Allí donde los verdes son variados e intensos, los mares furiosos algunas veces y otras tan pacíficos que son como el cielo azul, allí donde la tierra tiene antojos, perversamente montañosa algunas veces, suave y generosa otras, escarpada y escabrosa cuando quiere, fértil siempre; donde el sol se esconde enamorando la mirada o encogiendo el corazón. Aquí estoy gustosamente atrapado y describo el reflejo de mis profundas intenciones... Desde Galicia, mi esquina verde.
Adoraba la paz limpia de las noches ocupadas, colmadas, compartidas; tanto que había construido rutinas donde no entraba otra cosa que cierto silencio ficticio, la magia de de una pantalla en blanco, una gran taza de café y una pequeña isla de luz sobre la parcela que ocupaba para inventarse algunas maneras complicadas de explicar la vida vivida y también la deseada.
Aquella noche, delante de la pantalla en blanco, cerró los ojos con el objeto de buscar una primera palabra para tirar de alguna historia atrapada tal vez entre las paredes mágicas y entrañables de su esquina verde. De repente sintió que tras escribir la primera palabra, una fuerza extraña tiraba de él hacía el interior de una historia. No era él quien escribía. Sintió que poco a poco se iba convirtiendo en personaje. Alguien escribió Ángel y luego una frase que lo involucraba en una estrafalaria y también romántica trama. Quiso negarse intentando borrar las frases que aparecían en el falso folio de la pantalla, pero pronto descubrió que nada dependía de su voluntad…
Leyó con preocupación como la historia tomaba formas y giros comprometidos llenos de verdades, de anécdotas y amores vividos, de esos que él nunca se atrevió a reconocer y mucho menos utilizar para ilustrar alguno de sus sueños escritos tras la media noche. El estilo era próximo al que el utilizaba, tanto que no hubiera dudado en reconocer como propio aquello que él sin embargo nunca hubiera escrito.
Escribía casi sin parar una historia propia, cruda y demasiado real para ser creíble. El se la creía porque estaba construida a golpe de ensayos, de desamores y locuras con las que había aprendido a conjugar el verbo amar, vivir, llorar, sufrir… en todos los tiempos menos en las formas de futuro, pues para el futuro había reservado la esperanza sin más. Había escuchado decir que el futuro no existe y puesto que de filósofo tenía más bien nada. Jamás hizo otra cosa que entretenerse revisando el pasado, construyendo presente entre días y noches y como si eso fuera poco, nada más…
Aquello tenía que suceder alguna vez, tarde o temprano. No es normal sentarse delante de una página en blanco y comenzar sin la menor idea de cómo comienza y termina una historia de la que no se sabe absolutamente nada. De tanto tirar por el hilo de historias desconocidas terminó por descubrir que al final de uno cualquiera estaban él y su realidad vivida.
Comenzó a preocuparse cuando el relato comenzó a ir más allá de su presente. En un momento determinado dejó de leer lo que conocía bien porque lo estaba viviendo, para adentrarse en lo que iba a suceder con su vida.
Escribió involuntariamente y Leyó lo que sigue:
“Ángel había cumplido 48 años y la primera noche tras aquel suceso, decidió escribir y encontró que el texto que iba apareciendo en la pantalla de su ordenador hablaba de él, de su pasado y de su presente y pronto la emprendió con su futuro… justo al llegar al lugar donde esto iba a suceder escribió…”
“Escribió involuntariamente y Leyó lo que sigue:
“Ángel había cumplido 48 años y la primera noche tras aquel suceso, decidió escribir y encontró que el texto que iba apareciendo en la pantalla de su ordenador hablaba de él, de su pasado y de su presente y pronto la emprendió con su futuro… justo al llegar al lugar donde esto iba a suceder escribió…”
“Escribió involuntariamente y Leyó lo que sigue:
“Ángel había cumplido 48 años y la primera noche tras aquel suceso, decidió escribir y encontró que el texto que iba apareciendo en la pantalla de su ordenador hablaba de él, de su pasado y de su presente y pronto la emprendió con su futuro… justo al llegar al lugar donde esto iba a suceder escribió…”
Y así indefinidamente hasta percatarse de que estaba atrapado en un bucle incontrolado…
José A. Fernández Díaz