Allí donde los verdes son variados e intensos, los mares furiosos algunas veces y otras tan pacíficos que son como el cielo azul, allí donde la tierra tiene antojos, perversamente montañosa algunas veces, suave y generosa otras, escarpada y escabrosa cuando quiere, fértil siempre; donde el sol se esconde enamorando la mirada o encogiendo el corazón. Aquí estoy gustosamente atrapado y describo el reflejo de mis profundas intenciones... Desde Galicia, mi esquina verde.
Ella tenía facultades y yo tan solo despropósitos. Adoraba su capacidad para colorear los días grises y arrancar a la lluvia torrencial la música y el olor de una tarde cualquiera de verano a rebosar de felicidad. Me volvía loco, más loco, aquella luz de su mirada, cuando, tras el efímero chispazo de la pasión, se me caían los “te quiero”, de entre los retazos de la respiración alocada…
Me gustaban sus extraños paseos rodeada de gatos y gatitos por los senderos dibujados entre las flores del jardín trasero y su manera de ponerles nombre, para luego construir canciones, que salpicaban de disparatadas rimas la tarde inmensa de la primavera …
Nos mirábamos, con frecuencia, a lo lejos, ella desde el balcón, la piel desnuda, completamente desnuda, y yo con mi pincel preparado para describir entre trazos torpes y alocados, una manifiesta incapacidad para explicar que, sin mirar el lienzo no se puede pintar ni bien ni mal… entonces la mirada se posaba sobre su piel y se perdía en espacios grandes y pequeños; atrapada, gratamente atrapada indefinidamente… Podía morir de hambre y sed mirando, simplemente mirando.
Me gustaba su manera de comer manzanas, golosa, placentera… y también el sabor a fruta madura, de la piel de sus labios, rojos como las fresas maduras a rabiar, que recolectaba y que me traía entre sus manos que acariciaban como nadie.
Me gustaba el perfume de su pelo mojado, en la playa, sobre la arena conquistada tan solo por nuestras huellas y el sabor a ola de su boca fresca bajo el sol…
Ella era el horizonte de mis sinrazones, el límite de mis locuras y la explicación más creíble de todas las historias que me hubiera gustado escribir y también vivir. Me gustaba porque se parecía al yo que quería ser o al yo que no era.
Me gustaba su manera de mirarme tras leer alguna de mis disparatadas poesías y su manera de mentir tan lamentable y despreocupada, sobre quien había dado cuenta del último trozo de tarta… el gatito… ¿Cómo que el gatito?... si, el gatito gris… lo miré preocupada mientras huía con tu trozo de tarta… Me gustaban sus besos con sabor a chocolate del último trozo de tarta.
Ella me enseñó a amar, a entregarme entero, hasta desconocerme al final; a amar de verdad, sin norte ni sur...sin ayer ni mañana… amar, amar hasta olvidar que existe el aire o la luz… me enseñó a amar sin decirme nunca “te quiero”…
Una mañana, aquella mañana, tras el amor, me miró como nunca a los ojos y dejó caer un beso largo e intenso sobre mi boca, otro sobre el pecho agitado y un primer “te quiero”. Al mediodía descubrí que también se trataba del último.
Me gustaba cuando decía, jugando, que cuando se le escapara un “te quiero”, desaparecería para siempre… me gustaba porque creía que jugaba…
José A. Fernández Díaz.