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22 septiembre 2017 5 22 /09 /septiembre /2017 00:36
Fruto del amanecer

          Por si acaso un día no amanece, decidí  dejar por escrito, sobre la piel de una playa cualquiera, una brevísima y sucinta  reseña de cómo debería haber sido lo que no fue…

                En síntesis … amanecer es cosa de dos: la noche que ya no quiere estar más y el día,  que, con las ansias de estreno, se presenta con novedades… pocas, pero, ¿Quién le dice nada?...¿ las nubes?... Cobardes pasajeras , volátiles farsantes de algo que no es algodón, ¿Quién?...

                Si acaso no amanece, por la razón que sea; imagina que el sol se pone y luego, luego, dale la vuelta y empieza otra vez… No es difícil; no tanto…tonto. Y luego déjalo hacer, como si nada.

                Un amanecer es poesía y un anochecer también es poesía… la una cuenta un madrugón y la otra el final de una tarde de esas que uno no quiere olvidar…o si.

                Se me antoja pensar que un día puede no amanecer y entonces; solo entonces,  tocará rememorar y rehacer de entre otros amaneceres un amanecer cualquiera en el que puede que uno no esté.

                José Angel Fernández D.

 

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10 septiembre 2017 7 10 /09 /septiembre /2017 09:52
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                    Hería,  sin parar,  con aquella forma hueca de estar en el mundo. Decía cosas por las que no era capaz de interesar  un segundo de aquella vida suya y que, al fin,  solo rellenaban un modesto parloteo insustancial e inconsistente de camino a ninguna parte… Aún así presumía de libertad, sin apenas percatarse de que se había hecho prisionero de su propia  ausencia permanente y escandalosa.

                Agonizaba entre líneas y, sin saber, moría un poco cada vez que hacía palabras con los restos de los naufragios que provocaba recurrentemente…

                De tanto dejar de ser, pretendiendo ser lo que no era, perdía, para siempre,  un hilo de sí mismo en la madeja equivocada.

                José A. Fernández Díaz.

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8 agosto 2017 2 08 /08 /agosto /2017 00:52
Acompasados

                        Los latidos, las ganas, los pasos… Acompasada la mirada y el despertar.

                Y puede que la próxima primavera;  esa que siempre está por venir, haga de un año cualquiera, el año de los deseos hechos realidad. Puede que así sea. Pero aquella mañana, cuando Julia buscó la leche en la nevera, encontró que solo quedaba la botella vacía ocupando el sitio, también que ya no quedaba café… que la taza donde él desayunaba,  estaba  sucia, sobre la encimera junto a la cuchara que reposaba sobre un trozo de papel donde se podía leer: “buenos días”…

                Hubo un tiempo en que el resto de la vida justificaba los pequeños desaires, las decepciones; pero, el paso del tiempo, había hecho del cada día una sutil o leve ruptura del compás. También hubo un tiempo en que la simetría era cualidad justa y necesaria, tanto como los besos, el amor a deshora y destiempo y las cenas al amanecer del día siguiente o los desayunos un día después. Apenas importa lo que no importa nada apenas.

                  Sin compás  algunas cosas hieren el mecanismo de resistencia y el “cada uno por su lado”, hace de la vida dos piezas asimétricas que,  probablemente,  terminen por no encontrarse ni en la casualidad mas efímera.

                        José A. Fernández Díaz

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4 agosto 2017 5 04 /08 /agosto /2017 02:06
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Ella, generosa, sin miedo a los días largos; soñadora porque sí y avezada ausente en las noches de locura juvenil a destiempo… madura; madurada a golpe de llantos callados e íntimos, pero también expuestos e inevitables. Ella, hecha también para la vida en blanco y negro, se encontró también con la fecha de su condena  antes de tiempo…

                Un señor serio y metódico, con una compleja misión entre las muchas otras que le eran propias, explico que aquello era, por desgracia, lo que había intuido desde el principio y que no quedaba demasiado margen para la vida… que la vida es esto a veces  y que a veces es esto la vida.

                Entonces, a partir de allí; de aquellas palabras, ella terminó por entender la vida como algo que se va acabando; como un espacio entre  el ahora es tiempo de todo y el nunca más. Eso que sucede mientras haces planes tenía los días contados…

                ¿Cómo se hace?, ¿cómo se despide uno de la vida cuando es la vida quien toma la decisión?...

                No tenía miedo a morir, solo tenía miedo a no haber sabido vivir.

                Volvió a casa y llegó sin apenas saber como. Al cerrar la puerta del coche  sucumbió a una avalancha de sensaciones, un bombardeo nuevo desde cada uno de los sentidos. Respiro el aire de su calle, se impregno de ruidos familiares y músicas lejanas, acarició uno de los arboles conquistados por la primavera y se encontró consigo misma en el cristal de una vieja tienda de libros… camino tarareando una canción mientras levantaba la mirada al cielo inmenso. Luego,  con su mano derecha apuntando al cielo,  bajo poco a poco todos los  dedos dejando solo el medio o corazón. Terminó riendo y llorando al tiempo porque así es la vida.

                José A. Fernández Díaz.

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17 julio 2017 1 17 /07 /julio /2017 01:55
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          La penúltima vez que bailamos  me dolía la cabeza… casi llovía y apenas hacía frío. Aquella penúltima vez  me inventé una melodía circular para dejarla caer al borde de tus sentidos … Y bailamos; bailamos piel a piel con la esperanza de que la noche aquella fuera nuestra para siempre.

          Para siempre son los corazones  y los recuerdos que no se enferman de ganas por no estar; para siempre son los corazones capaces de empujar la vida cuesta arriba y cuesta abajo.

         Bailamos aquella noche como si el mundo estuviera quieto; como si no hubiera otra cosa más que casi lluvia, apenas frío, la luz triste de una farola aburrida  y dos torpes amantes inventándose una canción circular.

          José A. Fernández  Díaz

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18 mayo 2017 4 18 /05 /mayo /2017 01:17
La mujer a la que amo

      La mujer a la que amo tiene la misma manera de mirar con la que me puso a soñar una noche de otoño. De aquella noche de otoño a esta tarde de primavera han pasado mas de dieciocho años… y nos miramos igual pero con la seguridad de que conocemos el camino de regreso.

      La mujer a la que amo sabe que no sé muchas cosas pero me quiere, aprendiz de todo, confeso ignorante, me quiere igual; como si las palabras mías que son suyas tuvieran alguna virtud distinta a la sencillez.

      La mujer a la que amo, me enseño a ser padre y a querer mas a la madre que me parió. Desde aquel día en que acordamos dejar de ser dos han pasado casi doce años y desde entonces la vida sabe a aventura.

     La mujer a la que amo no sabe que la sueño con frecuencia. No podría creer que, sin saber, se me mete en el mundo que invento entre párrafos o versos y un día es dueña del amanecer mas hermoso y otro de la menos triste de las muchas entrañables tardes de lluvia, que nunca podre olvidar.

      La mujer a la que amo lee en mi manera de llegar el hasta dónde se han gastado las esperanzas que me llevan, la ilusión que no me abandona a pesar de las cosas que pasan. Me sabe roto cuando me cuestan las palabras o ya no me quedan lágrimas.

      La mujer a la que amo sabe arrancarme la locura en las batallas piel a piel; me hace grande y feliz, como la primera vez y como la primera vez dice “te quiero”, como si no lo hubiera hecho antes.

       La mujer a la que amo, ama las vidas que hemos hecho juntos y me mira a la mirada que se enamoró de ella una noche de otoño, desde los ojos de nuestros hijos para pedirme que tenga cuidado ahí fuera…

      La mujer a la que amo tiene el cuerpo perfecto, la voz perfecta, la manera de pensar perfecta, la mirada perfecta… Sabe que solo tiene un defecto… ella lo sabe y yo también. Sabemos que su único defecto soy yo.

       La mujer a la que amo le gusta llevarme de viaje a la mitad de la felicidad. Allí, en la mitad de la felicidad, me cuenta que la otra parte siempre se la deja en casa para cuando se nos ocurra volver.

     La mujer a la que amo no le gusta la poesía; pero se deja dibujar en las que consigo atrapar para ella de entre los versos que me encuentro por el camino. Puede que no le guste la poesía pero es poesía.

      La mujer a la que amo, ama las puestas de sol sobre la piel del mar. La mujer a la que amo es el mar donde flota pacífica la barca de la vida que nunca pude imaginar. La mujer a la que amo es la vida mía, es mi vida suya.

      José A. Fernández D.

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16 mayo 2017 2 16 /05 /mayo /2017 22:30
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     Tocó volver y volvió...

    Cuarenta años atrás aquella ciudad, aquel país, se quedaron atrapados en un promesa constante; y es que la realidad contada por quien tiene el poder de cambiar las cosas no suena igual que cuando lo hace quien solo sueña con la utopía.

     Si bien la realidad de aquel país no se podía explicar desde el odio entre unos y otros, o desde las noticias manipuladas igualmente por los unos y por los otros; algo de ese elemental rasgo humano había alcanzado la condición de culpable. El odio, el reproche, el insulto… la violencia en toda su extensión, se habían hecho con el día a día de las calles. El mundo de las ideas y de los ideales poco tenía que ver ya con aquella triste realidad. Pervertidos los ideales, tergiversadas o distorsionadas las propuestas políticas, apenas quedaban salidas dignas.

     ¿Cómo explicar que no es la idea , aferrada a la ideología, la que ha provocado el mal?...¿Cómo explicar que han sido los hombres…algunos hombres?.

     Cuando dejó el país en el que había estado buscándose dese los veinte años, con destino a aquel otro en el que se aprendió como soñador de mundos justos, llevaba en la memoria instantáneas de lo que las cosas y los lugares fueron… de cómo era la vida, el día a día, las personas y el color de la esperanza. Tenía miedo de no ser capaz de reconocerse como el que algún día fue parte de aquel paisaje o, a lo peor, de no reconocer el paisaje que dejó atrapado en la memoria.

     Nada está quieto. La realidad social siempre tiene prisa por llegar o por huir… Aquel país era más realidad social que muchas otras cosas y tenía mezcladas las prisas por huir y por llegar. Todo había cambiado la parcela de vida que él conocía… Todo había cambiado el todo que él esperaba encontrar.

     Las ciudades son animales inquietos que pueden enfermar de desilusión y desesperanza. Tienen el ánimo de quienes las habitan. Se mueren si se mueren las ilusiones de quienes pueden decir “buenos días”. Son seres vivos que solo laten cuando la vida hace falta.

     Había vuelto algunas veces; algunas lo había hecho; pero nunca hasta mirarse a los ojos con la realidad contemporánea, con lo tangible. Había vuelto con fotos, vídeos, audios… historias de papel; pero no a pie, con todos los sentidos entregados.

     Llevaba, siempre, entre las piezas de su breve equipaje una novela, entre muchas otras, una, cualquiera, que contaba un momento en la realidad de uno de esos países por debajo del ecuador … “País portátil”, de un estupendo escritor venezolano, Adriano González León. Aquella era una historia que había leído forjando la suya; tal y como había hecho con “Rayuela” de Cortázar, “Azul” de Dario, “La casa Verde” del joven Vargas Llosa o la inolvidable “cien años de soledad”…

     Alguna vez, después de tantos años, había recordado la última de las palabras de “El coronel no tiene quien le escriba”, y se la había llevado a la boca para vaciarse “Mierda”… “Mierda”… “Mierda” … una y otra vez, siempre como la primera. Y es que la vida, si te la tomas al pie de la letra, te da oportunidades para descargar la rabia a través del verbo.

     Para cuando volvió encontró que la ciudad, el país donde comenzó a conocerse, se había ido a otra parte. Los hombres cegados por un impulso atávico, desdibujaron la huella férrea de lo que fueron, borraron el camino de regreso a lo que querían ser y se perdieron para siempre en la mas puta de las disputas por encargarse de ser poder…

     Para cuando decidió estar otra vez, descubrió que nunca había estado allí; que aquella peripecia absurda entre falaces chispazos de memoria y malolientes vaharadas de la nueva realidad no tenía sentido excepcional, distinto tal vez a la indiscutible decisión de suicidar la memoria.

   Caminó por las calles irreconocibles conteniéndose, víctima de una súbita implosión emocional. Intentó respirar el aire de aquellos días, sentir el calor, la luz, el color… Temió haber traspasado para siempre un límite sin camino de regreso, haberlo perdido todo. Aquello no era, no podía ser su viejo país, aquella calle no era su calle …no, hasta que a lo lejos se encontró con las piedras manchadas de miserias verbales, de encendidas frases, la fachada de su facultad, de la universidad donde se dejó seducir por las ideas que aún llevaba puestas…

    Entonces, otra vez, una vez más, vomitó desde el pensamiento vacio de esperanza y el estómago a reventar de miedos aquella última palabra…

     Mierda…mierda… mierda…

     José Angel Fernández Díaz

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9 mayo 2017 2 09 /05 /mayo /2017 01:10
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          Con cierta frecuencia me gusta volver a esos lugares donde nunca he estado…

          Puso a madurar al hombre con el que se había encontrado, algunos años atrás, sobre la sincera superficie del espejo. Tal vez un poco harto de dejarse llevar por las olas decidió aprender a nadar. El manual de instrucciones estaba inserto en su memoria. Había visto muchos casos , escuchado otros y vivido unos cuarenta años… y en ese vivir se incluía: el amor, la amistad, el compromiso ético o social… Decidió nada tarde, pero si con cierto retraso, ser consecuente y coherente. Encontró que casi todo es amor y sus derivados. De sus experimentos con el amor guardaba heridas, incurables pero inútiles para evitar otras nuevas. Un amor y otro amor nacen con la misma fuerza pese al miedo de saber que pueden tener fecha de caducidad. Intentó trasladar el concepto y la idea de amor a su pretensión de madurar… Pero pronto se percató de que el amor, el travieso sentimiento similar a cierta enajenación mental, hace de quienes lo sufren, voraces consumidores de disparates justos y necesarios. El amor cuando es nuevo hace de quien lo tiene un delicioso insensato. Madurar enfermo de amor nuevo es complicado… pero se puede intentar.

          José A. Fernández Díaz

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26 abril 2017 3 26 /04 /abril /2017 00:12
Frase en una pared de Ribadeo.

Frase en una pared de Ribadeo.

     Alfabetizaba dinosaurios y querubines , mientras en los pequeños audífonos que tenía clavados en los agujeros de las orejas sonaba un reguetón a todo trapo…( y si no me crees es mas bien tu problema)

     Y aquello ciertamente no era un problema en si mismo. Aquello que decía Eduardo no era uno más de sus curiosas conversaciones con la máquina expendedora de tabaco.

     Eduardo era un poeta sin musa. Había hecho de su vida un recorrido estrafalario por entre los tiempos y las cosas, los vicios y los deseos , los sentidos y los sentimientos, la locura y la razón dislocada… Eduardo apenas soñaba dormido porque siempre lo hacía despierto. Tenía la palabra a mano siempre. El silencio era síntoma de ahogamiento. Dicen que solo guardaba silencio cuando escribía… cuando lo hacía en los muros de la ciudad.

     Es bien cierto que las paredes de su breve ciudad, no todas desde luego… solo algunas y nadie sabe por qué estaban tomadas por la poesía. De un día para otro aparecían escritas frases que tenían el grato sabor de un espíritu que soñaba con una patria tomada por los sentidos , con calles llenas de razones y esquinas donde uno podría darse de bruces con un sueño despistado.

     Sin musa, sin amor a mano, Eduardo, hablaba de amores perdidos, como si el último de todos fuera el último para siempre. Peto era capaz, sabía como contar donde estaba la belleza aún en las penurias o la vulgaridad… Para los poetas de verdad, incluso los que no saben que lo son, existe una única manera de explicarlo todo y un único medio: la palabra que nace de los sentimientos.

     Eduardo moría de vez en cuando… moría y él mismo se ocupaba de escribir y poner en la puerta de su peculiar domicilio una esquela nunca al uso. Moría porque necesitaba respirarse en el silencio de los ires y venires que no era capaz de explicar ni entender.

   De tanto morir preventivamente, aprendió a desconfiar de estado real de existencia y algunos días, algunas veces, apenas resucitado se iba a dar un paseo y mirar atentamente en los ojos de la gente la imagen de si mismo… así era la vida.

    El no sabía que el día que no hubiera resurrección iba a ser recordado y no de cualquier manera.

     En tiempos de rabia y egoísmo, de inquietud y miedo, la poesía es , parece, prescindible, y los poetas habitantes extraños de un mundo que no existe.

    Pero ese mundo existe y la poesía es imprescindible, si los hombres y las mujeres no tienen miedo a desnudarse y decir la verdad. La república de las palabras tiene el color de los sueños.

     Eduardo era un soñador desquiciado, un loco onírico, un coleccionista de cosas que no ocupan lugar. Llevaba la vida cogida de la mano y se paseaba por las calles bajo la lluvia, feliz de que hubiera otoño o, dormía en el parque y amanecía bajo los árboles muerto de frío y sueños para contar en versos breves, en primavera.

     Murió un día y muchos días mas , hasta que, la última vez , en la puerta de su casa no apareció una esquela. Aquella vez fue un epitafio…

     “La poesía ha sido mi mal menor. Me he muerto herido de ignorancia para siempre.”

     José A. Fernández Díaz.

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24 abril 2017 1 24 /04 /abril /2017 00:43
Disparate de Lucia Herrero - encontrado en internet

Disparate de Lucia Herrero - encontrado en internet

          De entre todas las piezas olvidadas, en el ir y venir de las noches de insomnio, eligió un poema que encontró en la esquina de un suspiro… un suspiro que nunca fue suyo y una esquina que jamás fue capaz de recordar otra vez. Cansado de perderse en ciudades inventadas, donde la poesía tenía tomadas las calles; se compró un mapa cósmico y una brújula con dos nortes. Entonces aprendió a perderse apropósito y con despropósitos. No fue feliz pero siempre tenía cosas que contar cuando conseguía volver a casa.

          José A. Fernández Díaz

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Presentación

  • : El blog de atrapado-en-la-esquina-verde
  • : Allí donde los verdes son variados e intensos, los mares furiosos algunas veces y otras tan pacíficos que son como el cielo azul, allí donde la tierra tiene antojos, perversamente montañosa algunas veces, suave y generosa otras, escarpada y escabrosa cuando quiere, fértil siempre; donde el sol se esconde enamorando la mirada o encogiendo el corazón. Aquí estoy gustosamente atrapado y describo el reflejo de mis profundas intenciones... Desde Galicia, mi esquina verde.
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  • Invasor atrapado en el territorio sin límite de los sueños y lo políticamente incorecto... Eterno indignado y perverso militante de causas pervertidas.
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