Allí donde los verdes son variados e intensos, los mares furiosos algunas veces y otras tan pacíficos que son como el cielo azul, allí donde la tierra tiene antojos, perversamente montañosa algunas veces, suave y generosa otras, escarpada y escabrosa cuando quiere, fértil siempre; donde el sol se esconde enamorando la mirada o encogiendo el corazón. Aquí estoy gustosamente atrapado y describo el reflejo de mis profundas intenciones... Desde Galicia, mi esquina verde.
La luna se había puesto a reinar en la noche colmada de estrellas. No había alcanzado toda su redondez pero llamaba a la mirada con una intensidad desconcertante. Para cuando me la encontré flotaba sobre una columna que anunciaba el camino de Santiago con una insignificante placa de cerámica. A los lados de la columna una reja cubierta por la piel de la rabia atada de tal manera que había soportado algunos temporales de vientos crueles y lluvias furiosas. La noche era pacífica, dolorosamente pacífica.
La desazón me había llevado allí. Fui encontrando aquella muralla de ropas de trabajo atadas por quienes no tienen lugar donde emplearlas, porque han sido despedidos, rechazados por el sistema, olvidados o sustituidos por otros intereses… también las de hombres y mujeres que miran y sufren, que escuchan y temen por su futuro. Miraba desde el otro lado de la carretera la muralla que protegía la integridad de máquinas detenidas bajo la luz fría de la luna… Poco a poco me dejé caer al pie de un árbol, sobre la acera abandonada, apenas iluminada por tristes farolas.
Aquella reja ocupada, conquistada por una curiosa y permanente forma de protestar, estaba fabricada con barras de hierro que arañaban el cielo de la noche con sus amenazantes puntas de lanza… Se hizo con mi memoria el pasaje de una novela leída en mi adolescencia. En Casa de Campo, José Donoso contaba como era la finca donde habitaban los amos que vivían de explotar y esclavizar a los indígenas del lugar. Explicaba que la hacienda estaba rodeada por un cerrado compuesto de barras de metal terminadas en punta afilada como la de las flechas y que tenían por objeto impedir el acceso y reprimir un posible ataque de los que ellos llamaban salvajes… Un día, uno de aquellos esclavos descubrió que haciendo un poco de fuerza era posible arrancar aquellas “lanzas” y se lo comunicó a todos y cada uno de los explotados indígenas. Cuando el amo se enteró tenía su casa rodeada por las armas con las que había construido su muro y la rabia esperaba a que tuviera el valor de salir… salió pero no volvió a entrar.
Aquella reja iluminada por la luna triste, también estaba construida con hierros terminados en puntas de flecha, pero el amo se pasea con la prepotencia de quien se sabe protegido por otros amos capaces de reprimir ataques de ira con la fuerza de su sinrazón… Un día sin embargo, un día cualquiera alguien sabrá como arrancar las flechas del muro y hará salir al amo para recuperar su libertad…
José A. Fernández Díaz