a hablar … recitar o declamar… a contar una historia que parecía haber comenzado algunos capítulos atrás y que, a pesar de semejante peculiaridad, tenía sentido y razones. Sin saber quien era aquel hombre, con algo de sobrepeso, la camisa por fuera en buena parte de su cintura, el estuche de las gafas en el bolsillo junto a un lápiz y un marcado acento argentino,  sin saberlo, nos pusimos a escuchar y a soñar…

                No habían pasado dos minutos desde que comenzara a contarnos aquella historia cuando dejó de preocuparnos o interesarnos quien era aquel hombre. Atrapados por giros y personajes con nombres atípicos, sucesos súbitos y breves, escapadas a los límites de historias paralelas con una vuelta aún mas apetitosa, olvidamos que al otro lado de la ventana era de día y que aquel lugar nuestro no era Grecia y que ninguna de aquellas personas que aparecían y desaparecían en escena resultaban conocidas o próximas.

                Fue necesario que arrancara de uno de sus bolsillos,  un pañuelo,  con el que secó el sudor de su frente para que tuviéramos una tregua con vuelta  al espacio que separa la realidad de la fantasía… Silencio mientras respiraba y devolvía el pañuelo al bolsillo, mientras clavaba la mirada en el fondo aparentemente infinito del  aula.

                Fuimos incapaces de articular palabra y solo queríamos que aquella historia continuara. Aquel hombre, aquel desconocido, volvió a la historia mientras mirábamos su mirada encendida, perdida, crispada, triste…sus cien miradas que no nos miraban, que estaban en algún lugar del pasado, demasiado lejos para mirar al interior de aquella aula ocupada por el humo de un sueño.

                No se cuanto tiempo pasó y cuantas cosas de las que  teníamos previstas, dejaron de  suceder, se que para cuando decidió detenerse, tras una subida intensa y furiosa de sucesos, encontramos, desconcertados, que la realidad seguía allí y que el reloj que presidía la sala, se acercaba al final del tiempo  destinado a la clase de literatura…

                Recuerdo que  recuperó su pañuelo por segunda vez y,  mientras secaba su frente con las gafas en la otra mano y miraba con dificultad el reloj de la pared, tosió y respiró muy hondo… poco después nos miró; ahora si nos miró y decidió presentarse: “buenos días, soy Carlos y no me he inventado nada… os he contado un fragmento de la Iliada de Homero. Es cierto que me he ido por las ramas alguna vez y en algún momento, pero esto no es mas ni menos que el viejo poema épico que se explica de maravilla junto con la Odisea…”

                Sonó el timbre y se despidió olvidando su caótica carpeta sobre el escritorio…

                Aquella tarde apuré a mi madre para que me comprara un ejemplar de la Ilíada. Apenas pude esperar para comenzar a leer. Mi madre, recuerdo, miraba perpleja como yo, en el ascensor, rompía el papel que envolvía aquella maravillosa historia que tanto nos había gustado… Me tiré en cama y saltándome todo prólogo que encontré por el camino, me fui directamente a la historia…

                Aquella historia no estaba allí… la tenía Carlos o solo el sabía ver donde yo estaba ciego.

                Al día siguiente entendí que no bastaba con saber leer.

Carlos me enseñó a vivir las historias escritas y a escribir las historias vividas con la pasión de quien lo hace para sentir que el tiempo tiene proporciones infinitas cuando se construye con la imaginación.

José A. Fernández Díaz.  

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20 septiembre 2016 2 20 /09 /septiembre /2016 00:57
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                Antes de morir por primera vez me alisté en el ejército equivocado. Morir en el intento y perder pasó a los libros de historia como la victoria de los que  solo ganaron porque nosotros perdimos… solo por eso que,  sin ser cualquier cosa,  no es suficiente.

                Después de morir por primera vez,  di con los huesos en la cárcel,  donde conocí otros muertos  que consolaban el tiempo perdido inventándose una república imaginaria, poblada por pasiones reales. Traía sueños parecidos en mi garganta muerta de silencio… y aprendí a hablar otra vez entre ellos, que solo sabían un idioma.  

                Imaginar y soñar  no cuestan nada… Entonces, muerto de silencio y rabia condenada, aprendí que no costaban muy poco, si la vida era aquello… condenable y vencible.

                Antes de morir por segunda vez me alisté en una mentira antisistema… un ejército comandado por prisioneros de sus propias mentiras. Morir en el intento ya no fue nada nuevo… morí aplastado por la esperanza defraudada.

                Después de morir por segunda vez, di con mis huesos en la calle, donde me encontré silencio y desventuras. Alguien se había llevado a  los luchadores y soñadores para dejar libre al monstruo. Los hombres y mujeres que luchan en las calles no saben sentarse en los despachos donde habita el virus … cuando lo hacen son parte del problema.

                Antes de morir por tercera vez, haré de mis esperanzas algo mas que un grito de horror.

                José A. Fernández Díaz 

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11 septiembre 2016 7 11 /09 /septiembre /2016 11:18
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Nos aprendimos amaneciendo en las camas de hoteles baratos y, algunas veces, en la  noche de algún paraíso donde el cielo era el techo.

                Nos supimos mejor de tanto vivir la vida juntos; de tanto hacer las cosas un poco menos a la manera propia y mucho mas  a la manera del otro.

                De tanto querer querernos, nos quisimos tanto, que perdimos batallas apropósito y luego celebrábamos las  derrotas, juntos, en el campo de las victorias.

                Un día, mientras compartíamos una cerveza bien fría, nos confesamos la estrategia y aquello fue terrible, porque desde entonces las batallas fueron desalmadas y truculentas… aprendimos a perder los dos  y a ganar los dos. Caímos en el disparate y que disparate, de celebrar victorias y derrotas … así que…

                Un día,  mientras compartíamos una cerveza bien fría y unos tomates con queso y algo de orégano, acordamos retomar el sistema antiguo.

                Nos conquistamos las posiciones piel a piel y avanzábamos por la noche para retroceder por el día. Consultamos el libro de familia y, concluimos que aquel libro tenía pocos personajes y un solo suceso común: el matrimonio… Como libro no era gran cosa, pero hablaba de nosotros; escasamente contaba  cosas pero, ¿y de lo sucedido tras el matrimonio?... Parece que para que diera cuenta de las batallas carnales, era preciso que el resultaba tuviera nombre y sexo…

                Un día, mientras compartíamos una cerveza bien fría y unas galletas saladas, hablamos de ser  padre y madre o madre y padre que esencialmente era lo mismo pero al revés …

                Nos concentramos en la condición de llegara ser padre y madre, cada uno a lo suyo y, tras una de las batallas, uno de esos días menos esperados, nos reunimos para acordar el nombre del nuevo personaje que, muy pronto, iba a llenar alguna página de nuestro libro de familia.

                Nos aprendimos otra vez para tirar de la historia que nos envolvía y nos aprendimos tan bien que, para cuando nuestra hija nació, sabíamos perder los dos  y también, sobretodo, celebrarnos sin batallas …

                José A. Fernández Díaz.   

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6 septiembre 2016 2 06 /09 /septiembre /2016 00:43
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          Echo en falta el sabor de tus labios y el calor de tus pieles encontradas entre las sábanas revueltas.

          Echo en falta el continuarte donde lo dejamos ayer/hoy, hace un suspiro de horas, porque tenemos límites donde parar para tomar aire y luego volver a sumergirnos, yo en tu piel suave, húmeda, inolvidable y tú en la más tibia de mis inocencias.

          Echo en falta el tono de tu voz,  cuando quieres chillar, gritar, maldecir o bendecir, cuando llegas y te estremeces, cuando eres infinita felicidad, súbita y breve, cuando me esperas para mirar como me  vacio  o para sentirme arder dentro de ti.

          Echo en falta tu boca que me muerde cuando muerdo, que me lame  silenciosa y ruidosa también, que me lleva al paraíso sin promesas  ni anuncios, que me hace crecer y hacerme pequeño, siempre de placer.

          Echo en falta la ducha compartida, con jabón por todas partes y una loca carrera lúbrica y desbordada al pie de los hilos de lluvia tibia, con un prescindir de casi todo, menos las manos con las que escribo y la lengua con la que saboreo el café sin ti.   

         Echo en falta  la música de tus pisadas desnudas sobre el suelo unas veces de invierno y otras de verano, pisadas que corren o que pretenden ser sorpresa y luego la imagen, impermeable al tiempo, de tu cuerpo mío, entre dos montañas de libros, una a cada lado de la pared.

         Echo en falta escucharte hablar con la boca llena de placer, de amor a borbotones y contarme lo que yo quiero decirte.

         Echo en falta llegar a casa con una copa de menos y mirarte desnuda desde el primero, por entre el abismo donde podría haber un ascensor pero, por ventura, solo baja la luz de un cielo que te tiene como estrella diurna.

          Echo en falta salir al rellano para recuperar mi ropa, tras el disparate del amor, con mi cuerpo perfumado por el tuyo y el sabor dulce de tu sal en la boca y volver a ti sin preocuparme de cerrar la puerta.

          Echo en falta la paz entre tus muslos, dejar caer poemas sobre la piel de tu sexo y posar algunos versos cortos y besos largos que luego son una tú loca de placer y un yo a punto de explotar.

          Echo en falta pecar en río revuelto con la nocturnidad alevosa del ocaso conquistado luego por la luna llena, sobre la arena revuelta de un día de playa.

          Echo en falta tantas cosas que me siento un poco muerto de ti.

José  A. Fernández Díaz

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5 septiembre 2016 1 05 /09 /septiembre /2016 00:26
Stand by me

                Ella imaginó por un momento que siempre iba a ser verano…

                El pensó que aquel tiempo era para siempre…

                Ambos acertaron en imaginar  y pensar pero equivocaron el contenido. El sol parecía perderse en el horizonte efímero, cuando, tras el amor como recurso al materialismo mas a mano, en un bolsillo del pantalón que uno de ellos no llevaba puesto, sonó una melodía inoportuna y, sin embargo adecuada: “stand by me”…

                El buscó el teléfono y descolgó. Inmediatamente escuchó  decir: “ perdona, sé que estas trabajando pero los niños tienen hambre y queremos saber si te esperamos para comer …

                -No mejor cenar sin mi… aún  tengo cosas que hacer…

                Ella le miró  desde la arena y buscó en su mochila. Llamó a casa para decir que la tarde se había complicado en el trabajo y que iba a tardar… “dale la cena a los niños y cena tu también…”

                Entretanto el sol se ponía poco a poco sobre la línea imaginaria del horizonte y los dioses malintencionados se frotaban las manos mientras pensaban en voz alta:

                “Bien por quienes no se saben engañados. Bien por quienes engañan. Bien por las esperanzas compartidas y la guerra en la paz… Bien por las farsas en el escenario y por los falsos horizontes donde el sol nunca se pone de verdad…”

                José A. Fernández Díaz. 

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11 agosto 2016 4 11 /08 /agosto /2016 01:05
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Confundida , taquicardica y con ganas de volar, volvió a casa.

                Pensó que aquello era amor y volvió feliz a casa; tan feliz que apenas se percató de que llevaba puesta todo el tiempo o todo el tiempo puesta  una sonrisa… la sonrisa que dedicaba a las ocasiones especiales.

                Confundida pensó que aquella  taquicardia maravillosa que, entre otras cosas, hacía que pudiera volar sin abandonar el suelo, era amor. Apenas se le ocurrió pensar  que, además de aquel perfume  contagiado en su piel y la mirada tatuada a fuego, del hombre con el que había estado… además de todo aquello, para ser su primera vez con el café; tres sin leche y muy dulces, pueden parecerse al amor… o no.

                José A. Fernández  Díaz

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7 agosto 2016 7 07 /08 /agosto /2016 10:03
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                De Ilusiones asesinadas, por aquellos con los que compartía el camino y esperanzas perdidas,  una tras otra, víctimas de continuos y contundentes suicidios, iba desmontando las razones para seguir… Porque,  hacen falta razones? , verdad?...

                Puede que la vida estuviera sucediendo en otra parte y también puede que el se hubiera equivocado de norte… o de brújula.

                Es posible que para seguir adelante fuera preciso guardar silencio siempre, cerrar los ojos con frecuencia y escuchar lo justo.

                Dejar de ser para estar y así todos contentos…

                Que mierda. 

                Yo me bajo en la próxima.

                José A. Fernández  Díaz.

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6 agosto 2016 6 06 /08 /agosto /2016 11:42
Alba

               Cuando se encontraron el traía dos veces y media la edad con la que ella se paseaba bajo las luces y oscuridades de la realidad en que se morían los sueños … sueños cansados de esperar a ser algo mas que la anécdota de un viaje al país de las cosas inventadas.

                Ella tenía todo lo que un hombre puede desear, cuando,  como hombre,  ha hecho de la belleza alimento para los sentidos. Además, ella,  sabía mirar al horizonte como si no hubiera mundo antes o como si lo hiciera desde la mas rotunda abstracción

                El sabía de memoria el horizonte y los años se lo habían llenado de soles muertos en peleas, siempre perdidas, con la noche.

                El era ese horizonte donde se consumen los días y,  tal vez por cobardía, prefería mirar las puestas de sol en los ojos de la otra gente.

                Ella posó su mano sobre la que el había dejado sobre la  superficie áspera de la piedra del mirador y, tal vez para evitar un súbito rechazo, dijo  “hola”,  inmediatamente… y ya no hubo mas palabras hasta el amanecer…

                Allí, en el amanecer, ella posó su nombre sobre la almohada: - “soy Alba”-dijo con dulce y cálida  suavidad …

                El, que miraba la luz nueva reflejada en aquellos ojos en los que se estuvo buscando toda la noche,  quiso contestar…

                -Yo soy… soy el dueño de este sueño?

                José A. Fernández Díaz 

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4 agosto 2016 4 04 /08 /agosto /2016 23:59
Buscándome para encontrarte

                Dame una razón para desarmar mi dispositivo de autodestrucción y si  aciertas te regalo una flor. Si no aciertas yo sigo con lo mío; a golpes con la sincronicidad entre el  juguete roto dentro del que vivo y el apocalipsis encerrado en mi cabeza.

                Si me das una razón, buena o mala, me la quedo y te prometo que, apenas llegue el primer amanecer me la inoculo en vena, por decir algo. Luego,  mientras espero  a que haga efecto, acaricio, seguramente, mi árbol favorito convertido en mesa hace un buen puñado de años…

                Y poco mas… tal vez decir, por decir algo, que tras mi última transfusión el arcoíris se me murió de tristeza o pena y la noche salvaje me encontró con los ojos abiertos; abiertos de par en par y el corazón cerrado a cal y canto.

                Si quieres te invito a un trozo de luna, con noche larga y salpicada de estrellas o, si lo prefieres, a la turbulencia de una ciega… tu decides. Tu porque yo sigo ocupado buscándome.

                José A. Fernández Díaz 

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6 junio 2016 1 06 /06 /junio /2016 01:18
Sesenta y nueve

                Tan solo treinta y cuatro y medio …

                Treinta y cuatro y medio de tu parte, por tu parte y treinta y cuatro y medio de mi parte y por mi parte…

                Treinta y cuatro y medio, mirándonos a los sexos como si fueran otros labios y otros ojos … y otra manera de hablar-nos.

                Treinta y cuatro y medio… medio yo y media tu sin dejar de ser partes completas y rebosantes.

                Treinta y cuatro y medio de por medio, en esencia, la presencia de la parte que no se ve, pero… se siente acariciando la parte  aparte…

                Treinta y cuatro y medio mas el otro tanto hacen de semejante proporcionalidad la nacionalidad del límite inconcluso…

                Tan solo treinta y cuatro y medio y otro medio igual pero vuelto a revés…

                Tan solo la suma hace del todo el limite de los que dándose a medias se dan por completo.

                La mitad de cada mitad hace de nosotros un perfecto sesenta y nueve.

                José A. Fernández  Díaz.    

 

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Presentación

  • : El blog de atrapado-en-la-esquina-verde
  • : Allí donde los verdes son variados e intensos, los mares furiosos algunas veces y otras tan pacíficos que son como el cielo azul, allí donde la tierra tiene antojos, perversamente montañosa algunas veces, suave y generosa otras, escarpada y escabrosa cuando quiere, fértil siempre; donde el sol se esconde enamorando la mirada o encogiendo el corazón. Aquí estoy gustosamente atrapado y describo el reflejo de mis profundas intenciones... Desde Galicia, mi esquina verde.
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  • Invasor atrapado en el territorio sin límite de los sueños y lo políticamente incorecto... Eterno indignado y perverso militante de causas pervertidas.
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