Allí donde los verdes son variados e intensos, los mares furiosos algunas veces y otras tan pacíficos que son como el cielo azul, allí donde la tierra tiene antojos, perversamente montañosa algunas veces, suave y generosa otras, escarpada y escabrosa cuando quiere, fértil siempre; donde el sol se esconde enamorando la mirada o encogiendo el corazón. Aquí estoy gustosamente atrapado y describo el reflejo de mis profundas intenciones... Desde Galicia, mi esquina verde.
Puede que se hubiera perdido algunas clases en la escuela de la vida. Puede que hubiera suspendido algún curso y, sin ánimo para repetir, se dedicara a improvisar como el buen loco que se estaba construyendo entre marea y marea de aquella historia suya. Lo cierto es que cuando decidió confesar su amor rotundo, insano, lapidario y torrencial, apenas pensó en la importancia que podía tener el hecho de que el fuera plebeyo y el amor de su vida un príncipe a punto de ser rey… y que además tuviera princesa y futura reina. Pero, dónde están las puertas del amor?... dónde las rejas electrificadas que impidan el paso?...
Aquella mañana gloriosa de sol y banderas se levantó pronto, encendió la televisión y se encontró con la programación desbordada sobre la coronación del origen de sus insomnios. Con aquel ruido de fondo se preparó para salir. Fiel a sus costumbres y manías, aquel día como otros días grandes, y a pesar del calor, se puso su chaqueta de guerra adornada con chapas y pins que dibujaban, quizá, los mejores años de su vida. Había de todo como en su vida libre y experimental.
Salió a la calle dispuesto a llegar tan cerca como fuera posible y gritar con todas sus fuerzas tres palabras que llevaba dentro y que ya lo ocupaban todo. Caminó entre las personas que aguardaban a que algo sucediera, había extranjeros, ciudadanos de países que solo conocieron reyes que los conquistaron y dominaron, ancianos nostálgicos, jóvenes uniformados, familias homogéneas y nada beligerantes engalanadas y perfumadas para la ocasión, algún colegio de pago… policía, mucha policía… demasiada policía para guardar un acto dirigido a alguien tan querido… mucha policía.
Al girar en una esquina y justo cuando se acercaba el ruido de luces, banderas y coches que anunciaban la proximidad del nuevo rey, del amor de su vida, se encontró frente a frente con un grupo de policías que lo frenaron con actitud amenazante.
-No puedes estar aquí…
-Por qué?... Yo quiero ver al rey.
-Llevas una chapa con la Bandera Republicana.
En aquel momento se percató de que entre la veintena de chapas que plagaban su chaqueta había una muy pequeña con la bandera tricolor.
-Es broma… no me lo puedo creer.
Apenas pudo terminar las últimas palabras, cuatro policías se lanzaron sobre el hasta tirarlo al suelo. La cara rota contra el asfalto que quemaba y bofetadas mientras con las esposas atrapaban sus muñecas. Intentaba hablar, explicarse, contar, decir…
Entre las pocas personas que tenía delante, desde su dolorosa posición, consiguió ver al nuevo rey que, de pie, saludaba desde un impresionante coche y con la boca destrozada e inundada de sangre gritó antes de perder el sentido, gritó aquellas tres palabras pacíficas e inocentes bañadas en sangre: “Felipe te quiero”…
José A. Fernández Díaz