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18 junio 2018 1 18 /06 /junio /2018 01:39
Soñar…es  vivir.

Te soñé dormida sobre la piel fragante de un melocotón. Desnuda como cuando hacíamos locuras transversales o el amor lineal, abrazados para no huirnos. Adoradores de de las persecuciones entre paraísos resucitados de entre las piezas sueltas de sueños ajenos y propios…

                Nos resucitamos una noche de primavera, bajo la innecesaria luz de una vetusta farola. Una  de esas  que dejan caer un aura triste, sobre el gris intenso, con tendencias a negro, que avanza entre las cosas. Había algo de plagio en aquella imagen nuestra; pero apenas teníamos dos culpas: una tuya y la otra mía. Resignados, gravados por la culpa, bebimos de los besos, tan iguales a los de anteayer, que se nos antojó el tiempo plegado sobre sí mismo y los días como si no hubieran sido. Bebimos e las palabras a medio decir, a medio imaginar. Nos continuamos como historia común, sin dejar sitio para la vida propia.

                Te seguí soñando entre líneas frescas y efímeras de lluvia torrencial; de algo así como música para amasar pan y hasta esperanzas. Te seguí soñando hasta rozar el colmo con la punta de las ganas.

                Recuerdo cuando nos pactábamos como paz y recurríamos a las guerras de besos entre trincheras, hasta vencernos, para dejar de ser batallas  pautadas o sonetos a media luz… o palabras sin terminar, por falta de presupuesto.

                Te sueño tantas veces,  que tantas veces como te sueño, se me despiertan las ganas que nunca duermen, que nunca dejan de estar; y no sé si realidad es una palabra justa,  porque ya no la quiero para nada.

                Desterradas las horas,  como medida de las cosas que comienzan y terminan, me gusta revolverme entre la medida insustancial del ir y venir de los días … si no quedan alternativas: la paz es un nosotros que solo hace preguntas de atrás con destino al presente.

                Si bien nos pienso, hago trizas las aristas cortantes de alguna primitiva manera de no dormir. No dormir es no soñarte; no dormir es seguir viviendo con el aire y la luz que contiene a los otros. No dormir es no parar de escribirte, no estar para otra cosa. Soñarte tiene algo que la vida ha dejado de ser para mi.

                José  A. Fernández Díaz

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14 mayo 2018 1 14 /05 /mayo /2018 00:36
Amar sin sentido tenía sentidos

Había empeñado la razón, la poca que tenía, intentando pagar el primer plazo de uno de mis mejores sueños. Había dejado de leer,  entre olas,  el idioma de las esperanzas… pero  ella no quería aparecer… Es bien cierto que, de tanto mirar el suelo por donde navegaban las nubes, apenas era capaz de asegurar que ella no hubiera pasado a mi lado … pero su perfume, su perfume hubiera atrapado ese sentido mío, que pone a las cosas el color de los olores y nada; nada se parecía a las forma en la que pensaba el tiempo que iba a venir.

                Pero un día; uno de esos que es posible encontrar entre el lunes y el miércoles, sin otra dificultad que la de dejarse llevar, tropecé con un libro viajero abandonado en la esquina de un banco;  de esos donde es fácil robar besos y donde los ahorros casi siempre son solo parte de conversaciones mas bien inútiles.

                Aquel martes de primavera, sobre la tibia piedra del banco,  donde la soledad rodeaba los poros de una historia sin dueño, reconocí que, si tenía que esperar, era tal vez menos largo el recorrido, siempre en apariencia, viviendo página a página una historia ajena. Tomé con cariño aquel ejemplar, lo miré a los ojos y me lleve a la razón su contenido, con la banda sonora original de una tarde cualquiera de parque…

                Primero fue una frase que quise subrayar, luego un agradable golpe de brisa que no tardó en traerme un perfume ajeno e inolvidable y por fin una mirada de la que nunca mas pude huir…

                Cuando,  con cierta timidez a prueba de rubores, me preguntó si molestaba; yo pensé que el universo y sus alrededores me pertenecían. Sentí que el reinado de mis sueños tenía una pieza que encajaba a la perfección con la república de la esperanza… y allí me fui.

                Aurora…

                Aurora, ocupó el otro límite del banco, no sin antes mirarme acurrucado en la soledad el mío. Decidí que la timidez no tenía  espacio en el tiempo de aquella nueva historia e hice volar, como si fuera una enorme mariposa, el libro que posé entre los dos… sobre una de las páginas abiertas,  señalé una frase, que, curiosamente, alguien había resaltado en amarillo fluorescente: ”mira todo lo que tenemos por hacer”… Ella miró la frase, luego  me miró a los ojos y asintió, antes de preguntar:  “¿qué podemos hacer que nadie hubiera hecho antes?”…

                Amar sin sentido … igual que otros muchos,  pero poniéndole nombre a los sueños de los días impares.

                Aurora, cerró los ojos y me invitó a quedarme para que pintara las paredes de sus días de un color para dos…

                José A. Fernández Díaz

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5 abril 2018 4 05 /04 /abril /2018 00:27
Pensar en voz baja

Algunas veces se me ocurre pensar en voz baja y,  entonces,  es cuando parece como si mi estruendoso miniuniverso se apagara en su propio fuego…

                Hace un par de días que no me miro al espejo. He acordado conmigo mismo peinarme de memoria, lavarme al tacto e imaginar, para completar la faena,  que nadie me mira, que nadie tiene argumentos para criticar mi aspecto o el aspecto de mi desorden exterior.  La mirada que llevo puesta, tiene tantos años como  los que refiere mi acta de nacimiento… pero no siempre ha funcionado de la misma manera. Cuando era pequeño apenas sabia mirar y ahora que soy mayor miro con interés; pero lo hago mal… por defecto.

                La gente no me cree cuando explico la realidad como la construyen mis sentidos. Piensan que se trata de historias e histerias, todo mezclado o revuelto. Según mi opinión; mía del todo, nada es lo que parece. Si todo es lo que parece la imaginación no sirve para nada. Y yo no puedo entender un mundo donde todo es lo que parece, porque echo en falta las cosas que no son lo que parecen o parecen lo que no son…

                Cuando me enamore por penúltima vez, quiero que sea como lo fue la primera. Ella no se lo podía creer … y no se lo creía. Yo hacía,  con las palabras que me sabía de memoria,  una suerte de versos asimétricos, rotos y dislocados que nos llevaban a soñar con pro-puestas de sol  y ama-neceres  algo inolvidables. Ella consiguió olvidarme mientras yo la amaba y después de olvidarme decidió aprenderse la mirada de otro algo menos simple que yo.  La gente de la que me enamoro,  no sabe que el amor tiene la mala costumbre de afectar el normal funcionamiento de casi todos los sentidos. En mi caso pierdo la noción del tiempo futuro y pasado. El presente es un bucle que se pliega sobre si mismo con cierta prepotencia. No salgo de mi hasta que comienzo a darme de bruces contra los bordes de la salida de emergencia.

                La verdad es que odio hablar de amor. El amor hablado es teoría y yo soy un hombre más bien práctico. El amor y los sentidos tienen cosas en común; de hecho se utilizan el uno a los otros y viceversa. Prefiero el amor que no se parece al amor… pero que sabe a  amor.  A los cuarenta perdí la costumbre de lamer rosas. No sabían a amor. 

                Cuando alcance a sumar veinte días sin mirarme al espejo, volveré para intentar reconocerme y,  si no soy capaz de hacerlo, me hará feliz, o algo parecido, descubrir que tengo un amigo potencial…uno a quien contar que no me gustan las cosas que son lo que parecen, porque eso es la realidad … y a mi me gusta soñar, soñar con un mundo a la medida de los sueños y muy lejos de las pesadillas de máquinas que entretienen los sentidos de la gente que prefiere no pensar, de la sinrazón de quienes hacen del mundo el paraíso de su ego y olvidan que su ismo es,  algunas veces o muchas veces, el salvavidas de los que han tenido que abandonar su planeta inundado de injusticia o miseria… o rabia.  A mi me gusta soñar y llamar a las cosas con el nombre de la esperanza.

                Hace un par de días que no me miro al espejo … pero aún me reconozco (sin mirarme)…

                José A. Fernández Díaz  

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27 marzo 2018 2 27 /03 /marzo /2018 01:06
Fotografía de un grafitti en una pared de Oporto.

Fotografía de un grafitti en una pared de Oporto.

El día había amanecido dos o tres horas antes  para cuando yo la vi de lejos. Probablemente apenas quince o dieciséis años, bien peinada y vestida  casi como una niña, insinuando, apenas,  esa mujer que comenzaba a ser.

                Estaba sola, sentada en un banco, bajo el cielo gris de una calle peatonal desierta y expectante. Mientras yo miraba,  ella tenía la vista fija en el edificio de enfrente, vacio y derruido. Parecía como si estuviera esperando a que algo pasara allí o a que algo pudiera suceder intramuros. Miró a su izquierda  y, de una bolsa de supermercado, saco una botella de cerveza de esas que alojan un litro. Sin prisa desenroscó la tapa y se la llevó a los labios. Bebió largamente, como queriendo apagar una sed antigua. Retiró la botella y volvió a enroscar la tapa con una estruendosa parsimonia. Observé que no quedaba más que la mitad… entonces me miró. En su mirada no había nada. No tenía alegría, tampoco tristeza, no preguntaba ni respondía… era, sobretodo, una mirada silenciosa y no sé si triste. Probablemente fuera el cielo, cosa del cielo gris.

                Quise sentarme a su lado y preguntar… pude hacerlo, pero me venció la cobardía. No tener respuesta para una pregunta que, imaginé, tenía que estar en algún lugar de su cabeza.

                Pasé por delante de aquella mirada y aquel gesto sin destino cierto. Se me antojó imposible imaginar un pasado, un presente… no supe imaginar, no quise imaginar un futuro. Creo que podía haber sido mi hija y sentí dejarla sola con su miedo.

                Al doblar la esquina, volví a mirar… Ella sin vergüenza o temor, sacó la botella una vez más; quitó la tapa y bebió sin prisa y sin parar hasta que ya no hubo más… enroscó la tapa, metió la botella en la bolsa y, tras un puñado de segundos, se levantó pacifica, cargada de seguridad  y abandonó aquellos restos en el interior de una papelera… luego se fue calle arriba sin mirar a ninguna parte.

                La miré perderse o confundirse, en el final de las calles, donde las vidas tienden a convertirse en puntos anónimos.

                Llegué a mi despacho herido de culpa y cargué con aquella imagen,  hasta que pude hablar, contar, relatar…  Quien me escuchó supo reconocerla en mi descripción…

                Carolina tenía diecisiete años, era habitual del servicio de urgencias de la pequeña ciudad.  Algunas veces llegaba sola y otras acompañada de su madre. El alcohol tenía la culpa de sus culpas. Ella misma nunca supo decir por qué. Bebía porque sentía que la vida en gris,  solo valía la pena mirada desde la inconsciencia.  Había perdido la vergüenza pero no la inocencia y la frescura. No era feliz… equivocó el camino de camino a ninguna parte, pero nunca se confeso perdida. Miraba al interior de los edificios abandonados, mientras bebía, porque se sentía así: presente, tangible, rota e inútil. Ocupada por dentro, atiborrada de ausencias y nostalgias, con una historia sin ganas de ser contada ni escuchada… y siempre a punto de derrumbarse sobre su pequeña gran historia, para desaparecer  sin hacer daño a nadie…

                José A. Fernández Díaz

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26 marzo 2018 1 26 /03 /marzo /2018 00:38
Epílogo

             Pronto llegaron los tiempos del desamor. Los planes para el futuro se convirtieron en causas perdidas. El cada día de la vida se quedó sin besos, sin el amor de hacer, sin esa maravillosa tontería d espaldas a la vida real. La monotonía, en el apenas despertar, y las cosas del cada día, que parecieron llevar  puesto el si porque si, se instalaron en cada gesto, en las palabras por decir y en las que no se dicen, por cansancio.

                Cuando llegó el “cada uno lo suyo”, ella miraba con atención el ir y venir, de otro hombre y él perdía la mirada, al otro lado de casi todas las ventanas. Así, ella comenzó a florecer. Decidió, porque se lo pedía el cuerpo, cierta ilusa ilusión justa y necesaria… con el horizonte, eso si, en otro que no era él.

                En todo caso la ilusión nueva hace del tiempo de otoño, algo parecido a la primavera… La consecuencia de la súbita enajenación, es que solo está en los ojos de quien ve cosas donde no las hay y, para quienes no son capaces de verla, el estruendo es una constante.

                Cuando la vida construida sobre la monotonía, depende de dos y uno se apea, entonces muchas cosas dejan de funcionar y, el equilibrio de las líneas rectas se rompe o se convierte en un ir y venir sembrado de mentiras. Las mentiras pueden cubrir huecos, pero las ausencias se convierten en evidencias pronto.

                De tanto esperar, él se hizo pedacitos de desilusión y, sin querer entender porque si, alcanzó a comprender que, todo ya ni era algo suyo…que nada era su compañía más habitual y que la culpa era cosa de dos.

                Aquella última conclusión absolvió al tercero en escena. Ella era inocente y culpable; él era inocente y culpable; aquel otro era inocente o un cazador con suerte.

                Para cuando  llegó el desamor unilateral, para cuando los tiempos ya no fueron propicios o la vida se instaló al margen del viejo libro de familia, el tercero en escena se sintió cargado de razones e hizo de su inocencia una herramienta para matar ilusiones. Terminó por pasearse victorioso con la mujer amada por dos, con  la piel deseada por dos, con la vida compartida… partida en dos… Entonces él, herido de desazón, de ausencias, de miedos y grises, comenzó a buscarse entre las piezas rotas de sí mismo, entre los desaires que apenas supo entender.

           Volvió sobre las páginas marcadas de su diario, porque había un diario, una bitácora de batallas ganadas y perdida. Descubrió entonces que su norte estaba perdido y que la realidad se había ido a  otra parte,  en busca de alegrías. Que desnudo ganaba menos que oculto entre farsas, parecidas al sí mismo que había sido. No tenía  la culpa,  pero tenía las culpas. Había dejado  diluirse la magia de las primeras veces, el misterio de los primeros años, el calor de las primeras noches, las ganas de los primeros años… Tenía las culpas marcadas en los olvidos, las ausencias y poco más con el nada menos  de contrapeso.

           Llegó al día en que descubrió el engaño y escribió con rabia,  una última página que no volvió a leer. Se descubrió equivocado, desconcertado, ausente de sus razones, engañado, terminado o concluido. Aquella página tenía una única palabra, que la atravesaba hasta grabarse en la siguiente y otras dos mas… EPILOGO.

            La primera mañana, curiosamente lluviosa y fría, de la nueva primavera, salió a la calle a comprarse un nuevo diario. La  vida tenía que empezar otra vez.

              José A. Fernández Díaz.

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19 marzo 2018 1 19 /03 /marzo /2018 00:54
Cuenta atrás (día uno)

 Ayer no fue ayer… Hace dos días que duermo…

La cuenta atrás se rompió. La vida tiene,  hoy, una curiosa luz. He dejado de ser yo para comenzar a ser  solo la memoria de lo que fui…

Para seguir adelante me hace falta que vuelva la vida. Pienso en la autodestrucción. No en el suicidio… El suicidio tiene un componente romántico que siempre se me antojó justo y necesario. La autodestrucción es la versión utilitaria de la decisión de quitarse de en medio. Quiero no hacer nada para sentir que nada vale la pena. No quiero un hacer pero si un perecer. Ojalá un descenso suave a los infiernos distintos al que me he encontrado. Un sueño diverso, placentero, tímido, súbito…

No sé cuantos días… se que hoy no tiene nada que ver con ayer… este cielo, no se parece  al que despedí cuando…

Hoy triplico la dosis y me la llevó al estómago vacío con el asco de las cosas que es mejor no continuar.

Con este puñado de invitaciones a dormir para siempre el futuro será tan solo cosa de los otros.

…………………………

Cuentan que alguien encontró una nota, bajo una botella vacía, un libro a medio arder, una flor marchita y un adiós escrito con un tizón sobre la pared de la sala destartalada… En la nota no había casi nada que se pareciera a un adiós, a una despedida… Cuentan que no había cuerpo, huellas de autoagresión… había tan solo desazón, hastío, asco y vergüenza…

José A. Fernández Díaz

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10 marzo 2018 6 10 /03 /marzo /2018 02:08
Cuenta atrás (día tres)

Tengo mis razones… Hoy no me quiero levantar. Sé que no tengo café;  me duele la parte izquierda del mundo de las ideas…No sé si a está hora la ciudad estará puesta. Si no me levanto, es muy posible que nadie se entere. Si me levanto no haré otra cosa mas que molestar.

                Esta última conclusión me ha llenado de fuerzas. Ya tengo edad para molestar y que además parezca que tengo razones.

                Me levanto…Y las cortinas me importan mas bien poco. Aún no es de día. Igual ahí fuera no hay nada. Puede que yo sea el único superviviente a una silenciosa destrucción del mundo… ¿puede que el licor café y el ibuprofeno fueran capaces de inhibir  mis sentidos hasta ese extremo?...

                Miro el reloj y encuentro explicación a todo. Las cuatro de la mañana. A esta hora la vida tiene otro ritmo. La luz no es real… la realidad se parece a algunos sueños.

                Daria algo por saber dónde se esconde mi suerte. Ella siempre acertó cuando me consideró un  nacido bajo el signo de la mala ventura. Aún sin creer en semejante tontería, me siento elegido por el  dedo maligno de la desazón y la falta de acierto.

                Llevo unos días leyendo solo finales, últimos capítulos, últimos versos. Siento miedo cuando abro un libro por la primera página. Me hiere la palabra prólogo… de repente es mi anticristo, el demonio . Quiero acabarme, despedirme,  no sé bien a que velocidad,  de las cosas que me rodean de cerca y las que acontecen un poco más allá. Y no es que ella tenga la culpa. La culpa es mía, mía en un gesto incuestionable de egoísmo, egoísmo de importación, del bueno, del que solo se regala en fiestas especiales.

                Creo que no me va a gustar este amanecer. Se me antoja que la vida no es lo que era y si bien sé que estoy equivocado, no se me ocurre una mejor manera que la de autoconvencerme para  olvidar y volver a la cama… No quiero saber como amanece. Hoy no.

                Recurro a mi botiquín. Ella utilizaba pastillas para dormir. Yo me dormía esperando a que ella despertara. Hoy voy a dormir muchas horas, si soy capaz de descubrir cual es la dosis adecuada. Para cuando despierte quiero encontrarme con una noche que no sea la de hoy, perder la noción del tiempo… no saber en que día vivo.

                Supongo que con una o dos de estas rosas; dos o tres de estas blancas satinadas, una de estas mitad rojo y mitad azul, un traguito de agua de nosequé… supongo que con semejante mezcla dormiré…

                Me bajo toda la mezcla con una buena copa de licor café y vuelvo a la cama…

                Espero un pocoooooooooooooooooooo.

                José  A. Fernández D. 

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8 marzo 2018 4 08 /03 /marzo /2018 22:26
Cuenta atrás (día cuatro)

El mundo se para si las mujeres paran…

                Despierto con esa idea y cierta certidumbre que me hace feliz. El vecino grita como el animal que es. Intuyo que no entiende nada pero presume, confunde, su testosterona con el fluido de la razón. Algunos hombres no explican bien, no hacen creíble eso de la evolución. Ahí, en esos hombres tiene un filón la iglesia católica.

                Ayer olvidé comer.

                Ayer olvide olvidar…

                Volveré al trabajo después de la ducha.  Volveré de la ducha con alguna idea clara… supongo.

                La toalla aún huele a ella. Los libros huelen a ella… Ella huele a … olvido. Tal vez olvido, probablemente nostalgia. El amor es eterno mientras dura, escribió García Márquez  y cantó Ismael Serrano…A mi me dura pero la eternidad está más en las horas que me alejan de ella. Días, que ya son meses.

                Café… No queda café.

                Me pongo una breve copa de licor café … y luego otra. Acuerdo conmigo mismo ir andando al trabajo y me pongo una penúltima copa. El licor café tiene una curiosa mezcla de virtudes: mezcla la cafeína y sus tendenciosos efectos  con el sopor propio de una sutil borrachera.

                De camino al trabajo me compro unos caramelos de eucalipto y una caja de ibuprofeno. He olvidado las gafas en la ducha. Apenas importa. Para lo que me toca ver…

                Decido que el centro de trabajo,  sin mujeres,  no existe. Ellas son imprescindibles. Me las encontré a casi todas en la manifestación frente al Ayuntamiento. Las que decidieron no estar, me las encontré en una cervecería algo vetusta y poblada por banderitas repelentes.

                Pero no fueron a trabajar…

                El jefe tomó la prudente decisión de mandarnos a casa. Aquello no tenía sentido. La empresa estaba muerta.

                En casa, abrí el frigorífico y me encontré cara a cara con mis gafas cuidando del brick de leche.., Entonces caí en la cuenta de que había olvidado comprar café… No iba a salir a la calle otra vez. No fui capaz de soportar la idea. Bebí dos copas de licor café y un ibuprofeno. Terrible mezcla. El licor café no marida bien con el ibuprofeno…

                La noche. Otra vez la noche y la soledad… y esa manera de recordad que duele. Comienzo a entender los motivos que la empujaron a buscar otro amor. ¿Lo buscó o se lo encontró?.

                José A. Fernandez Díaz

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7 marzo 2018 3 07 /03 /marzo /2018 23:21
Cuenta atrás (día cinco)

No sé bien si estoy despierto. Supongo que si. Escucho la lluvia y los pájaros algo excitados. Celebran algo. Me temo que se trata de la llegada de un nuevo día. Y yo estoy aquí para verlo. Supongo que eso es bueno… bueno.

                Estoy despierto. Me he dado un buen golpe con la puerta abierta del armario y duele. Estoy despierto del todo. En el baño encuentro que el vientre existe… Me siento sin nada que leer. Pienso, insisto, pienso y me esfuerzo. No sale nada. Hace algún tiempo que las ideas están atrapadas en un cerebro estreñido. Añoro aquellas verborreas súbitas e incendiarias… Hoy soy el reflejo de mi propia agonía.

                Inútil… Tiro del mecanismo que deja vaciarse el agua y miro al interior del  inodoro… Nada… soy el vacio más desconcertante.

                Hoy no voy a trabajar. Haré uso de mi falta de vergüenza y responsabilidad. Nadie lo va a notar. Estoy roto.

                Me dirijo como un estúpido a intentar algo con la televisión. Casi no recuerdo como se enciende… Cuando por fin lo consigo,  descubro que la gente que puebla la televisión por la mañana, se ocupa,  en gran medida,  de la vida de los demás… ¿La vida es eso? ¿Una preocupación desmedida por el aspecto físico y un olvido evidente de la capacidad para relacionarse con los seres que tienen capacidad de entender y razonar?...¿la vida tiene que ver con la potencia de un coche o el color de moda en la ropa interior?...

                Café… necesito un café y algo para arrancarme los ojos o destruirme los huesecillos del oído. Concluyo que es mejor apagar la televisión. Ahora entiendo que nos hubiéramos alejado hasta olvidar como encendernos. Ella reprochaba mi alergia a este aparato. Nunca supe explicarme. Puede que nunca hubiera intentado explicarme.

                El vecino ha decidido despertar con su filosofía del superhombe,  subida.  Ella llora.  Escucho su llanto y algunas palabras entrecortadas. No tiene sentido seguir mujer. Los homínidos carecen de lo simple… son animales complejos…no, no era eso; son animales con complejos.

                Eso me da que pensar… eso pienso. Ella me hacía pensar, crear, imaginar.  Es posible que hubiera algo de musa en su indiferencia y algo de indiferencia en mi manera de encontrar ideas. Se llevó mi tiempo de pensar. Los días sin ella me duelen con una punzada casi mortal. Duelen las horas que se resisten, los minutos que apenas pasan… No es tiempo si ella ha dejado de estar.

                No sé como pero,  para cuando me encuentro con la noche el día se me ha antojado excesivo, exageradamente largo e insoportable. No quiero imaginar la compañía de la televisión para viajar a lo largo de las horas.

                Necesito  regresar a mi cama. El sueño me llama y amenaza con pesadillas en color. Mañana, si puedo, si no consigo morirme del todo, volveré al trabajo.

                José A. Fernández Díaz.

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6 marzo 2018 2 06 /03 /marzo /2018 23:32
Cuenta atrás (día seis)

Me despertó la idea de que un mundo mejor es posible. La esperanza tiene cosas que he ido perdiendo por el camino.

Parece que la lluvia otra vez, hará de este día un día igual a los días diferentes. Me gusta la lluvia cuando no se le espera, me gusta ver llover, cuando estoy atrapado en el interior de una vetusta librería, donde los libros huelen a los sueños de quienes los han poseído antes…

Mi vecino ha despertado con ganas de que mi repulsión hacía sus miserias aumente. Se ha levantado exigiendo a gritos, desde su condición de hombre con hambre.  “Su” mujer ha olvidado que él se va a trabajar media hora antes que ella… y su desayuno aún no está hecho…  El, por sus partes, ha olvidado que ella dejó la comida hecha para que pudieran comer al volver del trabajo, planchó y se ocupó de lavar esos calzoncillos que tan bien sostienen su puta masculinidad…

Bajo la ducha no quiero escuchar, sueño con libros y pobladores mágicos de realidades falsas con olor a papel viejo. Anoche conseguí dormirme leyendo a Mario Benedetti. Me gusta llevarme a mis sueños los versos sin terminar, las palabras rotas. Ella sabía escuchar, sabía sentir cuando yo me ponía a leerle. Un día acordó consigo misma llevarse algunos de mis libros para compartirlos con su nuevo amor. No se lo reprocho; Benedetti vale la pena. Sabe hacer de la palabra una reflexión viva,  apoco que se desliza sobre el papel…

No sé como es él… Sé como es Benedetti y creí saber como era ella.

Mientras  caliento el agua,  con mi desesperante automatismo, busco el café soluble y la sacarina… Necesitó el sabor del café para asumir que ha nacido un nuevo día… también para saber que se muere. Despido siempre las últimas horas del día con un café,  sin miedo a que me quite el sueño. Otras cosas me lo quitan antes.

Este día de hoy está enfermo, por contagio, de la monotonía y la rabia del que superé ayer. Hoy toca sobrevivir a la idea de mañana. Me temo que hecho en falta a la mujer que me amaba hace un mes tal vez y algunos de mis libros de Benedetti.

Vuelvo a casa sin la sensación de haber estado en alguna parte… vuelvo vacio e insoportablemente perdido. Me desnudo del todo y, con la piel expuesta,  me asomo a los hilos de la ducha… La paz en la guerra me inunda hasta consumirse en los extremos de los nortes que me pierden.

Ella decidió irse. Yo decidí quedarme. Ella ama. Yo amo. Ellos se aman. Yo la amo… y mi yo está solo. La soledad tiene algo de libertad. Me gusta como huele la libertad cuando no tiene dueños.

Tal vez mañana acuerde consigo misma volver… Yo estaré por si decide hacerlo y si no dejaré una nota.

José A. Fernández Díaz

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Presentación

  • : El blog de atrapado-en-la-esquina-verde
  • : Allí donde los verdes son variados e intensos, los mares furiosos algunas veces y otras tan pacíficos que son como el cielo azul, allí donde la tierra tiene antojos, perversamente montañosa algunas veces, suave y generosa otras, escarpada y escabrosa cuando quiere, fértil siempre; donde el sol se esconde enamorando la mirada o encogiendo el corazón. Aquí estoy gustosamente atrapado y describo el reflejo de mis profundas intenciones... Desde Galicia, mi esquina verde.
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  • Invasor atrapado en el territorio sin límite de los sueños y lo políticamente incorecto... Eterno indignado y perverso militante de causas pervertidas.
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