Allí donde los verdes son variados e intensos, los mares furiosos algunas veces y otras tan pacíficos que son como el cielo azul, allí donde la tierra tiene antojos, perversamente montañosa algunas veces, suave y generosa otras, escarpada y escabrosa cuando quiere, fértil siempre; donde el sol se esconde enamorando la mirada o encogiendo el corazón. Aquí estoy gustosamente atrapado y describo el reflejo de mis profundas intenciones... Desde Galicia, mi esquina verde.
Yo quería ser el malote de tu película, pero no pudo ser porque la realidad superó a la fantasía… el guion se murió de un duro choque con la noticia cierta.
Me lo explicaste mientras mirabas, atentamente, como ardía buena parte de la historia de París, escrita sobre la techumbre de Notre Dame… Pensé que el papel me superaba… pero lo intenté. He intentado ser malo un puñado de veces, pero no me sale salirme de mi.
Había anunciadas lluvias y llovió. El justo equilibrio entre lo que debía ser y lo quie me acompañó a casa, sin paraguas y vestido con una camiseta, algo inadecuada para salir a pasear en días de lluvia. Llegué a mi piso empapado y pensativo. Traspuesto y empapado me exprimí la desazón con una cerveza tibia, que encontré abandonada junto al microondas. Miré llover, ajustando planos con las paredes del patio de luces. La ropa tendida, bajo la lluvia, tiene algo de poesía… la poesía tiene algo de ropa tendida bajo la lluvia, algunas veces.
Se me antojó algo de ruido. El de la lluvia me estaba volviendo loco. Puse una lavadora…mejor.
Cierta sincronicidad absurda hace falta para superar el caos entre la paz y el caos.
La mala cerveza tibia acompaña estupendamente las avalanchas de ideas desahuciadas. Yo lo tenía todo: malísima cerveza, tibia y un puñado de ideas sin padre ni madre, que se habían hecho fuertes entre las paredes de mi pensamiento torturado.
París olía a humo y el cielo de la noche reflejaba la desgracia que alojaba la ciudad. Ardía una pieza de sus cien razones … Demasiado ruido fuera, demasiadas sirenas y alarmas, para tener el corazón quieto.
¿Qué hacen los malos en estos casos?...
Llamé a tu teléfono y, con decisión, me confesé: “he sido yo”.
No puede ser… tu no eres capaz –contestaste-…
No lo era hasta que te conocí –alcancé a decir-.
Pero… si tu?. No puede ser. Mientes para condenarte.
He sido yo. Lo he hecho sin ponerme a pensar. Sin imaginar cuanto daño iba a provocar. Querías que fuera malo y he sido malo… Por amor…amor.
José A. Fernández Díaz.