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19 noviembre 2015 4 19 /11 /noviembre /2015 01:20
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          Inconforme con mis desventuras, me aventuro a reiniciar sistemas rotos, intentando, quizá, tal vez, puede, un big bang  huérfano de ortografía. 

          La culpa la tienen tus pupilas; esas a las que enseñas; esas a las que muestras el camino de regreso a mi insensatez con tez envejecida  por el tiempo perdido esperando que corrijas tu falta de puntualidad.

          Desequilibrado en el centro de mi laberinto, he jugado a perder una vez mas,  mas de  una vez, porque todas las veces son pocas veces si se que voy desde una de tus esquinas hasta la otra sin pisar esa piel que me deja ciego de pasión.

          Hubo un tiempo en que decidí dejar de entenderme para saberte mejor. Me empeñé en desaprenderme para reconocerte entre las pocas cosas buenas que me pueblan o colonizan.

          Puestos a imaginar … me gusta pensarte desnuda bajo la luz de la una y de las dos …. Y de las diez, si llego a soportarme como ausencia sobre tu piel. Me pone imaginar que imagino que eres mi sueño desecho en realidades.

          Si te cuento como era antes de robarte el tiempo,  es posible que desees imaginar que el tiempo perdido a mis lados no es pasado ni presente… tampoco futuro y mucho menos medida de nada. He sido, reconócelo, un maldito paréntesis que no te tienes merecido.

          De pequeño, cuando era ligeramente maduro, algo mas de lo que me han hecho los años, me entretenía  criticando estrellas de las del cielo e inventando historias para comprometerlas poniendo en evidencia la mucha oscuridad que las rodea.

          Para cuando nos aparecimos, en tiempo y forma,   en aquel espacio común, acordamos no acordar nada y recordamos no olvidar todo por si acaso. Por si acaso anotamos sobre la arena la suma de los días llovidos desde que nos olvidamos de la soledad.

          Me gustaron tus labios un poco mas que tus labios;  labios todos, dulces y salados, pintados y sin pintar, unos en el norte y otros en el sur, unos para la palabra y otros mudos pero cargados de razones.  

          Si alguien tiene la culpa de mis naufragios  ese alguien lleva el mismo nombre de quien se pierde con frecuencia en islas inventadas.  Aprendí, yo solo, a hacer turismo de proximidad… sin salir de mis limites consigo perderme con tanta frecuencia que mas de una vez no recuerdo bien si he estado hablando conmigo mismo o con mi otro yo.

          Si tu sabes donde estoy ahora es porque te he robado el sueño y los sueños para ofrecerte a cambio los míos, claveteados y llenos de parches, gastados de tanto usarlos como camino de regreso a aquellos otros tiempos perdidos.

          De tanto pedirte perdón he aprendido a defenderme de mis errores advirtiendo que estos, mis errores, se saben la lección e insisten porque saben que nunca van a llegar a nada…

          Si me caigo del trapecio quiero que sepas que mi verdadera vocación fue siempre la de payaso y si bien he pasado por la cuerda floja, los malabares y la mala magia no me ha quedado mas alternativa que balancearme de lado a lado del abismo.

          Un beso.

José A. Fernández Díaz.

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18 noviembre 2015 3 18 /11 /noviembre /2015 00:36
Ella, el y aquellos otros dos

                Cuando despertaron aún tenían tiempo para volver a soñar.

                Dejaron de quererse primero entre ella y el y luego a si mismos. Comenzaron a amar la imagen que aquellos otros habían convertido en deseo y allí se fueron,  guiados  por el mapa sin sentido de la realidad consentida.

                En algún lugar de la mas íntima de sus inquietudes los mecanismos chirriaban, pero el ruido  exterior era tal que apenas eran capaces de escucharse. Y no se escuchaban porque el inexplicable  placer de la sumisión lo consumía todo.

                El, que había perdido la capacidad para mirarla  y verla al mismo tiempo, contentaba su pérdida de sentido con el placer de oir a los otros hablar de lo terriblemente buena que estaba su mujer. Ella igualmente deslumbrada por la mas absurda de las contemporaneidades, miraba a su marido con los ojos de los otros porque los suyos, sin tiempo mas que para ella o la superficie de ella misma, estaban realmente ciegos.

                Miraban y adoraban aquello a  lo que iban matando al  tiempo que enceguecían ante el espejo de la realidad.

                Llegó un día en que,   sin querer,  se encontraron ella y el, frente a frente con el pasado que pretendían olvidar, alojado en una colección de fotos y cajas de madera, donde ella había ido guardando uno a uno,  los restos de una vida colmada por la magia de muchos momentos.

                Recordaron en silencio, cada uno para si mismo, el significado de todo aquello. Ella se percató de que el gimnasio, la dieta rotunda, los compromisos sociales, los modelitos… no dejaban tiempo ni espacio para vivir y que él,  estando, ya no estaba.

                El, antes imaginativo y maravillosamente loco, ahora era un juguete de las modas, aburrido y vacio. Ella, antes una soñadora feliz, se había roto desde dentro,  para ausentarse  indefinidamente.

                Se echaron en falta cuando, en las páginas del álbum, dieron  con el pasado inmediato y aquella vida, vivida minuto a minuto, colmada de defectos y besos entre horas…  Habían hecho  de sus largas conversaciones  sobre el presente y el futuro, tirados en el sofá, una absurda relación sujeta a los  límites de un mensaje de texto y estúpidos dibujos, donde los besos  eran cosa de monigotes universalizados.

                Tenían ahora una vida para gustar a los demás  y una ausencia permanente  donde ir muriendo de nostalgia y desamor.

                José A. Fernández Díaz 

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17 noviembre 2015 2 17 /11 /noviembre /2015 01:05
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        “¿De qué depende esa extraña manera de no ser cuando todos esperan que seas y de ser manera cuando deberías ser forma?. Yo no se si sabré sobrevivir al fortísimo ruido de tus disparatadas intenciones y no lo se porque apenas soy capaz de entenderme como parte del problema en el que nos he metido.    

          Mis ideas tienen cierto espíritu libre que las empuja a no ser mías en cuanto ocupan parte del ruido que habita en mi cabeza. No tengo nada mío y ya he comenzado a ir perdiendo la idea de que las locuras que habitan en mi cerebro tienen algún título de propiedad. Es muy posible que me guste pensar que no son mías. No siendo mías, son algo así como okupas insanas que me invaden hasta conquistar lo que soy y lo que no soy y terminan por eximirme de una y mil culpas o, mejor,  kulpas de okupa.

          Depende de qué?... de qué depende?... depende de un hilo, depende de dos hilos y a lo mas de tres hilos, atados en los bordes de alguna que otra nube. Nu-be, si, de esas que cuando se ponen todas juntas nos dejan sin sol y de muy mal humor. Aunque eso también depende de alguna que otra circunstancia atenuante… atenuante… palabreja que se las trae.

          No me llevo bien con las palabras que no me hacen falta. He aprendido a sobrevivir con lo esencial. Son imprescindibles, eso si, el no y el si. Con las otras palabras ya me voy reprimiendo mas,  porque cuantas mas utilizo mas me defino y prefiero vivir desenfocado. Desenfocado, desdibujado y en el anonimato. Me sobran las palabras como me sobran las personas y si usted me pregunta por qué,  yo me limitaré a pensar que no tengo ninguna razón para juntar palabras innecesarias,  con el objeto de construir una respuesta que no  me interesa ofrecerle… entre otras cosas porque terminará siendo una idea nada mía.  

          Todas esas palabras revueltas y retorcidas en espirales de ideas que van dando forma a historias inventadas para llenar vidas vacías o aburridas, dejaron de importarme cuando entendí que, de alguna manera, me invitaban a definirme… Hui de los libros cuando comenzaron a perseguirme para hacerse con mi personalidad y convertirla en un reflejo de sus personajes. Hui de  las palabras porque me recordaban a las piezas con las que están hechas las historias de los libros.

          De qué depende mi huida?... Depende de si mi yo mas exhibicionista es capaz de guardar silencio y de si el local okupado por las ideas que ya no son mías tiene mas o menos ruido. No me gusta ser la cosa que se mueve a gusto de un sistema conformista y estúpidamente  manipulado/r… Si he de ser cosa me reservo la inercia aparente de las montañas conquistadas por la luz y la oscuridad por el día y por la noche…”

           Pues bien, estimados y queridos alumnos, he aquí mi primera dosis de sinrazones. Supongo que alguno habrá llegado a iniciar alguna reflexión sobre estas, mis mas estrafalarias pesadillas, porque lo son… son pesadillas que he terminado por coleccionar. Otros se habrán alegrado de escuchar que, de alguna manera, nada ha sido en serio…¿nada? , ¿seguro?...

          Descansar, volver a casa y descansar, puede que mañana  sea otro día, o no… Depende…

          José A. Fernández Díaz.

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11 noviembre 2015 3 11 /11 /noviembre /2015 00:58
Si ya nadie me lee…

          Aquella noche, sobre la mesa  que compartían en el viejo bar, una botella vacía del entrañable licor de hierbas,  ocupada en sus entrañas por un papel que resultó ser una carta … Arturo, el dueño del local, la señaló y explicó al poeta que su amigo la había dejado allí la madrugada del día anterior, poco antes de cerrar. Relató que había estado llorando y escribiendo sin parar, que liquidó sus deudas con la casa y se fue rogando mantener reservada esa mesa para su amigo y que nadie se apropiara de aquella botella que el fue vaciando a lo largo de la noche… Se fue, se fue cantando y manteniéndose en pie a duras penas.  Arturo terminó diciendo que una mala noche la tiene cualquiera…

          En la carta el poeta pudo leer lo que sigue:

          “Sabe usted, poeta, si tiene sentido explicar el color de los sueños o el sabor de la pasión, aún con los verbos mas simples o las palabras mas a mano, con el corazón abierto, desnudo de defensas y barreras?... Sabe usted, poeta, si tiene sentido escribir para no ser leído y arriesgar a la intemperie las heridas sin saber si vale la pena?...Sabe usted, poeta, que sucede cuando uno se pregunta  para qué escribe y si a ese puñado de espíritus afines puede importarle que uno termine o decida guardarse las palabras, los sueños en voz alta, las historias, la poesía … para siempre en el fondo de su silencio?...

          Hoy, poeta, se me han muerto las ganas. La ilusión se ha ido con la musa a otra parte  y solo pienso en lo que voy a hacer con mis locuras construidas con edificios de letras y palabras, cimentados con sentimientos, ahora heridos de muerte.

          Puede que sea justo, amigo mío; puede que la realidad impermeable, aséptica, vacía de exposiciones innecesarias del yo mas íntimo, me esté expulsando de una tierra que no entiendo ni quiero entender… Es justo, soy yo el extranjero, el extraño, el invasor… el loco de camino a ninguna parte.

          Creo, poeta, que no tiene sentido escribir para no ser leído, dibujarse para no ser visto. Creo, amigo mío, que estas palabras que se me antoja serán las últimas, no tienen el carácter de un reproche o cosa parecida. Son solo mi por que… la explicación de un loco que abandona el mundo en marcha y lo abandona para no volver…

          Gracias Poeta, gracias por tan grata compañía y tantas ilusiones compartidas. Despídame de su Sirena…”

          El poeta no quiso saber, se conformó con lo que tenía en sus manos. Convencido de que la vida está hecha para la libertad aceptó la decisión de su buen amigo. Pidió una botella de aquel licor que impregnaba buena parte de la carta y se fue de allí sin una dirección cierta con el pensamiento perdido y la memoria latiendo con locura…

           La vida…

          José A. Fernández Díaz.   

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19 octubre 2015 1 19 /10 /octubre /2015 00:31
Si tengo que morir.

                Si tengo que morir y es muy probable que eso suceda, tarde o temprano, quiero morir de amor… amando o haciendo el amor. Quiero morir con el corazón ocupado, conquistado, tomado, robado… robado por la locura de un otro corazón… si, de un otro corazón,  capaz de sincronizar  anocheceres y despertares como si fueran los ritmos de una canción un día cualquiera de fiesta.

                Si tengo que morir e irremediablemente  así será, temprano o tarde, quiero morir  de amor… enfermo de un amor agudo y profundo, incurable y mortal.

                José A. Fernández Díaz.

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13 octubre 2015 2 13 /10 /octubre /2015 00:38
Morir a destiempo

Si tengo  que morir

Y es probable que eso suceda,

Quiero morir de amor,

Amando o haciendo el amor,

Con el corazón ocupado,

Conquistado,

Tomado,

Robado por la locura,

 De un  otro  corazón,

Capaz de sincronizar,

Anocheceres,

Despertares,

Resacas,

Tormentas,

Y primaveras.

Si tengo que morir,

Porque no existen opciones,

Quiero morir de amor

Sincronizado.

José A. Fernández Díaz.

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6 octubre 2015 2 06 /10 /octubre /2015 00:59
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               Intentando escribir  una historia para colonizar alguna página  de su blog,  se descubrió hablando de si mismo y no solo a  la pantalla en blanco sino al puñado de fotos  que contaban, de alguna manera, el viaje alrededor de la desesperación y la impotencia.  Habían pasado dos o tres semanas desde que dejará Africa para volver a casa,  sin querer hacerlo. No tenía sentido haber estado, intentarlo y volver cuando comenzaba a ser útil, cuando era capaz de entender que cosas no son posibles y otras  casi imposibles y ciertamente definitivas.

                En Mayo de 2015, en Níger, había afectadas de meningitis mas de 6500 personas y un mes después, médicos sin fronteras,  consiguió  reducir el impacto a solo un dos por ciento de la población pero al sur en Diffa la situación se hace crítica  porque acechan la malaria y la desnutrición y la ayuda humanitaria apenas llega. Por desgracia,  al huir de los conflictos armados en los alrededores del Lago Chad, el acceso al agua potable, la asistencia sanitaria se limitan o pierden…  En julio las lluvias lo complicaron  todo aún mas…la solidaridad de los otros pueblos estaba  desbordada por el número de desplazados…

                Yo llegué allí, a Diffa,  en Diciembre,  para colaborar en la atención de personas afectadas por un brote de Cólera, 270 si no recuerdo mal… Y he vuelto, he vuelto demasiado pronto.

                Cuando dejas aquello y vuelves al “país perfecto” en que vivimos eres incapaz de creer en nada y mucho menos en esa  teórica justicia divina que da de comer a tantos solteros de oro,  enfundados en anacrónicas vestimentas tantas veces adornadas con oro y otros disparates,  que no se molestan en imaginar cuanto puede sufrir el ser humano antes de morir y podrirse bajo el sol o alcanzado por alguna enfermedad de la que ya no se tiene  ni idea en el mundo civilizado… o por un proyectil cargado de ira.

                Cuando dejas aquello y enciendes la televisión terminas por odiarte al sentir que perteneces a esa clase de seres que aceptan el mundo así, desequilibrado, injusto, asesino… enfermo de egoísmo y ceguera… te duele la inteligencia cuando la ignorancia es reina y todo el mundo quiere ser así, como ese gran hermano, esa mujer  insultada por si misma o ese hombre que admiran tanto aquellos otros que no tienen trabajo o comida para sus hijos y que se ha hecho multimillonario no por sus facultades con el balón sino mas bien con las sinrazones de aquellos que lo idolatran…

                Cuando dejas aquello te duele saber que aquí eres un verdadero inútil y que necesitas para vivir lo que aquellos otros no van a tener en toda su vida… Dependes de un estúpido teléfono que ya no sirve para hablar con los demás, cuentas una vida inventada a través de lugares que no existen y donde otros como tu se entretienen engañando e hiriendo, insultando  y perdiéndose como personas  para encontrarse como animales…

                Cuando dejas aquello sabes que la vergüenza se ha venido contigo y sabes que de nada sirve gritar o criticar porque quieras o no tu también estas siendo engullido por la enfermedad de la que nadie se  ocupa porque todos estamos demasiado ocupados enfermándonos…

                Creo que me han abandonado las ganas de contar una historia inventada… quizás mañana.

                José  A. Fernández Díaz.

 

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5 octubre 2015 1 05 /10 /octubre /2015 01:24
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                Cuando llegó el día en que conocí a Alicia comencé a desconocerme a mi mismo.

                Alicia fue algo así como una pirueta en la monotonía del trapecio. Acostumbrado a vivir improvisando  pensé que difícilmente podría sorprenderme algún giro en medio de la realidad,  hasta que llegaron ella y su perfume … y aquella manera de mirar, hablar, besar, sonreír y amar,  con toda la piel pero sin decir te quiero.

                Decir te quiero, me advirtió una de las primeras veces, era  decir adiós. Aprendí a llenarme de ella hasta colmar mis límites sin vaciarme explicando cuanto la iba amando.

                Nos conocimos en medio de una curiosa charla sobre la incuestionable estupidez de la clase política más avezada y el pragmatismo tan lamentable con el que aprendieron a evitar el contacto con aquellos que los eligen. No sé exactamente cuales fueron mis palabras pero si se que ella puso cara de sorpresa  y me tiró un beso que no supe entender. Se acercó mas tarde, para mi sorpresa, con un cigarrillo en la mano y una frase a medio construir…

               -Y usted quien cree que es para…. Que coño, si me ha encantado y daría algo por ver como se lo planta en toda la cara a uno de esos  estúpidos que se sostienen en torres hechas de mentiras…

              -Yo no soy nadie. Soy solo un malabarista que está orgulloso de las ideas en las que cree.

              -Yo soy Alicia… y tu, porque me apetece tutearte, eres Angel. O tal vez me han mentido.

              -No, no soy otro. Soy Angel. Hola Alicia.

              Alli y así comenzó una historia que me hizo dudar donde está el límite entre la realidad y la fantasía. Aquel día supimos que nos íbamos a ver mas veces y así fue. El viernes, muerta la tarde, saliendo de una de las clases nos encontramos y me preguntó si existía alguna buena razón para que no pudiéramos compartir el fin de semana… No se me ocurrió ninguna y nos fuimos,  en un coche que alguien le había prestado,  para algún lugar donde teníamos un lugar para los dos sin más límites que el filo de la madrugada del domingo.

             Dos horas después, mas o menos, con tres bolsas de provisiones en las manos y la ropa que nos quemaba, llegamos a un cuarto piso sin ascensor, de un edificio atrapado por el olvido en una calle con menos que mas luz y mas que menos ruido de fondo… Tuvimos tiempo de encontrar la nevera y colar allí las cervezas y una de las botellas de vino… el resto se quedó allí en el suelo con las chaquetas y algo de vergüenza que no nos hacía ninguna falta. Volvimos pronto en busca de un sacacorchos  y nos dejamos los zapatos…

             Recuerdo que se me antojó estar soñando cuando Alicia clavo en los míos, el brillo mágico de sus ojos negros, iluminados por la luz que llegaba  desde la cocina. Se dejó caer el vestido que antes ceñía aquel cuerpo hasta dibujarlo con una precisión insultante y mi excitación se convirtió en algo tan evidente que,  cuando se acercó, con una mano atrapó mi sexo y con la otra  me liberaba del cinturón,  mientras iniciábamos un primer beso profundo y desesperado.

             Huyendo de su boca resbalé por el cuello hasta llegar a los  pechos,  que desnudé con suavidad, pero me temblaban tanto las manos que decidió ayudarme. Nos fuimos al sofá y allí creí volverme loco acariciando y siendo acariciado, lamiendo y siendo lamido, besando y siendo besado. Cuando llegué al ombligo encontré que de su vientre manaba aquel perfume que se quedó para siempre en mi memoria y que nunca mas adornó la belleza de otra mujer que yo conociera. Era incapaz de abandonar el tacto y el sabor de aquellos pechos aún a pesar de la locura de sus caderas y el jardín perfumado. Seguí hasta arrancar,  esta vez con algo de locura sin contención,  la tela que ocultaba su sexo y allí me encontré con una hermosa  razón para morir en paz con la belleza. Alicia era un sueño con una ausencia de pesadilla. Besé y mordí con  pasión  sus labios salados hasta que no pudimos mas y como no pudimos mas fuimos piel confundida, fundida y herida, pasión derramada, locura sin pausa, causa sin efecto y por fin tras buscarnos y encontrarnos en todos los rincones imaginables de piel, por fin al fin, una primera pero no última  vez aquella noche, llegó feliz locura de morir y resucitar entre espasmos compartidos…

                Descorchamos el vino y bebimos para celebrar la primera vez. Apenas hubo palabras. La respiración ocupaba el silencio de la sala y los ruidos que venían de fuera. A pesar de todo el mundo no se había detenido. La segunda vez, loco por volver a recorrerla, ya en la cama, me sorprendió aprendiéndomela de memoria. Me gustaba tanto que temía no ser capaz de contenerme, de esperarla y sobretodo de ceder a mis sentimientos y confesar que necesitaba decir te quiero…

                Hicimos el amor una vez mas, pero esta vez con la cadencia de quien tiene el espíritu invadido por la felicidad y la confianza de que el tiempo no existe como medida… Que locura  cuando me deshice dentro de su piel mas cálida mientras ella me mordía en los labios para jurarme que iba conmigo, al mismo tiempo,  de camino al infierno…

                Por la mañana, al despertar del día, ella soñaba o eso me pareció, con lo que aproveché para mirarla en silencio y guardármela para siempre en la memoria. Temía que en cualquier momento el ruido de mi despertador me hiciera despertar. Busqué papel y un bolígrafo… solo encontré varios sobres vacios del banco y un lápiz. Comencé a dibujarla con palabras, a explicarla con mi puñado de verbos y soñarla para siempre. Las ganas me invitaban a tocar,  a besar y abrazar otra vez para no parar jamás. Si entraba en detalles la excitación apenas me dejaba pensar y las ganas de decir te quiero se me apelotonaban en los labios.

               Aquella primera vez fue la primera de las otras primeras que vinieron después.

               José A. Fernández Díaz

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3 octubre 2015 6 03 /10 /octubre /2015 10:53
Recorte de una imagen encontrada en internet.

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                Hay que ver como es la belleza, de dónde viene y dónde está. Hay que ver como es la vida,  que hace de la belleza una lectura permanente.

                La belleza somos nosotros, está en la forma de mirar y sentir. La belleza que entra por nuestra manera de mirar es o no es si depende del estado de enamoramiento, el grado de amistad, el odio o el rencor… el odio y la envidia hacen  que la percepción de la belleza se distorsione hasta crear monstruos. Y que curioso que en realidad el monstruo es el que, atrapado por la maldad, odia y odia sin parar, mientras el que ama o quiere es capaz de comprender que la belleza es un concepto sutil y frágil. Somos edad que solo se detiene cuando ya no somos, somos edad que no se detiene, vida que nos castiga, dolor y alegría que nos vuelve locos… somos una realidad cambiante , una flor que se marchita pero que nunca dejará de ser una flor.

                Podemos ser plástico, belleza inventada, construida y ajustada … falsa belleza a la medida de las exigencias del guión que sostiene la farsa… Podemos ser belleza de catálogo, apocalíptica, enferma ,  esclava y dolorosa belleza…

                La belleza está en la manera de mirar y la manera  de mirar está dentro de cada uno.

                José A. Fernández  Díaz. 

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2 octubre 2015 5 02 /10 /octubre /2015 01:05
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                Con la esperanza de encontrar  la puerta de acceso a mi yo interior,  viaje al fondo del supermercado que tengo a dos manzanas de casa. Tengo  por norma acudir a semejantes templos,   cuando los indicadores de desesperanza,  me impiden frecuentar las costumbres mas arraigadas en esa naturaleza mía tan terriblemente bipolar. He encontrado en el contacto con las cajeras una liberación espiritual que mas de una vez me ha acercado a dios.

                La mañana era desapacible y,  con tanta gente buscando abrigo,  no resultaba fácil circular por la acera sin pisar las  líneas de separación entre las losetas.  Esas fisuras en el suelo siempre me han preocupado, aunque tengan la apariencia de algo hecho aposta en realidad presiento que son una ranura con destino al cielo de los malos… y yo soy malo.

                Conseguí llegar a mi supermercado de confianza y lo primero que me encontré fue la mirada comprensiva de la encargada. Una mujer que me vio crecer y decrecer tantas veces que quizás era ella la razón de mis retornos. Nos hicimos un gesto y con eso pareció bastar. Seguí hasta la frutería pues mi viaje siempre comenzaba por perderme para luego buscarme. Las frutas con perfume propio,  color entrañable y formas sugerentes me gustaron siempre, mas que otra cosa,  para volver a otros tiempos en un turbulento y vertiginoso viaje con la memoria. Tomé una bolsa y dos guantes. Metí las manos en los guantes y protegí mi cabeza con la bolsa, luego me dedique a oler de cerca manzanas, peras, plátanos… hasta que una dependienta  de la frutería se acercó para ofrecerme ayuda. Yo necesitaba ayuda pero puede que ella equivocara mis intenciones. Se alejó con la mirada mía clavada en la espalda. Concluí aspirando profundamente una pirámide de naranjas y reflexionando sobre la mitología de las vitaminas aspiradas o esnifadas.

                Al pasar por la sección de mascotas un picor en el muslo derecho me obligó a tirarme en el suelo y rascarme vigorosamente. Una señora que por allí pasaba comentó,  con otra que seleccionada comida para su gato, lo triste de mi situación. Agradecí la preocupación pues la gente no siempre entiende que uno pueda no ser demasiado ortodoxo en la manera de rascarse.

                Por fin me encontré con Alejandra. Alejandra era morena y  pese a mis muchas intentonas y detalles, aún no había conseguido arrancarle un simple si para alguna de mis muchas invitaciones a cenar una mañana cualquiera. La pobre había perdido a su padre dos veces, a su madre tres o cuatro y a sus abuelos… por sus abuelos estaba de luto permanente. Maldita costumbre la de morirse que tiene  la gente. Alejandra lo sabía bien pues perder un padre y una madre una vez es terrible, pero mas de una ya es desolador… Pobre, cómo iba a querer cenar conmigo?.

                Alejandra me saludó con timidez y no se extrañó cuando le pregunté por su madre y su padre… y por la sección de yogures a punto de caducar. Allí me fui, no sin antes pasar por la sección de artículos de camping. Confieso que siento una atracción terrible por las cucharas de plástico  blanco y un miedo inexplicable a los vasos transparentes. De hecho cuando bebo siempre tapo el líquido para no ser capaz de verlo en el momento de llevármelo a los labios. Soy demasiada agua para diluirme en otros líquidos externos,  pero mi médico me aconsejó beber dos litros de agua cada día y casi siempre termino lamiendo el tapón pues las envasadoras no ajustan bien las cantidades…

                Con mi cuchara en la mano me fui a la zona de lácteos y paré un ratito en las neveras de los helados. Como siempre abrí la puerta y metí la cabeza mientras contaba hasta sesenta y nueve veinte veces. Con la cabeza fría y el corazón caliente el mundo se entiende mejor.

                Algo mas relajado y ya junto a los yogures me senté en el suelo, no sin antes desabrocharme el cinturón y cogí un pack de seis yogures de fresa… los destapé todos y con mi método de toda la vida comencé a comer una cucharada  de cada uno. Si todo iba bien debería terminar con una última cucharada el último de los yogures pero si no era así  tocaba volver a empezar. Mientras comía, rezaba en voz alta con infinita devoción.  Es posible que no me hubiera concentrado adecuadamente o el sabor elegido no fuera el correcto, pero lo cierto es que en el último yogur me sobraron cuatro cucharadas… Volver a empezar. Esta vez preferí intentarlo con yogures de melocotón y lo conseguí.  En paz con mi espíritu, me incorporé, abroché el cinturón y emprendí mi camino de regreso a casa. En la caja me esperaban la dependienta y el guardia de seguridad. Pagué,  agradecí su preocupación y salí a la calle  con la curiosa sensación de haber entrado en un tórrido verano espiritual.

                José  A. Fernández  Díaz.

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  • : El blog de atrapado-en-la-esquina-verde
  • : Allí donde los verdes son variados e intensos, los mares furiosos algunas veces y otras tan pacíficos que son como el cielo azul, allí donde la tierra tiene antojos, perversamente montañosa algunas veces, suave y generosa otras, escarpada y escabrosa cuando quiere, fértil siempre; donde el sol se esconde enamorando la mirada o encogiendo el corazón. Aquí estoy gustosamente atrapado y describo el reflejo de mis profundas intenciones... Desde Galicia, mi esquina verde.
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  • Invasor atrapado en el territorio sin límite de los sueños y lo políticamente incorecto... Eterno indignado y perverso militante de causas pervertidas.
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