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Allí donde los verdes son variados e intensos, los mares furiosos algunas veces y otras tan pacíficos que son como el cielo azul, allí donde la tierra tiene antojos, perversamente montañosa algunas veces, suave y generosa otras, escarpada y escabrosa cuando quiere, fértil siempre; donde el sol se esconde enamorando la mirada o encogiendo el corazón. Aquí estoy gustosamente atrapado y describo el reflejo de mis profundas intenciones... Desde Galicia, mi esquina verde.

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Analía, otra vez.

Analía, otra vez.
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Analía adoraba conjugar verbos enfermos de colores claros, esconder sinónimos en las esquinas de los antónimos y subrayar olores de flores transparentes. Adoraba Analía,  la poesía de las sonrisas cautivas, inspiradas en la adolescencia de los columpios,  descolgados sobre las nubes de algodón … de azúcar…

            Analía adoraba el sexo anverso y reverso, roto en rimas,  en medio de la siesta...fiesta. Gustaba llamar al olor de la lluvia: inspiración. Concisa y precisa; olvidaba compensar las horas perdidas con las horas encontradas y así se le iban los días en años y los meses en remesas de macarrones con tomate. 

            Si la llamabas y no estaba, Analía, te devolvía las palabras perfumadas con la esencia de la ausencia...de sus buena colección de las ausencias encontradas,  entre las páginas sin número, de la anacronía deslegitimada para adorar  utopías. Analía era mucha piel de soñadora para tan poco sol de cosas inventadas o colección de re-versos sin poeta,  o poeta ahogado entre suspiros de hojas movidas por el viento. 

            Tenía una gata, Analía, que llamaba  Ailana y que maullaba en dos idiomas, según el estado del tiempo...los días de tormenta salía a pasear por los tejados de los libros vueltos del revés. Y los días de sol por la espalda del amante de su amada ama.

            Y un paraguas...tenía un paraguas que filtraba las gotas de lluvia con sabor a melocotón, un paraguas que brillaba como si fuera una estrella condenada a vivir en el paragüero de la sala de no estar, los días sin lluvia. Y un paraguas...un paraguas para protegerla de los verbos sin conjugar, con colores oscuros, a los que odia con medida.

            Y una entrañable biblioteca ordenada por la fecha en que nacieron los autores… Los que también tenían fecha de “ya no estar”, los marcaba con una hoja de laurel que asomaba entre las páginas centrales… Tenía Analía muchos libros que se encontró en la calle, abandonados,  y  a los que adoptó oficialmente con la parafernalia propia de quien acoge,  celebrando la suerte del que se hace con un tesoro. Y lo eran. Esos; los adoptados,  ocupaban un lugar especial en la biblioteca. Junto a ellos,  rocas con las que había tropezado alguna vez  y flores secas de las que adornan los jarrones de las casas abandonadas que tanto le gustaba visitar.

            Analía adoraba la vida que se encontraba sin hacer, los lunes por la mañana. Improvisaba y  llegaba al martes mirando atrás con cierta nostalgia. Alcanzaba el  domingo, agotada y eufórica, con los labios pintados de rojo. Rojo domingo a juego con las manzanas falaces de piel fugaz, blancas   como el disfraz de la nevera…La nevera. Allí, en la nevera, guardaba los sueños escritos en papel de seda y metidos en una vieja fiambrera con tapa de color verde...y medio tomate; medio siempre… Odiaba, Analía, los tomates enteros y amaba los que estaban partidos en dos, como si nunca hubieran sido uno.  En la tienda nunca entendieron por qué pedía que le partieran los tomates en dos...ella nunca entendió al extraño señor de la tienda, que no hacía otra cosa que interrogarla. ¡Usted, amable verdurero, no me cae nada bien!...llegó a decir muchas veces en menos de un año. Y siempre volvía con la sonrisa puesta como si fuera una flor fresca. ¡Pero me gusta como corta los tomates!… llegó a decir otras tantas veces. El señor verdurero, en el fondo de su superficie,  estaba  rotundamente  enamorado de la chica de los tomates que él tenía que partir siempre.

            Analía pintaba paisajes del mundo que miraba desde el reverso de su espejo y los difuminaba con el humo de los sueños que prefería olvidar. Pintaba mientras se comía una pieza de pastel que Ailana miraba con lujuria gatuna… Pintaba con los dedos pares los días impares y con  los dedos impares los días de sol.

            A todo esto y a todo aquello Analía no se creía una palabra de las descripciones que los críticos de arte hacían sobre las obras...pensaba: ¡usted,  amable verdurero, no me cae nada bien!...¡pero me gusta como corta los tomates!… ¡Oh mon dieu, les tomates!… El arte tiene una esencia ajena a las fotografías...la fotografía coarta el movimiento y es una pena – pensaba -.

 

            José A. Fernández Díaz 

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