Allí donde los verdes son variados e intensos, los mares furiosos algunas veces y otras tan pacíficos que son como el cielo azul, allí donde la tierra tiene antojos, perversamente montañosa algunas veces, suave y generosa otras, escarpada y escabrosa cuando quiere, fértil siempre; donde el sol se esconde enamorando la mirada o encogiendo el corazón. Aquí estoy gustosamente atrapado y describo el reflejo de mis profundas intenciones... Desde Galicia, mi esquina verde.
La tarde lluviosa, algo fría, de un domingo de mayo…desapacible, poco propicia para visitar un zoológico pero, los niños; había que pensar en los niños… por ellos estábamos allí, paseando por breves y escuetos senderos que poco a poco nos iban sorprendiendo con curiosas poses y situaciones de animales conocidos y por conocer… Llovía algunas veces y algunas veces nos regocijábamos en las treguas, con un sol tímido y ajeno, descubriendo luces y colores que mutaban con locura siempre inexplicable…
Tenía algo de magia aquel lugar que apareció, por casualidad, en medio de nuestro camino a otro lugar, donde nadie nos esperaba y donde no existía la prisa o una hora para comenzar o para terminar… éramos un poco libres aquella tarde, aquel día… También un poco prisioneros… ese nuestro antojo de ser padres nos robaba algo de tiempo para amarnos bien y mejor…
No sé como, al final de un sendero, nos encontramos con un gran invernadero donde entramos sin dudar… No leímos en la reseña cual era el contenido de aquel lugar… Fue traspasar el ínfimo espacio que separaba el exterior frio y lluvioso de un interior que pretendía ser una réplica de las condiciones de temperatura, luz y humedad de algún lugar del Amazonas. Allí, en el interior, nos encontramos con maravillosas especies de plantas e insectos que solo habíamos visto en el cine o en algún documental…
Cuando, ilusionado, acerqué el visor de mi cámara al ojo izquierdo, encontré que el objetivo estaba cubierto por una fina capa de vaho fruto de la diferencia de temperatura y la humedad. Limpié el cristal y me dediqué a escuchar las voces de Marta y nuestros hijos entre la música suave y cadenciosa que llenaba el lugar y llenaba el tiempo y el espacio de paz y tranquilidad… pronto descubrí que nos habíamos internado en un pequeño paraíso donde revoloteaban y jugaban, entre flores maravillosas, mariposas de colores e incluso de alas transparentes…
Miré a Marta entre las flores, desde un lugar donde ella, despistada, no me veía. Recordé como aprendí a quererla queriéndola, con una locura que me hizo girar la vida que tría conmigo hasta convertirla en algo que ofrecer… ella lo merecía. Me enamoré hasta de la manera en que guardaba silencio… y la que tenía de decir “adiós” y también “hola”… Me gustaba mirarla sin que supiera que me robaba imágenes para llevar conmigo al mundo de los sueños… Ahora, Marta entre las flores del invernadero y yo atrapando mariposas con mi cámara, mientras los niños jugaban a dibujar piruetas en el casi-silencio grato de aquel lugar mágico…
Justo cuando nos encontramos Marta y yo en un lugar del invernadero y nos entreteníamos hablando de plantas y mariposas; desde una puerta lateral vemos como entran dos hombres; uno joven y otro mayor… El mayor de aspecto entrañable, paternal, se dirige a nosotros y comienza a contarnos que la mejor hora para disfrutar de las mariposas es por la mañana; que a la hora en la que nos encontrábamos ya dormían en las hojas de los árboles y arbustos… las señaló mientras nos contaba cuan hermosas eran… “Esa grande de alas ahora cerradas y marrones- dijo- posee un hermoso color azul cuando las despliega para volar… es muy difícil fotografiar el color azul… es preciso ser muy rápido… Es maravillosa”…
“Se han fijado en estas –dijo señalando un gran grupo que colgaba de las hojas, clavándome una mirada pacífica, dulce y cariñosa-, hay muchas: una, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve, diez…once…” Pensé que las iba a contar todas, pero se detuvo justo cuando llegó a once… “once, once” –repitió mirándonos a los ojos- “once, hermosas mariposas y muchas mas…”
Se despidió de nosotros amablemente y me pareció escuchar como repetía por el sendero “once, once hermosos años como mariposas…”
De vuelta a casa llevaba conmigo un regalo para compartir… es posible que Marta no se percatara, despistada como siempre, de que un domingo 19 de mayo, de hace 11 años nos casamos… “once, once hermosos años como mariposas …”
José Angel Fernández Díaz