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Allí donde los verdes son variados e intensos, los mares furiosos algunas veces y otras tan pacíficos que son como el cielo azul, allí donde la tierra tiene antojos, perversamente montañosa algunas veces, suave y generosa otras, escarpada y escabrosa cuando quiere, fértil siempre; donde el sol se esconde enamorando la mirada o encogiendo el corazón. Aquí estoy gustosamente atrapado y describo el reflejo de mis profundas intenciones... Desde Galicia, mi esquina verde.

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Espejismo

 

          espejismo          No aprendió a nadar porque era feliz en su orilla.

          Se inventó un idioma propio para explicar el calor de sus sueños y el color de las tardes de lluvia.

          Aprendió a alimentarse de ilusiones y esperanzas que colmaban la vieja despensa heredada de algunos viejos maestros.

          Conoció el amor una vez después de otra y otra mas tarde hasta que se descubrió infiel a sus sentidos.

          Aprendió a leer  tarareando palabras dibujadas sobre la música de las canciones.

          Olvidó odiar porque descubrió que los días tenían la peculiaridad de perder horas de luz.

          Tocaba la guitarra mirando al sol morir sobre el horizonte falaz.

          Miraba a los ojos de los mayores  cuando contaban historias que nunca fueron verdad.

          Imaginaba un mundo a la medida de los sueños de quienes solo tienen eso.

          Nunca quiso entender por qué  la playa era víctima silenciosa y pacífica de las mareas.

          Amaba el viento sincero que hablaba de tormentas próximas.

          Se había inventado un mapa para reconocer las esquinas donde perderse entre la piel y los susurros de los que estaban construidas las mujeres soñadas.

          Nunca aprendió a decir adiós,  porque tenía la memoria viva e impaciente.

          Quería querer con el valor de los verdugos pero solo había alcanzado a ser condenado profesional.

          Aprendió a decir buenos días entre signos de interrogación y jamás pudo hacerlo de otra manera… Un día se canso de esperar respuesta.

          Trazó sobre el suelo del lugar donde se desdibujaba para descansar el mapa de los errores contra los que luchaba.

          Conoció su condición de mortal la primera vez que sintió que podía morir de amor y dedicó algún tiempo a construir su testamento.

          De tanto pasear sobre la arena de la playa descubrió que casi nunca estaba seguro de si iba o venía.

          Amaba lamer el plato tras las comidas y respirar hondo el perfume de la soledad eventual.

          Dejó de ser fiel a su orilla el día en que descubrió que al otro lado sobre la arena descansaba la luz estruendosa de un sol que se parecía al suyo.

          José  A. Fernández  Díaz

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