La vi pasar, gravemente deteriorada, muy delgada y descuidada … con mucha prisa andaba por la acera con dirección, pensé, al mismo lugar al que yo iba. Pasó a mi lado cuando yo bajaba del coche en el aparcamiento del supermercado. Entramos … ella iba delante. Yo salude al entrar; ella simplemente entró sin percatarse, se me antojo, de que hubiera alguien allí.
Inmediatamente se dirigió a la sección de bebidas con alcohol. Pasó allí una buena cantidad de tiempo, tanto como el que yo dediqué a recopilar buena parte de mi compra programada. Para cuando volví, en busca de queso, a la sección donde la había dejado, encontré que aun estaba allí. Llevaba en una mano un brick de vino malo y se dedicaba a mirar con interés las botellas de champan…. Que curioso.
Poco tiempo después volvimos a encontrarnos en la caja. Ella en una y yo en otra. Observé que ni tan solo se molestó en meter su compra en una bolsa; compra que al final se limitó a un brick de vino y una botella de champan. Pensé que no le hubiera ido mal comer algo… Al final, cada uno lo suyo.
Salió rápidamente. La miré desandar lo andado y tras meter mi compra en el coche, atenazado por la curiosidad, la seguí. Cruzó al otro lado de la calle sin apenas mirar. Yo lo hice prudentemente. Por fin llegó a la entrada de un pequeño camino que se perdía en medio de dos hileras de viejas casas. A unos doscientos metros se detuvo ante un hombre de aspecto muy similar al de ella. Apenas hablaron. Ella enseñó lo que había comprado. El tomó en sus manos el brick de vino. Ella se quedó con la botella de champan, miró con decisión la ventana de una vetusta y deteriorada casa ante la que se habían detenido y con el suelo de la botella golpeó el cristal que se hizo pedazos, luego metió su mano por entre los trozos de cristal y accionó el cerrojo hasta que la ventana cedió y los dejó pasar…
El entró y ella se entretuvo un instante para enseñarme la botella de champan que sostenía por el cuello con una sola mano, mientras me clavaba la mirada… Yo solo alcancé a decir: ¡salud!, antes de que ella también entrara.
José A. Fernández Díaz