Allí donde los verdes son variados e intensos, los mares furiosos algunas veces y otras tan pacíficos que son como el cielo azul, allí donde la tierra tiene antojos, perversamente montañosa algunas veces, suave y generosa otras, escarpada y escabrosa cuando quiere, fértil siempre; donde el sol se esconde enamorando la mirada o encogiendo el corazón. Aquí estoy gustosamente atrapado y describo el reflejo de mis profundas intenciones... Desde Galicia, mi esquina verde.
En realidad tenía la paleta cargada de verbos que chorreaban nostalgias…
De las muchas noches de verano , vividas y sin vivir, guardaba las ganas de volver. Puede que la edad o las edades conquistadas, tuvieran espacio para alojar melodías, olores, tonos de voz, frases hechas, contornos y tactos, susurros y silencios, páginas, sabores, agonías y resurrecciones … tantas cosas para meter en cajas sin límites precisos o apilar en estanterías, apoyadas entre nube y nube.
Las ganas de volver saben que, si lo haces, si lo consigues, nada va a ser igual a lo que fue y, lo peor es que habrás destruido para siempre las ganas de volver al tiempo en que solo se puede y debe estar una vez…una vez sola.
Volvió un verano, previa carta, de las de siempre…de esas que tienen olor, alguna que otra corrección, tal vez una nota de última hora, un sobre y un tiempo de espera… Ella, contestó con un correo electrónico… en cursiva y con pretensiones. Iba a estar, en el lugar donde dejaron de estar la última vez.
Los años te hacen, a la fuerza, un poco lo que quieres ser y otro poco lo que los demás quieren que seas. Lo que queda, para completarte es la esencia de lo que siempre fuiste. El se llevó todo eso, con la intención de recuperar los restos de la última vez.
La ciudad no era la misma que llevaba en la memoria y, si bien aquella cafetería no había perdido su identidad, parecía haber sido robada a las calles que un día conoció. Buscó una mesa, justó donde el sol llegó a ponerse quince años atrás, entre edificios y árboles frondosos. Pidió una cerveza y, antes de comenzar a escribir, otra que fue bebiendo alternativamente.
Sabía unas pocas cosas; ignoraba otras pocas cosas. Pasada una hora había vuelto al pasado y, en soledad, se quedó con las ganas de poner fin a su historia manuscrita, igual a la que se dejó sin terminar quince años antes. Como el final se resistía, decidió que una cerveza más estaría bien, en la última, podía estar el verso, la frase o la nota que faltaba…
En fin…sabía que aquella vieja y entrañable historia se había quedado allí una noche de verano. Ignoraba que allí ya no era el mismo sitio; que allí, se había ido a otra parte y que la imaginación de los que escriben y cuentan historias, de los poetas, algunas veces, no saben qué cosa es verdad y que cosa pudo serlo…
José A. Fernández Díaz.