Allí donde los verdes son variados e intensos, los mares furiosos algunas veces y otras tan pacíficos que son como el cielo azul, allí donde la tierra tiene antojos, perversamente montañosa algunas veces, suave y generosa otras, escarpada y escabrosa cuando quiere, fértil siempre; donde el sol se esconde enamorando la mirada o encogiendo el corazón. Aquí estoy gustosamente atrapado y describo el reflejo de mis profundas intenciones... Desde Galicia, mi esquina verde.
Mas que verla nos vimos, porque ella, en realidad, se sabía mirada, y hasta deseada. Deseada, pero no de cualquier manera, tampoco de cualquier forma y mucho menos por cualquier razón; deseada, si, deseada pero con locura sentimental, ajena al tacto… deseada de esa manera estrafalaria que ella no podía imaginar y que para mí era la esencia, el soporte de otras clases de deseo.
Estaba dispuesto a renunciar poco a poco a los límites marcados por mi estúpida idea de amor si fuera preciso y si fuera preciso, también abandonaría inmediatamente el breve aunque complejo espacio de mi nave para acercarme y conocer el mensaje inscrito en el perfume de aquella piel que sin querer alimentaba mi locura desenfrenada.
Sin límites la vida es más apetecible…
Ella era mi horizonte, pero no mi límite. Sabía que luego juntos, quizá, tal vez podríamos conquistar otros universos.
Le hice luces por entre las nubes; modifique la trayectoria, giré como el loco que soy y a punto estuve de partirme en mil colores contra las barras blandas de un arcoíris inoportuno… esperaba un gesto con la mano, un “ven”; pero ella sin inmutarse miraba al cielo gris, extemporáneo, de la primavera viva, mientras yo giraba y giraba dibujando corazones entre nubes y nubarrones.
Tampoco andaba muy sobrado de combustible, así que decidí jugármela e intentar una última maniobra…
Desperté y posé un largo e intenso beso sobre los labios dulces de decir “te quiero” que tantas veces me dibujan un “buenos días soñador”…
José Ángel Fernández Díaz