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20 febrero 2017 1 20 /02 /febrero /2017 00:05
Imagen encontrada en internet

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        Parece que la vida es un poco cosa de uno mismo y mucha cosa de todo lo demás.

        Eulogio se había enamorado, mucho, de María Cristina.

       Ella, María Cristina, se había dejado; se dejaba, con pasión enfermiza, entre las paredes repletas de libros de la Biblioteca Municipal… se dejaba las horas que exigía su contrato y otras que prefería hurtar de la realidad exterior. Allí sabía ser feliz.

    La pequeña ciudad, donde habitaba aquella biblioteca, se moría a trozos, pedazos, capítulos, episodios… Se moría lentamente a veces, y otras, con tanta prisa, que dolían las calles; dolían de silencio. La vida; el ruido de la vida, se había ido a otra parte. Eulogio lo encontró en la biblioteca; y María Cristina sabía que siempre había estado allí.

      En aquella casa se conocían todos y todos, que curioso, eran habitantes anónimos, que se sabían de memoria en superficie pero poco más.

     Eulogio leía, escribía y solo disfrutaba con el cine que encontraba allí. Cuando notó el amor por primera vez y se percató de que lo había contraído o se lo había provocado María Cristina, escribió un puñado de líneas de un tirón. Antes de volver a casa, antes de abandonar la biblioteca, esperó a que ella estuviera ausente de su mesa y, entonces, dejó el libro con el que había estado entretenido viajando sin miedo. Asomaba por uno de los bordes un trozo de papel.

     María Cristina encontró aquel libro, el papel y la magia de una intensa confesión sobre su escritorio. Tras leer con prisa quiso llorar de inmediato pero no pudo ser. Puede que el resto de los habitantes de aquel lugar no hubieran entendido que era posible llorar sin un libro entre manos o sin la vida respirada con furia.

     Aquella noche apenas dilató su horario, apenas se excedió en su habitual generosidad. Antes de activar la alarma volvió a leer y con los nervios equivocó el código un par de veces. Llevaba, para ver en casa, una maravillosa película, “antes del amanecer” y aquel libro donde Eulogio había dejado su declaración de amor.

     “Solo tu tienes la culpa; solo yo tengo la dicha. Solo sabe el ruido de esta casa de silencios, cuanto te miro y como te escucho; y de que modo se me olvida que existe una medida del tiempo que me desespera fuera, en la calle, donde tú no estás… y puede que yo tampoco. Hoy me apetece decirte que te quiero. Te quiero María; te quiero Cristina. Te quiero toda junta o a suspiros… así te quiero. Con mis sueños a flor de piel… espero que sepas perdonarme porque sé que no debo, pero no se como no hacerlo.”

     Hubiera querido ser aquella joven protagonista y encontrarse en un tren con destino a Viena, un poco de vida compartida y la ilusión de una noche para llenarse el alma con destino al amanecer… solo hasta allí.

     Mientras tanto, Eulogio, con un insoportable dolor en el pecho, de camino a Urgencias, pensaba en la vida como si no fuera otra cosa de esas que pretendían no estar para cuando tuviera ganas de despertar…

      Amaneció…

     Aquella mañana la ciudad pequeña se iba a morir un poco más; María Cristina no tendría manera de ocultar un llanto sin límites, sobre el periódico del día; el amor nuevo había perdido una oportunidad y Eulogio ya no estaba.

      José A. Fernández Díaz

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Published by atrapado-en-la-esquina-verde
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  • : Allí donde los verdes son variados e intensos, los mares furiosos algunas veces y otras tan pacíficos que son como el cielo azul, allí donde la tierra tiene antojos, perversamente montañosa algunas veces, suave y generosa otras, escarpada y escabrosa cuando quiere, fértil siempre; donde el sol se esconde enamorando la mirada o encogiendo el corazón. Aquí estoy gustosamente atrapado y describo el reflejo de mis profundas intenciones... Desde Galicia, mi esquina verde.
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  • Invasor atrapado en el territorio sin límite de los sueños y lo políticamente incorecto... Eterno indignado y perverso militante de causas pervertidas.
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