Me gustó inventar un nombre para ella y otro para mi y construir al tiempo muy poco a poco una simple historia de amor entre los dos y para los dos.
Decidimos que la primera vez, el primer encuentro, iba a ser en otoño. Coincidimos en pensar que si bien la luz es mas pobre y el paisaje mas triste, los colores son gratos al gusto y los olores disparan el apetito por la nostalgia… Así fue y lo que allí sucedió nos gustó tanto que construimos el segundo encuentro en los mismos términos. La próxima vez iba a ser una tarde de lluvia, ligeramente fría e íntima. Ibamos a terminar refugiándonos en una cafetería centenaria donde todos los clientes se conocen por el nombre. Allí le daría el primer beso… también el segundo.
Nos gustaba tanto el juego que pronto decidimos cuando, piel sobre piel, íbamos a conocernos mejor. Iba a ser maravilloso, tenía que serlo. Llevábamos todo tan bien preparado que nada podía salir mal y, aunque los cuerpos tiene sus razones y sus momentos, hicimos el amor con locura y con pasión desmedida hasta quedar exhaustos. Decidimos entonces que ya era tiempo para el primer “te quiero”, confundido entre caricias y promesas… y así fue.
Nos inventamos un rincón para guardar los días de pasión y otro para los menos importantes. Pusimos un nombre a cada capítulo y numeramos poco a poco las páginas de nuestra historia.
Un día nos pareció que no estaría nada mal que mas personajes poblaran nuestra historia, claro que ninguno pensó en lo transversal de las casualidades…
Una mañana de domingo al salir de misa con mi mujer e hijos, encontré que ella, su nombre verdadero y su hermosa familia, se despedían amistosamente de otras familias ejemplares en la puerta de otra iglesia. Nos miramos en la distancia con gran interés pero aquello carecía de importancia porque en realidad no nos conocíamos.
Entendí que ahora teníamos en común alguna pasión mas y un pecado inconfesable compartido.
Al día siguiente seguimos construyendo los pilares de nuestra pasión con los nombres alterados y un secreto compartido, transparente como el cristal… ¿Cómo y por qué íbamos a pensar en el epílogo?...
José Angel Fernández Díaz.