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Allí donde los verdes son variados e intensos, los mares furiosos algunas veces y otras tan pacíficos que son como el cielo azul, allí donde la tierra tiene antojos, perversamente montañosa algunas veces, suave y generosa otras, escarpada y escabrosa cuando quiere, fértil siempre; donde el sol se esconde enamorando la mirada o encogiendo el corazón. Aquí estoy gustosamente atrapado y describo el reflejo de mis profundas intenciones... Desde Galicia, mi esquina verde.

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El fin justifica los medios

                La vi pasar, gravemente deteriorada, muy delgada y descuidada … con mucha prisa andaba por la acera con dirección, pensé, al mismo lugar al que yo iba.  Pasó a mi lado cuando yo bajaba del coche en el aparcamiento del supermercado.  Entramos … ella iba delante. Yo salude al entrar; ella simplemente entró sin percatarse, se me antojo, de que hubiera alguien allí.
                Inmediatamente se dirigió a la sección de bebidas con alcohol. Pasó allí una buena cantidad de tiempo, tanto como el que yo dediqué a recopilar buena parte de mi compra programada.  Para cuando volví, en busca de queso, a la sección donde la había dejado, encontré que aun estaba allí. Llevaba en una mano un brick de vino malo y se dedicaba a mirar con interés  las botellas de champan…. Que curioso.
                Poco tiempo después volvimos a encontrarnos en la caja. Ella en una y yo en otra. Observé que ni tan solo se molestó en meter  su compra en una bolsa;  compra que al final se limitó a un brick de vino y una botella de champan. Pensé que no le hubiera ido mal comer algo… Al final, cada uno lo suyo.  
                Salió rápidamente. La miré  desandar lo andado y tras meter mi compra en el coche, atenazado por la curiosidad,  la seguí. Cruzó al otro lado de la calle sin apenas mirar. Yo lo hice prudentemente. Por fin llegó a la entrada de  un pequeño camino que se perdía en medio de dos hileras de viejas casas. A unos doscientos metros se detuvo ante un hombre de aspecto muy similar al de ella. Apenas hablaron. Ella enseñó lo que había  comprado. El tomó en sus manos el brick de vino.  Ella se quedó con la botella de champan, miró con decisión  la ventana de una vetusta y deteriorada casa ante la que se habían detenido y con el suelo de la botella golpeó el cristal que se hizo pedazos, luego metió su mano por entre los trozos de cristal y accionó el cerrojo hasta que la ventana cedió y los dejó pasar…
                El entró y ella se entretuvo un instante para enseñarme la botella de champan que sostenía por el cuello con una sola mano, mientras me  clavaba la mirada… Yo solo alcancé a decir:  ¡salud!, antes de que ella también entrara.
José A. Fernández Díaz
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