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23 octubre 2013 3 23 /10 /octubre /2013 01:31

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                Evaristo era eyaculador precoz aficionado. Descubrió semejante cualidad allá por el año 1977, justo cuando  este país comenzaba a ser democrático o algo así. Tenía inquietudes, pero no sabía bien si tenía habilidades para ser político y se dejó llevar.  Tenía la esperanza de que el tiempo pusiera ante sus narices, un día cualquiera, la respuesta.

                Una mañana de aquel año de joven democracia conoció a Eustaquio. Eustaquio tenía una inquietante pasión por Lola Flores y poco pelo en el pecho, cosa que entonces estaba de moda. Se llevaba lo natural, lo que venía de serie. La poda y el desbroce terminaron por imponerse a principios del siglo XXI bajo el  curioso nombre de metrosexualidad.  Lo cierto es que, avanzada la amistad entre Evaristo y  Eustaquio, este último terminó confesando su condición de travesti. Evaristo rompió el hielo con un beso en los morros y un sonoro “ahí queda eso”, con sabor a orujo, todo sea dicho.

                La noche en que Evaristo accedió a ver el espectáculo,  donde Eustaquio imitaba,  casi a la perfección,  a Lola Flores, conoció a Benedicto.  Benedicto era butanero. Curtido por la labor diaria,  ostentaba una generosa espalda modelo colchón individual. Era aficionado a las novelas de vaqueros y a las mujeres que hablaban en francés. Pero no le hacía ascos a Lola Flores. Aquella noche confesó sus inquietudes políticas y su preocupación por cual iba a ser el futuro del país… pronto aquellas dudas distorsionaron, quizá por causa del vino, en una declaración de amor verdadero dirigida a la que entonces era Reina de España. Y no se entendía pues  poco antes se había confesado Republicano. El amor, que entonces ya era ciego. Abandonaron el local juntos  Evaristo algo excitado, Eustaquio, con un poco de rímel en los ojos y Benedicto que cantaba la internacional a duras penas. Abordaron el 2 Caballos rojo del butanero y se perdieron entre las calles tristes de la breve ciudad dormida.

                En una parada de autobús, sin grandes esperanzas, aguardaba Zacarías. Leía, “Ulises”,  bajo la pobre luz de una farola. Conscientes los pasajeros del 2 Caballos de que tenían sitio para uno mas, coincidieron en gritar alto,  a pocos metros de la parada. Zacarías se colgó en la oreja  el lápiz que tenía en su mano derecha y con el que subrayaba el libro, fijó la página con un pequeño doblez y se acercó al vehículo detenido. Accedió a que lo llevaran tanto mas cuanto que no iba a pasar ningún autobús hasta las primeras horas de la mañana. Tenía su libro para pasar las horas y poco que hacer en otro lugar. No dijo a donde iba y nadie se preocupó de preguntar. Se pusieron en marcha y preguntaron a Zacarías por qué ese libro. Había encontrado aquel libro olvidado en el banco de una iglesia. ¿Y tu que hacías allí?,  preguntaron con extraña curiosidad.   Yo- se preparaba a contestar- yo dormía hasta que me despertó una incondicional de Cristo, cuando rascaba una cerilla para encender  una vela.

                Viajaron, animados por la conversación, durante una hora tal vez y llegaron al aparcamiento de una playa. Bajaron y tras quitarse los zapatos caminaron un rato por la arena hasta que encontraron a una pareja de amigos que fumaban y bebían mientras conversaban. Desde la arena dos hombres se presentaron. Uno era Victoriano, viudo y  feliz, soldador en un pequeño astillero del lugar, consumidor empedernido de licores dulces y tapas saladas. El otro era Raimundo, pescador aficionado a la fotografía erótica y a los bocadillos de chorizo con tomate.

                La noche avanzaba mientras compartían vino, ilusiones, alguna que otra canción, esperanzas y las primeras alegrías de una nueva amistad que iba a ser para toda la vida, si bien entonces nada sabían.

                Terminaron presos, todos juntos, mas de una vez y mas de cien veces se emborracharon y bailaron hasta perder el sentido.

                Yo me los encontré, por casualidad, a todos juntos en un bucólico cementerio, mientras me entretenía haciendo fotos. Leí uno a uno sus epitafios; guardaban un orden y contaban entre densas líneas gravadas sobre la roca, la concisa historia de una amistad capaz de superar los rigores de una vida cualquiera pero plagada de sentimientos, dudas, miedos, dolores y también alegrías.

                Me gustó y me quede  con la la última frase en la lápida de Evaristo: “ahí queda eso”…

                José A. Fernández Díaz

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  • : Allí donde los verdes son variados e intensos, los mares furiosos algunas veces y otras tan pacíficos que son como el cielo azul, allí donde la tierra tiene antojos, perversamente montañosa algunas veces, suave y generosa otras, escarpada y escabrosa cuando quiere, fértil siempre; donde el sol se esconde enamorando la mirada o encogiendo el corazón. Aquí estoy gustosamente atrapado y describo el reflejo de mis profundas intenciones... Desde Galicia, mi esquina verde.
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