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Allí donde los verdes son variados e intensos, los mares furiosos algunas veces y otras tan pacíficos que son como el cielo azul, allí donde la tierra tiene antojos, perversamente montañosa algunas veces, suave y generosa otras, escarpada y escabrosa cuando quiere, fértil siempre; donde el sol se esconde enamorando la mirada o encogiendo el corazón. Aquí estoy gustosamente atrapado y describo el reflejo de mis profundas intenciones... Desde Galicia, mi esquina verde.

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Que la fuerza me acompañe

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                “Tal vez equivocado me he, mas de una vez equivocado me he… Siempre ha de haber dos, ni más ni menos. Un maestro y un aprendiz…”

                Se terminan poco a poco los últimos minutos de mis 47 años. Pronto serán 48 ni mas ni menos. Lo curioso es que en este último año he llegado a mas de una conclusión que como buen aprendiz he de agradecer a mi maestra que es la vida. Hoy se que mi ignorancia crece con los años y la experiencia se me antoja algunas veces una pesada e inútil carga, a veces… no siempre. Consciente de esta condición de ignorante confeso y desvergonzado me gusta escuchar a los demás y aprender a contrastar. No me conformo con mis heridas de serie. Los demás también las tienen y si me dejan miro. Luego me hago otras y otras para que la reflexión no se quede en el paro.

                Hoy por la mañana me encontré en el espejo con un tipo curioso pero aburrido. Resulta que el reflejo de mi yo me  mira con unos ojos azules algo cansados de trasnochar y de consumir literatura y cine para soñadores, con los de llorar sin temor o los de atrapar la belleza del rincón donde le ha tocado vivir… me mira como el Yoda. Como el pequeño personaje de la Guerra de las Galaxias, habla mal y tiende a conservar cuatro pelos, mal colocados, sobre la superficie que tapiza el lugar donde se esconde su máquina de construir locuras.  Sin ser maestro de nada pero si torpe aprendiz de todo,  me siento un poco Yoda. Soy capaz, eso si,  de mantener, si es necesario, una lucha descarnada,   armado con mi vetusta espada laser para enfrentarme con alguno de los poderosos habitantes del lado oscuro. Mi vetusta espada laser está construida de viejas nuevas ideas que me voy trayendo  conmigo cada vez que salgo de paseo por la galaxia donde habitan mis sueños.

                Sin duda de quien mas aprendo es de mis hijos y de mi compañera. Ellos me enseñan a medir mis limitaciones a tasar mi insuficiencia y a reconocer que tengo todo por aprender.  No recuerdo haber reflexionado sobre la muerte cuando tenía tres años y sin embargo mi hijo Lucas mantenía con Andrea hace unos días una conversación curiosísima.

“Yo no me quiero morir –decía Lucas-

                Te vas a morir cuando seas muy viejo, no te preocupes –replicaba Andrea-

                Yo no me quiero morir nunca –responde Lucas tajantemente-

                Pues para vivir siempre, para que no te mueras te tiene que morder un vampiro –contestó Andrea-

                No, yo no quiero que me muerda ningún vampiro –dijo Lucas rotundo-.

                Pues no se me ocurre otra solución –dijo Andrea impotente-…”

                ¿Qué podía aportar yo a semejante conversación?... Nada. Aprendo con ellos y no sé bien que pueden llegar a aprender de mi. Defiendo desde que tengo memoria valores e ideas que he visto violar cruelmente por otros que presumían de pensar igual que yo pero dotados de ese fuerza que los arrastra al lado oscuro: el poder. Yo he tenido esa fuerza en algún momento de mi vida y confieso que llegó a asustarme y no por el efecto que provocaba en mi sino mas bien por la intensidad con la que arrastraba a mis compañeros al lado oscuro…

                Dice el Yoda en algún lugar de la Guerra de las Galaxias: “la guerra no le hace a uno grandioso”… y yo estoy convencido de que lo que nos hace grandes es aprender a conocernos e interpretarnos a nosotros mismos de la mejor manera posible en medio de las batallas. Odio odiar, prefiero retirarme a tiempo y aprender de mis heridas. Este año me ha dado alguna lección que seguramente terminaré por olvidar, pero que intentaré escribir en algún lugar… tal vez  para concluir que la experiencia,  como herramienta de prevención,  tiene el mismo valor que  un libro sin abrir para un personaje como el que llevo dentro de mi.

                Me preocupa un poco no ser coherente con la edad que se supone que tengo. Aún me extraña escuchar aquello de “buenos días señor”, “señor”… señor yo?... Imposible. Conservo intacta mi manera de entender la vida y si bien cuando me miro en el espejo ya no me veo pinta de DJ, tampoco soy capaz de asumir esa condición de persona mayor. Ya no tengo edad para ser delincuente juvenil…

                Supongo que mañana por la mañana, ya con 48 años, me miraré al espejo, saludaré a la imagen que me describe y le diré en voz alta, sin miedo ni vergüenza: Angel… ¡que la fuerza te acompañe!...

                José A. Fernández Díaz

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