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18 diciembre 2013 3 18 /12 /diciembre /2013 00:54

resistir-4.jpg

                Tengo la mala costumbre de perderme en los pequeños lugares y las pequeñas cosas de camino a las grandes. Es cierto que cuando alcanzo a tocar el cielo de mis deseos  tengo colmados los sentidos con el cansancio de lo inconmensurable… Si miro el camino de regreso me descubro millonario de placeres pero pocas veces me detengo a pensar, solo sigo adelante como el buen loco que soy.  

                Reconozco que lo que quedaba de aquella mañana me estaba resultando insoportablemente llevadera  y nada despreciable desde el punto de vista desviado,  que siempre ha caracterizado la manera que tengo de mirar las capas que colorean el mundo en que experimento o ensayo. Desde que aprendí a escribir cartas,  las horas ajenas al discurrir ruidoso de la vida o al silencio bajo el agua de la ducha, tienen el sabor de un siesta improvisada, de esas que acontecen en medio de una grata lectura arrullada por el calor tímido de una tarde de primavera y el estruendo de la vida pacífica que invita a soñar.

                Descubrí que tras la paz de quien escribe para explicarse se esconde la necesidad de encontrase reflejado y conocido, en consecuencia algunas repuestas son dolor que mata con heridas definitivas.

                Había sido más yo que nunca en los tiempos o con una edad en la que uno básicamente se está buscando, y mis cartas hechas de cosas pequeñitas tenían por destino algo grande, tan grande que apenas podía imaginar que visto de cerca aquello era increíble. Estaba enamorado cuando me tocó abandonar aquel país y seguí enamorado cuando miraba desde el otro lado más con la memoria que con otra cosa. La había perdido tal vez para siempre, pero incapaz de entenderme rebuscaba entre las piezas de mi naufragio algún resto al que condicionar mi supervivencia. Escribía dos o tres cartas por semana y las enviaba a la única dirección que conservaba… de tanto esperar había concluido tan solo que tal vez aquel domicilio fuera erróneo, solo eso. No se me ocurrió pensar que probablemente ella estuviera ocupada amando a un ser de carne y hueso  y o a una soñador siempre alejado de la realidad más a mano; antes de una manera y ahora de otra más certera.

                Perdí, con el tiempo,  la idea de cuantas cartas podían haber salido de mi esperanza. Un día aprendí que de camino a lo grande uno puede perderse y perderse para encontrarse mirando desde otro lado. Sucedió que me enamoré sin que pudiera o quisiera hacer nada para evitarlo. Y ensayando aquel amor pasó el tiempo de esa manera extraña en que se suceden los días cuando uno se supone más  feliz y venturoso… Había dejado de escribir cartas porque me gastaba el tiempo escribiendo notas para ilustrar sueños. Aquel sueño que llenaba mis horas tenía fuerza suficiente para desvirtuar los antojos grises del cielo o las ingratas peripecias del cada día. Había olvidado que un día contaba letra a letra en papeles sin destino cierto, que cosas estaban vivas de aquel amor a la deriva.

                Aquella mañana llevadera, grata, agradable, llevaba conmigo dos cosas una cierta, el amor nuevo y otra incierta acuñada en la otra patria, donde una letra bien conocida, extrañada y casi olvidada, me llamaba por el nombre que tantas veces, no sé cuantas, me habían convertido en un simple remitente. Una carta por fin, respuesta a tantas mías. Una carta ahora que ya no era aquel otro.

                Busqué un banco solitario, en un rincón,  entre los senderos del parque, bajo la sombra de un árbol intenso y protector. Abrí con cuidado, respiré dentro del sobre. Olía a ella, al tacto de la piel que había amado… Acaricié el  papel rayado, cuidadosamente plegado y mi pensamiento se dedicó a recorrer las primeras letras,  sin leer, sin querer  comprender o entender.

                Leí la fecha y luego mi nombre gratamente atado a un “amor mío”, que me hizo daño…

                Había leído, confesaba,  cada una de mis cartas una y otra vez mientras otra piel entretenía sus sentidos. Tenía una caja donde había decidido guardar la historia de mi tiempo con ella; notas, libros, cartas, flores, cartas, música…

                “Ahora estoy sola, sola como nunca y me siento acariciada hasta los bordes del alma cada vez que abro mi caja y viajo  a través de esta historia que nunca supe creer… Has sido el amor de mi vida, el único que me ha querido de verdad y el único que no me ha tenido nunca. No sé como pedirte perdón, tampoco como explicarte que si pudiera darle la vuelta al tiempo no dudaría en hacer cualquier cosa para intentarlo. Ahora, tarde probablemente, sé que me has querido como nadie y yo te he hecho daño queriéndote mal o no queriéndote. Hoy te quiero por todo lo que no te he querido…”

                Leí aquel largo texto  dos o tres, tal vez cuatro o cinco veces antes de respirar hondo y mirar adelante. Aquello era lo que yo había buscado, había esperado un “te quiero” de aquella mujer con tantas ganas, con tanta ansia que semejante confesión me había dejado mudo e incapaz de pensar con claridad. Al fondo del sendero podía ver  como un barrendero se acercaba ocupándose de recoger algún que otro papel  y esas hojas vencidas por la edad. Cuando llegó a mi lado lo miré a los ojos, con mi carta en la mano, miré su canasto ocupado por miserias y naturalezas descatalogadas, hice un gesto y se acercó.

                 Compartimos una larga charla, aquel hombre y yo, como otras muchas veces. Esta vez me encontró leyendo y no, como había sido habitual,  escribiendo una carta. Esta como las mías había tenido un destinatario instalado en un pequeño lugar donde las cosas pequeñas son mas entretenidas que las cosas grandes.

                 José A. Fernández Díaz.    

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12 diciembre 2013 4 12 /12 /diciembre /2013 23:06

otono-angela.jpg

                Algunas veces no somos conscientes de que  alimentamos nuestro tiempo de costumbres, de presencias casi intangibles o tan sutiles que solo son evidentes cuando se convierten en ausencias y luego en nostalgia.

                Hoy, de camino al trabajo, con una triste noticia germinando en nostalgia, me ha dado en la mirada con contundencia exagerada, la intensidad del otoño. El cielo gris algo intenso en algún lugar y tan frágil en otros, tanto que dejaba que se colaran los rayos del sol triste; la brisa ligera, suave pero capaz de arrancar las últimas hojas vencidas a los árboles que parecen arañar el cielo… y el suelo perdido bajo un denso manto ocre, rojo y marrón,  dibujando piruetas con el  antojo del viento… la vida que es así, de esa manera  y no de otra me ha hecho entristecer.

                Doña Ángela ahora es ausencia de camino a la nostalgia. Me gusta la última imagen que guardo para siempre… una habitual, la de casi todos los días: llaman a la puerta, abrimos y toca esperar porque quien ha llamado utiliza el ascensor. Inmediatamente su voz y luego esa mirada amable, cariñosa, entrañable. Ocupa una de las sillas nos mira o me mira e inmediatamente hablamos de lo trivial e intrascendente como de lo imprescindible e importante sin que pareciera que son cosas distintas o no, según el día y la fecha.  Me gusta recordarla tratando a su hijo cincuentón como si fuera un adolescente siempre en fase experimental. Nunca pude evitar pensar en mi madre cuando nos visitaba Doña Ángela. Había algo de la una en la otra, tal vez porque las madres terminan siendo curiosos habitantes de un mundo que necesita super poderes de los que solo ellas están dotadas.

                He mirado varias veces a lo largo de la mañana la puerta de nuestro despacho,  por donde entraba cuando hacía una parada en su paseo diario. Hoy está cerrada y se me antojó abrirla alguna que otra vez por si acaso… Puede que Doña Ángela no venga hoy, es posible que tenga que guardarme aquella última vez como si no tuviéramos tiempo para más…

                En todo caso Doña Ángela, si es que hoy no puede venir, porque no resulta fácil andar entre el otoño ocupándolo todo con sus excesos de ocres y grises, ha de saber que mis hijos están bien, que crecen tranquilamente muy a pesar de un mundo complicado y difícil de entender, injusto y desordenado, que usted ha visto cambiar y del que me ha hablado más de una vez. También que a su hijo, para usted adolescente eterno, socio y compañero mío, intentaré llevarlo por el buen camino que confieso no conocer. No se preocupe, hemos vivido juntos alguna que otra desventura y estamos hechos a todo. Sobre el tiempo, ya ve, mucho frío y por ahora poca lluvia… veremos como viene el invierno…

                Buen viaje Doña Ángela, descanse en paz…

                José  A. Fernández Díaz.

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12 diciembre 2013 4 12 /12 /diciembre /2013 01:27

               Te-amo-con-locura.jpg

                Contaba uno a uno los días que me separaban de tus gratas ausencias,  porque de tus breves presencias alimentaba mi sentimiento desbordado. Nunca supe  por que resultaba inútil hacer planes cuando teníamos previsto un encuentro, tampoco por que no podía dejar encargada una cerveza fría en el bar de enfrente…

                Nos amábamos sin embargo  pero con extraña pasión frágil o pasajera. Tienes que reconocer que si yo estaba un poco loco era porque tu estabas totalmente loca. Yo, iluso agradecido, me había dejado contagiar hasta tocar con deleite a las mismísimas puertas del manicomio en el que habitabas. Tiempos aquellos de dolorosa felicidad.

                No puedo olvidar  la tarde en que nos conocimos. Tu, hermosa bajo la luz del atardecer, sobre la piel verde de la vieja estación de trenes, contabas golondrinas mientras que yo te contaba la joven vieja historia de mi último viaje al vetusto mundo del cine en blanco y negro. Cuéntamela otra vez - me dijiste-, pero esta vez quiero que la protagonista sea una horrible princesa envenenada con un yogurt caducado… Y yo, empezaba una vez mas confiando en ser capaz de hacerlo sin tocar una pizca de color. Un yogurt en blanco y negro caducado es algo mas que un asesino en potencia … es una peripecia, una pócima secreta, una combinación inmoral… ¿cuántas golondrinas llevas?- preguntaba para ganar tiempo-. Una o dos repetidas doscientas o trescientas veces… vuelan haciendo círculos sobre esa película que me estas contando… Dame un beso y en paz…

                Y nos dimos un beso, largo, muy largo y profundo  que no iba a ser igual a ningún otro de cuantos nos esperaban por el camino. Aquella noche no pude dormir, me costó dejar de imaginar dos golondrinas recorriendo el perímetro de seguridad de un yogurt caducado y en blanco y negro con matices… también arrancarme el sabor a beso inolvidable no solo de la memoria, también de la cálida superficie de los labios silenciosos.

                La noche después de aquella primera noche  hicimos el amor con las piezas que pudimos recoger de entre las horas de luz que compartimos tras escapar de la facultad. Hicimos un amor y luego otro y otro mas para probar cual era peor. Concluimos que habíamos nacido sin monotonía y se nos daba bien improvisar. Éramos partes complementarias de un mismo disparate. Nos gustamos piel contra piel y mas aún piel perdida en  el interior de la otra piel. No nos dejamos amanecer juntos. Te llevé conmigo hasta el calor de mis sábanas y hasta que la ducha del amanecer te arrancó de mi piel. Tu te quedaste con un mensaje mío escrito con dentífrico  sobre el cristal de tu espejo, “has mentido, eran mas de doscientas golondrinas y no volaban, solo miraban la fecha de caducidad del  yogurt de mi película”…”se que nos queremos”…

                Para celebrar nuestro nuevo amor nos fuimos a mirar gotas de agua sobre la hierba fresca. Nos tiramos en el suelo y,  acercándonos mucho al suelo, fuimos capaces de observar nuestro reflejo sobre una ínfima burbuja de agua posada graciosamente en el filo de una hoja verde esperanza. Éramos poca cosa. Quise darte un beso y te negaste… me dolió por algún tiempo hasta que me explicaste que no te habías cepillado los dientes. Mi texto sobre el espejo te había dejado sin pasta. Puesto que había sido mi culpa decidí que era preciso arreglar semejante despropósito. Te regalé un espejo nuevo sin cristal y dos acciones de Colgate. Nos besamos para celebrarlo.

                Fuimos llenando de pasión una buena cantidad de meses y hasta años. Nuestros amigos huían de aquella ruidosa combinación que hacíamos y aunque apenas nos importaba es cierto que alguna vez llegamos a sentirnos solos… en mi caso era duro saberme completamente solo cada vez que me echabas de tu casa. En aquellos días hice algún que otro amigo entre los extraños habitantes de la noche. Concluí que éramos amigos cuando me saludaban diciendo  aquello de - “otra vez”. Pero te amaba y te amo.

                Ahora que nos vemos menos me duele tu ausencia y los pinchazos de la medicación. Te estoy superando a medida que me recupero. No puedo evitar, eso si, de vez en cuando  tirarme sobre la hierba aún húmeda y buscar con locura nuestra imagen reflejada en alguna mágica gota de rocío.

                José  A. Fernández Díaz  

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9 diciembre 2013 1 09 /12 /diciembre /2013 01:19

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             Una mañana me levante decidido a recorrerte sin medida ni límites desde el día en que me ibas a querer y hasta el día en que la maldita muerte tuviera la desfachatez de ponerme en mi merecido cálido sur,  donde no se habla de los Ángeles de Victoria Secret… por ser Ángeles de nombre …

             Te busqué mucho antes  de que perdiera la noción de lo bueno y lo malo y te encontré entre seres buenos, siendo tú la mejor. Me miraste con pasión,  pero no de la que yo llevaba conmigo y te ofreciste para ser mi guía a través del camino de vuelta a la esperanza. Parece que mis nefastos argumentos eran más fuertes porque pronto te perdiste conmigo, buscando el placer que aparecía definido entre las líneas algo desdibujadas de la  oscura historia que aprovechaba para contarte entre mentira y mentira.

             Lo dejaste todo por mi  y aquella versión que llevaba conmigo de una realidad construida a golpe de improvisación. Me enseñaste a pensar en el futuro porque se me antojó que contigo si valía la pena que llegara a existir. Por esa razón quería viajarte, recorrerte sin pensar en los límites, perderme en tus rincones cálidos, dulces; convertirte en nostalgia de esa que lo aborda a uno al segundo del segundo anterior y en dolor de herida abierta de repente sin causa ni razón y atajado con tanta premura y acierto como el amor  súbito y conciso… dolor intenso e indescriptible y de repente calma inmensa y sensación de tocar el centro del paraíso… Que cosas me hacías  pensar y decir. Me convertía a  veces en una poeta ebrio de amor, incapaz de conciliar verbos con sentimientos más allá de la necesaria invasión etílica…

             Pues una mañana me propuse no dejarte ir sin saberte de memoria. Llené dos vasos con un torrente de  generosas gotas del licor que había creado para la ocasión y me acerqué a ti, desnudo sin razones ni palabras, sin ganas de explicar ni contar; ajeno a ruidos y músicas, horas y días… Yo te quería para inventarlo todo de nuevo. Al fin de mi ruidosa imperfección nada podía aprovechar, nada valía la pena,  como nada me importaba  más que lo que llevaba el calor de tu presencia.

             Toqué a la puerta del lugar donde aún dormías,  desde que yo perdiera la noción de mi mismo y no hubo respuesta. Aquel día me propuse recuperar el tiempo perdido, el que yo había robado a tu esperanza. Toqué y volvía a tocar hasta que, sin respuesta, decidí entrar. Encontré que tras la puerta una potentísima luz de la mañana  lo llenaba todo. Tras la puerta las ruinas del lugar donde había habitado mi locura y quienes intentaban arrebatármela… eso, unas cuantas paredes derruidas, la maleza desbocada, árboles que no era capaz de recordar, la soledad de lo abandonado y olvidado, solo eso y mi locura que no había encontrado cura…

             José A. Fernández Díaz

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4 diciembre 2013 3 04 /12 /diciembre /2013 01:22

 

                espejito.jpgDecidió dejar de querer, solo eso; dejar de querer que no es odiar… solo es no querer cuando se ha querido.

                La razón… el motivo de esta decisión algo repentina y también algo descarnada tenía sus raíces en el calor de las imágenes que, enmarcadas entre los bordes de una ventana, llegaban en tantas ocasiones como noches dedicaba al amor, al amor suyo, herido de muerte y presto a desaparecer para perseguir un sueño o un espejismo. Mientras ella amaba, al otro lado de su ventana, en un edificio situado justo enfrente,  otra pareja disfrutaba con pasión desbocada de aquello que para ella se había convertido de repente en un sueño fugaz.

                Había perdido y es importante que los demás lo sepan, la capacidad para encontrarse objetivamente en la superficie fría de los espejos. Se había extraviado como reflejo, como imagen rebotada desde la realidad próxima o inmediata. No era capaz de entenderse en la superficie quieta  de las aguas como tampoco se reconocía en los aceros que a modo de espejos poblaban algunos rincones de la ciudad. Miraba a quien había aprendido a amar y se buscaba en el centro de sus ojos para concluir que definitivamente aquello ya no era lo que había sido… ella ya no estaba allí.

                Aquella pareja de la ventana disfrutaba tanto del amor, tanto de la piel confundida e imprecisa, de los calores compartidos o de los latidos furiosos y de las caricias someras y también profundas… eran tan hermosos rompiéndose en pequeños trocitos tras la gran explosión, tanto que ella encontraba absurdo continuar con su pequeña y fugaz manera de atrapar sensaciones ajenas al discurrir simple y conciso de la realidad efímera y tangible,  fruto del l latido continuado y monótono de las horas.

                Miraba con envidia a aquella pareja que amaba cuando ella amaba y era envidia furiosa porque se amaban bien. Hubiera jurado que también ella la miraba mientras era poseída, desde el otro lado. Observaba y se sentía observada por aquella mujer a la que no faltaba nada. Era hermosa y su amante también, eran felices y aquella habitación se convertía en un desordenado y grato campo de batalla, donde vencían ambos una y otra vez a medida que en la de ella se había declarado la paz…justo aquel día en que los descubrió por primera vez.

                 Decidió dejar de querer porque ya no se sentía querida, porque el amor verdadero era como aquel que veía desde el interior de su ventana de cristal inmenso y transparente,  como si entre el dentro y el fuera no hubiera otra cosa que una idea y nada mas.

                Aquella noche, justo antes del amor,  se ocupó de explicar lo inexplicable para que ninguno de los dos  perdiera el tiempo en lo que no iba a ser. El, incapaz de concebir otra dedicación mayor, otro amor tan grande, se derrumbó y abandonó vencido,  aquel piso donde habían sido piel compartida. Ella, sola al fin, con toda la esperanza por delante buscó a los amantes ejemplares al otro lado de su ventana, en aquel edificio de enfrente… Aquella noche no hubo amor para ella que lo despreció y parece que tampoco para sus vecinos ejemplares…

                Al amanecer volvió a buscar a través de la ventana. El sol comenzaba a dibujar sombras largas y vivaces,  sobre la ciudad aún dormida. Algún que otro rayo impactaba con los cristales. Llamó su atención por primera vez el espejo inmenso que,  ventana con ventana, tenía frente a su edificio y que reflejaba a conciencia cuanto sucedía en la colmena donde ella habitaba. Saludó, por fin después de mucho tiempo, su imagen encontrada en la ventana donde había habitado aquel amor ejemplar que ella miraba sin saber ver.

                José A. Fernández Díaz.  

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29 noviembre 2013 5 29 /11 /noviembre /2013 01:02

                poeta.jpgNo me des a elegir porque si lo haces no sabré parar hasta acertar.

                Dar en el blanco fácil que soy es tan simple como decir si o no,  sin explicar por que.

                Mi locura tiene un nombre parecido al que ilustra los sueños que no me dejan dormir.

                La soledad que me queda después de ti es algo así como la galleta de nata un día de dieta.

                Tengo palabras sin estrenar, preparadas para herir al enemigo de la poesía que se esconde tras un montón de hojas secas.

                Odio la oscuridad cuando es fruto de un súbito y estúpido estornudo.

                No se comer con las manos que antes  han acariciado el azul del cielo.

                Apenas dices ven lo dejo todo… y todo es todo.

                Adoro el cielo antes de las tormentas, ese cielo  sin cielo.

                Mi pasión es ecléctica, inestable y disparatada, como la cerveza caliente.

                Leo y luego insisto, insisto y vuelvo a leer y así hasta que me aburro.

                Me gusta la piel hablada, contada, explicada, pero solo para imaginar.

                El olor de las cosas casi siempre se parece a todo aquello que olvido incluir en mi lista de la compra.

                No me gustan las máquinas que habitan en las gasolineras y hablan muy alto. Tienen una extraña manera de decir a todo el mundo que bebe mi coche.

                No entiendo por que tienen llave los armarios de la ropa y las neveras no.

                Me gusta cuando callas porque solo entonces puedo escucharte mejor.

                No se pintar corazones sobre el agua.

                Si me apago es porque se me ha escurrido una idea.

                La  música que escucho se parece al color del momento en que tengo ganas.

                Como de todo y por norma todo. Adoro a Norma aunque no sepa cocinar.

                El cine es la puerta de salida para entrar en el mundo de donde terminaríamos huyendo como locos tarde o temprano.

                La comida ecológica tiene el sabor amargo de cierta mentirijilla piadosa.

                Me gusta cantar tangos mientras  me ducho mirando al falso cielo de mi baño.

                Adoro a las mujeres porque casi siempre saben lo que hacen y cuando no lo hacen es porque han olvidado que son el horizonte de los estúpidos hombres perdidos.

                Casi siempre peco y cuando lo hago soy feliz porque me siento útil como mal ejemplo.

                Escribo porque las palabras habladas me recuerdan que tengo una voz terrible para cantar tangos.

                José Angel Fernández  Díaz   

               

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28 noviembre 2013 4 28 /11 /noviembre /2013 02:24

la-salle.jpg

                Entonces apenas era capaz de interpretarme a mí mismo y poco después, enamorado hasta el límite de las fuerzas que creía tener, reconocí cierta capacidad para entender que, tal vez, algunas cosas merecieran una reflexión con serias consecuencias.

                Antonieta, Tony,  apareció en mi vida cuando las  dudas  sobre lo que me había llevado con cierta comodidad a los diecisiete o dieciocho años, comenzaban  a complicarme la vida. Leía como un loco cuanto caía en mis manos y,  naturalmente, unas cosas, las nuevas, se fueron haciendo fuertes a medida que se desmoronaban poco a poco las viejas.  Estaba enamorado, rabiosamente confundido y aunque acompañado, solo, conmigo mismo,  hasta la desesperación. La idea de dios, que había sido un referente,  una base sustancial,  se difuminaba a una velocidad directamente proporcional a la que crecía mi preocupación por cual iba a ser el impacto de mi ateísmo en la familia y en la relación que tenía con mi colegio católico y dirigido por Hermanos Lasallistas. Era algo, que igual que aquel súbito amor loco y desaforado, crecía sin parar,  a la par que las ideas que mantengo hoy, más sólidas que nunca. Mucho para tan poco y tan de repente que apenas si tenía fuerzas para soñar con aquella sifrina (pija),  con corrector dental, vaqueros ajustados, zapatillas de loneta y frases preparadas para encender mis ilusiones.

                Enamorado, como el tonto que era, mi alucinación no pasaba inadvertida y parece que aún menos el choque frontal, anunciado,  entre mis ilusiones y la más cruel realidad, a juzgar por el número de veces que el Hermano Félix intentó ayudarme. Mal momento para intentar salvarme del naufragio.  En plena crisis de fe con destino al ateísmo y esa cosita loca que llaman amor acelerándome el corazón, era un rebelde confundido pero feliz. 

                Recuerdo que en una ocasión, cuando ya habían nacido los desaires, mi querido Hermano Félix, decidió intentarlo otra vez. Aquel día fue claro y rotundo: “no es para usted, poco tienen en común… no se confunda, porque de esa confusión solo va a cosechar sufrimiento…”  Entonces pensé que aquel hombre no tenía la menor idea y sin embargo pasó muy poco tiempo hasta que, enfermo de despecho y desilusión, deprimido hasta querer desaparecer, me percaté de que ciertamente poco o nada nos unía. Aquel no iba a ser mi último fracaso ni mucho menos el peor; la vida me enseñó que algunas cosas si se ponen unas al lado de las otras resultan ir de mal a peor… hasta que un día, de repente, todo cambia y se invierten los términos o no.

                Una mañana, cuando ya había tocado fondo, desperté abrazado a un libro “tu bella testarudez” que me había comprado por un bolívar,  al pie de la calle,   en una vieja librería próxima al colegio. Aquel libro que leí más de una vez a lo largo de los años, me ayudó a encontrar respuestas. Conseguí romper el amor unidireccional que me hería y  encontrar una manera de explicar a mis padres las  serías dificultades que tenía para seguir creyendo en algo intangible.

                La última vez que la vi lloraba, pero no por mí, lloraba acurrucada en la semioscuridad de la entrada del colegio,  porque había suspendido el examen final de matemáticas… Entré, me recibieron algunos amigos sonrientes;  miré mis notas para descubrir que no me mentían, que había aprobado y volví a casa triste porque me hubiera gustado abrazarla y consolar aquel llanto, como alguna otra vez, pero alegre porque había conseguido liberarme de un error.

                Los años me han traído a cierta paz y seguridad en la colina de los 47. Hace bien poco he vuelto a hablar con el Hermano Félix, Ahora vive en Bilbao  y yo, aquel loco que aún recuerda, en Ferrol. Le he contado que soy ateo, que no creo en nada desde hace muchos años, tantos que solo estas historias me dan una clave de cuanto tiempo ha pasado. Soy ateo, si  Hermano, pero respetuoso y tolerante con aquellos que creen. Sé que en la iglesia, de la que algún día forme parte, existe gente buena y generosa, coherente y bondadosa. Cada día entiendo menos eso de la fe,  pero en todo caso es algo que no me impide reconocer que de mis conversaciones actuales con mi viejo profesor, con el Hermano Félix, consigo encontrar un lugar común para  el entendimiento. Nos hemos hecho viejos y las heridas han curtido la piel de nuestros sentidos y el fondo de la memoria. Entonces me enamoré, perdí la fe, me desenamoré y ahora, enamorado, sin fe y demasiado mayor para sentir vergüenza, no me cuesta nada agradecer la paciencia de mi viejo profesor…

                José A. Fernández Díaz     

   

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27 noviembre 2013 3 27 /11 /noviembre /2013 00:38

                nostalgia.jpg

                Se muy bien como pero apenas soy capaz de explicarlo… Nos conocimos definitivamente una noche,  rozando tal vez las 3 de la mañana.  Pero aquello, aquel encuentro estaba previsto para mucho antes. Nos unía el cine, ese cine extraño, difícil de explicar, grato para los sentidos y mágico para curar algunos males… también la literatura. Todo aquello nos unía sin que lo supiéramos hasta que un día nos encontramos invadiendo con expresiones similares el mundo de las ideas en alguna red social. Nos unía también la ideología y la esperanza.

                Aquella noche, lo recuerdo bien, una pregunta mía fue la clave: “¿conoces a Rosa?”… Conocías a Rosa. Tú eras aquella mujer de la que me Rosa  me hablaba y yo, luego lo supe, aquel hombre del que te hablaba ella. Curioso mundo,  tan grande y tan pequeño a la vez. No puedo entender como no nos encontramos antes. Caminábamos por los mismos lugares y peregrinábamos buscando las mismas películas y protestábamos en las mismas manifestaciones y con la misma bandera.

                Elena es vital, terriblemente vital y sincera, tanto que lleva tatuado al Che en uno de sus hombros. Yo apenas he sido capaz de no dejarlo salir de mi torrente circulatorio… y no sé bien  si es mi sangre o está en ella. Somos dos soñadores con hijas a las que decidimos llamar Andrea y tan idealistas que la vida a veces se nos pone cuesta arriba. Siempre tenemos pendiente un café y siempre nos falta tiempo porque nos sobran prioridades…

                Me gusta no sentirme raro cuando digo Tarkovsky, Kar Wai, Kin Ki Duk, Kieslowsky, Woody Allen, Bergman,  Loach… Ella me entiende y comprende que vivir entre el dulce marco de una pantalla dos, tres o cuatro horas lejos de ser una tortura es una carga de vitamina para el espíritu. Luego, de vuelta  a la realidad, somos más conscientes de cuanto es preciso cambiar y cuanto no.

                Incansable, honesta, luchadora, de mirada brillante y voz cariñosa, me gusta pensarla como amiga, decir camarada con orgullo y reencontrarme con la esperanza de saber que con gente así otro mundo es posible.

                Tenemos cosas de que hablar, muchas, que esperan a  que llegué ese café y pocas en las que no coincidamos. Me gusta su espíritu porque se parece a lo que yo quiero ser… casi nada.

                Un día de estos cuando suceda, cuando nuestros tiempos se den una tregua, tengo pensado recomendarle alguna que otra película de esas que aún no he visto para que a cambio  me explique por qué en la vida uno se encuentra con gente que de verdad vale la pena  y no es capaz de quedársela para siempre y sin embargo ha de cargar con inútiles pesos muertos adheridos a la historia vivida y por vivir.

                Salud camarada Elena.

                José A. Fernández Díaz

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23 noviembre 2013 6 23 /11 /noviembre /2013 11:13

                (Banda sonora: “próxima estación esperanza” de Manu Chao)

Esperanza.jpg 

                Hacíamos la guerra porque nos daba miedo el amor  y a veces el amor,  porque  el ruido de la soledad tenía la presencia fría de la amistad perdida a golpe de desilusiones.

                Del tiempo dedicado a nosotros mismos arrancábamos minutos para confeccionar alguna que otra hora destinada  a la lucha en las calles y a la siesta,  tras el calambrazo placentero del sexo casual.

                Escribíamos sobre papeles encontrados entre ruinas e inventos destartalados, con la tinta roja de las desilusiones y la esperanza perdida como medio y sin límite.

                Soñábamos espacios parecidos al mundo de las ideas para conciliar un sueño poblado por pesadillas circulares y patéticas sonrisas lanzadas a los ojos de la desgracia, la miseria y el dolor.

                De las tardes consumidas entre ausencias y deseos, soñábamos horas para construir mañanas  colmadas de voz y literatura, de pancartas con destino conocido, pero tan sordo como ciego a fuerza de ocuparse tan solo de su propio ombligo.

                Éramos un ejército de locos, poetas y soñadores, capaces de seguir amando en medio de la miseria del cada día, pero incapaces de dar un paso atrás  y convertirlo en esperanza para el Opresor.

                Bebíamos todos del mismo vaso y comíamos del mismo plato, también leíamos de los mismos libros y respirábamos  el mismo aire  putrefacto y mortal del poder político corrupto y erigido como su propio monumento. Vomitábamos la misma rabia y nos dolía la impotencia,  pero soñábamos con recuperar la libertad no solo como palabra.

                Hacíamos la guerra porque nos daba miedo el amor… y todo porque  algunas veces el amor  tenía el sabor de injusto privilegio.

                Éramos lucha y perseverancia, reflexión y  coherencia… éramos ideas y valor para luchar por ellas, también dolor y decepción algunas veces… y sangre injustamente arrancada a fuerza de violenta represión y exceso de fuerza  en la mano de quien la tiene toda.

                Éramos la esperanza…éramos juventud con ideas e ideales. Son la esperanza, son la juventud que aún grita en las calles y exige un mundo mejor.

                José A. Fernández Díaz

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22 noviembre 2013 5 22 /11 /noviembre /2013 00:55

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                Éramos historias separadas hasta que en algún lugar del tiempo y del espacio nos encontramos. Como si todo estuviera previsto y como si en realidad nada especial estuviera sucediendo nos hallamos una mañana de invierno, de calles brillantes y lluvia tonta.

                Ella caminaba entre las frutas que adornaban las cestas en una de esas entrañables tiendas de barrio y miraba la pantalla de su teléfono con insistencia,  tras disparar una foto a las naranjas y teclear rápidamente.

                Yo salía de una de mis librerías favoritas con destino a unas brillantes y apetecibles manzanas rojas que había en el escaparate desde el que podía ver a aquella morena desconocida. Crucé la calle y al entrar sentí que el indescriptible aroma de las viejas fruterías colonizaba mis sentidos; luego fue aquel perfume y poco después la mirada que acababa de abandonar la pantalla del  teléfono. Nos miramos con una sonrisa en la cara cuando pretendimos coger la misma manzana. Su piel era suave y cálida a juego con el color de los ojos que me  atraparon súbitamente. Coincidimos en que debíamos compartir aquella manzana y así fue.

                Mientras pagaba mi parte y adelantaba la de ella, observé como escribía en su teléfono. Salimos a la calle bajo el paraguas que ella sostenía. Rogué que me permitiera llevarlo aunque era consciente de que resultaba desconcertante mi vestimenta más bien triste con la piel encendida con mil colores de aquel ruidoso artilugio. Con un mordisco muy suave y clavándome la mirada al tiempo, declaró inaugurada nuestra manzana. El mío fue tímido pero más generoso. Disfruté del fresco y dulce sabor a manzana mezclado con el perfume que su mano acercaba a mis sentidos. No tardo en  escribir otra vez en su teléfono y cuando nuestra manzana quedó reducida a una ínfima muestra  recogió en una fotografía la prueba definitiva de que todo se acaba…

                Así comenzó todo. Nada más y nada menos. Muy pronto descubrí que utilizaba las redes sociales para exponer el discurrir de su vida. Lo contaba todo. Todo cuanto yo saboreaba con los sentidos y me guardaba en la memoria para sobrevivir sin ella hasta el día siguiente, era el alimento para que ella pudiera sobrevivir entre las paredes del mundo paralelo que iba creando en sus perfiles sociales. Los demás tenían que saber que comía,  como amaba, cuándo y por qué se iba a dormir, que leía… todo o casi todo.

                Me agregó como amigo y como contacto de whatsapp… Como vivía casi todo en primera persona, junto a ella, me costaba creer lo que estaba leyendo. Dibujaba con fotos y palabras una historia difícil de reconocer.

                Una noche nos amamos con locura y pasión desmedida, fruto,  en parte,  del exceso de alcohol. Apenas podía creer que estuviera sucediendo cuando sucedió. Terminamos, nos abrazamos y besamos antes que la oscuridad nos llevara al sueño. Cuando me disponía a dormir se ilumina parte de su lado de la cama y escribe. Poco después mi teléfono me anuncia un mensaje que asqueado no quise leer.  Esperé a que tras tres o cuatro mensajes mas terminara por dormirse. Abandoné la cama, me vestí, salí a la calle, borré su número de teléfono, la eliminé como amiga no sin antes escribir en su muro y su bandeja de entrada una última  respuesta: “Adiós. Aprende a vivir en la realidad,  es más cálida y placentera que esa página en blanco a la que cuentas una vida que no sabes entender”.

                José A. Fernández Díaz.

 

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  • : El blog de atrapado-en-la-esquina-verde
  • : Allí donde los verdes son variados e intensos, los mares furiosos algunas veces y otras tan pacíficos que son como el cielo azul, allí donde la tierra tiene antojos, perversamente montañosa algunas veces, suave y generosa otras, escarpada y escabrosa cuando quiere, fértil siempre; donde el sol se esconde enamorando la mirada o encogiendo el corazón. Aquí estoy gustosamente atrapado y describo el reflejo de mis profundas intenciones... Desde Galicia, mi esquina verde.
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  • Invasor atrapado en el territorio sin límite de los sueños y lo políticamente incorecto... Eterno indignado y perverso militante de causas pervertidas.
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