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Allí donde los verdes son variados e intensos, los mares furiosos algunas veces y otras tan pacíficos que son como el cielo azul, allí donde la tierra tiene antojos, perversamente montañosa algunas veces, suave y generosa otras, escarpada y escabrosa cuando quiere, fértil siempre; donde el sol se esconde enamorando la mirada o encogiendo el corazón. Aquí estoy gustosamente atrapado y describo el reflejo de mis profundas intenciones... Desde Galicia, mi esquina verde.

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Hambre

Hambre
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Recuerdo… siempre recuerdo aquella vez con mi madre y mi hermano, cogidos de la mano, de camino al parque, por una avenida  que apenas soy capaz de situar. No puedo olvidar la tristeza infinita adueñarse de mis nueve o diez años… Supongo que aquella imagen del hambre y la pobreza, de la injusticia en medio de la alegría que lo llenaba todo, algo tuvieron que ver con mi manera de entender la vida.

                Algunos años después conocí a Carlos…

                Carlos hacía de la literatura una manera de vivir a toda velocidad, pero sin prisa.  Me encontró leyendo, una tarde grata y apacible, una novela,  que aún conservo, y que compré junto con otras dos, por un Bolívar, en una librería próxima al colegio. “Tu bella testarudez”… La he leído una decena de veces y cada vez me encuentro menos en aquellas páginas.  Desde la primera vez he aprendido que la testarudez es muchas cosas, muchas pero ninguna parecida a la belleza. Aquel título llamó la atención de Carlos, que reaccionó invitándome a buscar razones en otras páginas.

                Algunos años después conocí al idealista que soy…

                Aquellas otras páginas encendieron mis ganas, incendiaron los deseos, me trajeron al futuro … Leer, hizo de mi vida una extraña confusión, amalgama, de realidad y fantasía. Leer me enseñó a amar con locura, a odiar con infinita brevedad, a no saber envidiar, a valorar lo intangible por encima de lo que corta, quema o mata… que es un poco la vida con rabia. Leer me enseñó a explicar la vida, como si la hubiera entendido a la primera o como si la hubiera vivido mas y mejor que los otros. Aprendí la vida en la piel de “el viejo y el mar”, en la decadencia del “crimen y castigo” o la locura de  “el proceso”…  aprendía, casi de memoria, soledades que duran cien años  y que la “rayuela” no es sólo un juego con un final único…  Las miles de páginas que leí frente al mar, colmado por el rumor poderoso de las olas  rompiéndose contra las rocas, me hicieron aprender que de no saber nada se aprende a seguir intentándolo… tras haber reconocido la ignorancia, claro.  Mi ignorancia crece con los años y  la biblioteca con la que la alimento también…

                Algunos años después conocí a mi hija…

                Mi hija es el yo que nunca pude ser. Ella es el espíritu aventajado, capaz y maravillosamente ausente, equilibrada y descocada hacia dentro. Hablamos y aprendo de ella. Me enseña a conocerme, como hiciera Carlos… Me hacen llorar de alegría que es la mejor manera de estar feliz. Recuerdo, con ella, aquellas clases de literatura, aquellas conversaciones de las que casi nadie sabe y que me hicieron como soy, como pienso, como deseo seguir siendo… A él, a Carlos,  expliqué aquella imagen que nunca he podido olvidar. El supo escucharme, tanto que me pareció verlo llorar y no fue la primera vez… tampoco la última…

                Hace muchos años…

                Con mi madre y mi hermano, cogidos de la mano, de camino al parque, por una avenida  que apenas soy capaz de situar, me encontré con una madre rodeada por cinco o seis niños; ella y todos ellos vestidos, apenas vestidos y descuidados hasta llegar a doler, descalzos los pies, heridos los pies y abandonados con tanto ruido que la ciudad y su latido furioso apenas era capaz de esconderlos… Lloraban y peleaban por un “perrito caliente”, que, de alguna manera había llegado a las manos de la madre que, impotente, no sabía que hacer…

                José A. Fernández D.

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