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Allí donde los verdes son variados e intensos, los mares furiosos algunas veces y otras tan pacíficos que son como el cielo azul, allí donde la tierra tiene antojos, perversamente montañosa algunas veces, suave y generosa otras, escarpada y escabrosa cuando quiere, fértil siempre; donde el sol se esconde enamorando la mirada o encogiendo el corazón. Aquí estoy gustosamente atrapado y describo el reflejo de mis profundas intenciones... Desde Galicia, mi esquina verde.

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Prisionera

Prisionera
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Prisionera de ideas torrenciales, antojos circulares y olvidos perimetrales; llegó a olvidar, en algún momento de las horas de luz, que el día tiende a hacerse noche y que la noche tiene  su poesía propia y un lenguaje mas o menos coherente con el tipo de luz, que suele ser falaz o inventada…  Pero ella, que no entiende de normas, que no sabe de la vida con límites frustrantes, se dedicaba a pensar que, necesariamente,  soñar ha de ser parte del  contacto con la mas cruda de las realidades,  para hacer de la vida una peripecia apetecible.

                Para cuando se enamoró… por tercera vez, decidió que su piel, acariciada por el sol del verano, los largos baños, recitando a Alfonsina y soñando con otras manos que no eran las suyas… decidió, entonces, que sus rincones y praderas tenían que ser conquistados a fuerza de palabras mágicas. Consideró que aquel tercer amor, sucesor, no de dos fracasos;  si de dos pruebas con pirueta, tenía que ser el amor en “si mayor”;  con “nota”, ese amor. No dijo nada al dueño de su enamoramiento. Lo dejó todo en manos de una cosa en la que nunca había creído: el destino.

                La primera tarde él apareció con un ramo de versos, descalzo,  sobre la piel del parque. Súbitamente, dos, tres o cuatro golondrinas, rompieron el silencio del cielo azul. Ella dejó caer su libro, puso en marcha rápida el corazón y se dejó llevar. En la calle de al lado la vida era, ni  más ni menos que el suplicio o las pingües alegrías de casi todos los días… la vida sigue sin ti, siempre sigue, puedes bajarte para siempre, por un tiempo o un instante, pero puede prescindir de ti. Un tercer amor no hace que se pare la vida de los otros…

                La primera tarde se hizo noche sobre el desorden de su cama. Puede que las palabras no fueran precisas o apuntaran a otros blancos, puede que las caricias estuvieran colonizadas por la torpeza o el desajuste de tiempos, puede; pero las idas y venidas alcanzaron cimas de las que supieron los vecinos y algún dios mitológico de esos que tanto gustan a los soñadores. Después de la primera tarde sucedió, casi de inmediato, la primera mañana, lluviosa e íntima, levemente fría y levemente ruidosa de vida atrapada en un miércoles cualquiera.

                Ella, desnuda del todo, vestida de ilusión, se fue a la cocina para hacer café. Llenó, pronto, el paisaje apetecible de su piso, con el olor de los despertares milenarios y sin clases o ideologías. Egoísta, tal vez, se llevó a los labios su taza y bebió un buen sorbo que acompañó con un largo suspiro a oscuras…los primeros sorbos siempre los acompañaba con los ojos cerrados. Cuando abrió los ojos, el día era todo luz, el cielo que se colaba por la ventana de la cocina, era azul y su gata la miraba con cierta impaciencia…

                Volvió a la cama tarareando una disparatada mezcla de canciones. Miró por la ventana y la luz seguía allí. La habitación olía a madera y café, a colonias en anarquía y a cosas como la melancolía. Besó largamente la tela de su almohada y volvió a soñar…

                Para cuando se enamoró … por cuarta vez, ya había aprendido a soñar despierta.

 

                José Angel Fernández Díaz                

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