Allí donde los verdes son variados e intensos, los mares furiosos algunas veces y otras tan pacíficos que son como el cielo azul, allí donde la tierra tiene antojos, perversamente montañosa algunas veces, suave y generosa otras, escarpada y escabrosa cuando quiere, fértil siempre; donde el sol se esconde enamorando la mirada o encogiendo el corazón. Aquí estoy gustosamente atrapado y describo el reflejo de mis profundas intenciones... Desde Galicia, mi esquina verde.
“Siempre que te pregunto, que cuando, como y donde, tu siempre me respondes; quizás, quizás, quizás…”
Junto con la noche llegó la lluvia…una lluvia casi eterna que barnizó las calles y acomodó el ambiente a un ritmo nuevo, placentero… Pocas almas sobre los adoquines… apenas unas pocas, pensativas, apuradas, soñadoras… Algunas atrapadas bajo generosas cornisas mirando llover entretanto y sin mas.
Cuando se encontraron la lluvia golpeaba con cierta furiosa intención la carne de las calles… Cuando se miraron, la melodía de un inolvidable bolero inundaba el breve espacio que compartían… Cuando se abrazaron, para conocer el color de las voces, la lluvia se había convertido en una deliciosa excusa… Cuando comenzaron a bailar suavemente, sin apenas abandonar el espacio protegido bajo la cornisa, navegaba por las calles el ritmo y letra de un bolero…
“Y así pasan los días, y yo hay desesperando, y tu, tu, tu contestando; quizás, quizás, quizás…”
Cuando dejaron de mirarse en los ojos el uno de la otra y también al revés, llenaron la ausencia con un beso largo, sin bordes ni límites, sin principio ni fin, sin razones o consecuencias… un beso de esos que nacen de la nada y permanecen en la memoria para alimentar el deseo…
Cuando recuperaron la capacidad para mirar con los ojos de la mayoría se descubrieron reflejados en el espejo de un gran charco y la música al fondo, sobre todas las cosas:
“Estas perdiendo el tiempo, pensando, pensando; por lo que mas tu quieras, hasta cuando, hasta cuando…”
El miró la mirada tímida de ella y luego volvió a la otra realidad sobre el charco… Ella miró como la miraba desde el espejo, construido por la lluvia, donde se reflejaba además una cifra: 20 46 … 2046…
El deseaba amarla como había soñado bajo la lluvia, sin más… Ella soñaba con que aquel desconocido la amara…
La historia de lo podría haber sido se perdía poco a poco a medida que la lluvia iba cediendo, poco a poco al tiempo que aquel hermoso bolero terminaba…
“Hay, y así pasan los días, y yo hay desesperando, y tu, tu, tu contestando; quizás, quizás, quizás, quizás, quizás, quizás, quizás, quizás, quizás….”
José Angel Fernández Díaz.