Allí donde los verdes son variados e intensos, los mares furiosos algunas veces y otras tan pacíficos que son como el cielo azul, allí donde la tierra tiene antojos, perversamente montañosa algunas veces, suave y generosa otras, escarpada y escabrosa cuando quiere, fértil siempre; donde el sol se esconde enamorando la mirada o encogiendo el corazón. Aquí estoy gustosamente atrapado y describo el reflejo de mis profundas intenciones... Desde Galicia, mi esquina verde.
Llovía con furiosa intensidad, estrepitosa persistencia y con clamoroso ruido sin origen determinado… llovía como si nunca lo hubiera hecho o fuera la última vez… El cielo no era mas que una masa densa de grises y blancos sucios, también algún que otro generoso giro al negro... Los tejados habían perdido las formas, las aguas vigorosas volaban por sobre los vierteaguas y canalones hasta construir cientos de cataratas urbanas que regalaban un extraño espectáculo a los pobres habitantes de la calle…
Mal día para quedar… buen día para quedar… me gusta la lluvia. Me encanta respirar el olor de ciudad cuando llueve y del campo tras la lluvia y del mar antes y después de cualquier cosa… también de la lluvia…
Habíamos quedado frente a la tienda donde habitualmente comprábamos fruta. Lo habíamos hecho de manera torpe y poco concisa… yo lo había hecho, torpemente, con prisa, muerto de deseo… enamorado de punta a punta. Recuerdo que ella me miró, algo perpleja y a cuanto sugerí dijo que si… Luego era así, habíamos quedado allí y a la hora que el reloj estaba a punto de alcanzar. Por fin.
Llevaba conmigo una buena colección de mis poesías, de mis poesías dedicadas a ella y a nadie mas. No sabía escribir nada que no llevara su olor, el color de su mirada, la luz de su pelo, el tono de su voz… y no sabía su nombre. Me hubiera gustado tenerlo para escribirlo sobre alguno de mis párrafos o construir alguna rima.
Había llegado el momento y llovía…llovía con locura. Cada vez que un
paraguas asomaba por la esquina me saltaba el corazón. Pasaba el tiempo y por las calles corrían ríos de aguas descontroladas que arrastraban sueños, me fijé bien…sueños.
Pasó una hora y luego, con menos prisa, otra… No iba a venir. Aunque la lluvia no hubiera colonizado la tarde, ella no acudiría a nuestra cita, no claro que no. Los amores inventados corren en una sola dirección. El mío huía bajo la lluvia.
Tomé uno de los poemas e hice un barquito de papel que pose sobre la calle inundada… miré como se alejaba. Al primero le acompañó un segundo y luego otro y otro más hasta que me quedé con la última de mis poesías… “se que vendrás, eres manantial de donde beben las esperanzas que me quedan”, leí …
Calle arriba, con dirección a mi venía, con unos cuantos papeles empapados en la mano aquella mujer con la que había quedado una tarde lluviosa de hace tal vez un año… Reconocí mis poemas y también que, de repente, la historia se repetía para explicarme como es la cara del dolor…
Ella, aquella mujer, con mis poemas en la mano, se acercó, me miró a los ojos y me pidió perdón por haberse equivocado de calle, de día y de año.
Miré al cielo, respiré hondo y juntos echamos a andar resignados, calle arriba, bajo la lluvia.
José A. Fernández Díaz