Allí donde los verdes son variados e intensos, los mares furiosos algunas veces y otras tan pacíficos que son como el cielo azul, allí donde la tierra tiene antojos, perversamente montañosa algunas veces, suave y generosa otras, escarpada y escabrosa cuando quiere, fértil siempre; donde el sol se esconde enamorando la mirada o encogiendo el corazón. Aquí estoy gustosamente atrapado y describo el reflejo de mis profundas intenciones... Desde Galicia, mi esquina verde.
Buscándose aprovechó que la luna, llena, se iba a esconder…
Tenía por costumbre no reconocerse como parte de quienes seguían la corriente, tenía por costumbre intentar parecerse a él mismo.
La luna estaba llena. La noche era clara y apetecible. Pronto el satélite iba a desaparecer brevemente. Él busco un lugar alejado de las luces inventadas por los hombres y de paz. Se fue al mar. Buscó un lugar sobre la arena tibia y puso música. Mozart, Chopin…
Pronto sintió que no estaba solo. Alguien se sentó a su lado. Pudo verla. Era Morena, hermosa, olía flores.
-Bonita música –dijo, mientras ocupa un lugar junto a él, sin preguntar, sin querer saber-
-Lo es, -dijo él, algo perplejo-
-Ya falta poco. Aquí se está bien. La luna es inmensa esta noche.
-Si.- dijo, sintiendo cierta felicidad inexplicable, de esas que te nace al lado de un espíritu afín.-
Él la sintió suspirar y se llenó de fuerzas para hablar.
-Me llamo Carlos, ¿supongo que sabes lo del eclipse?...- inmediatamente se sintió estúpido pensando que otra razón no la iba a llevar allí.-
-Me llamo Inés… si, por eso he venido.
-Yo vengo muchas veces. Me gusta este lugar. La noche, si está despeja, deja ver la estrellas. Hoy la luna tiene una luz muy intensa y apenas pueden verse pero, está por suceder lo del eclipse…
- Y, ¿siempre escuchas música?...
-Si. Me gusta. Es la banda sonora perfecta para una noche estrellada… Este es Chopin.
-¿Chopin?... Toca bien el piano.
-En realidad él compuso la obra y esta versión es de un pianista muy famoso… Pero nada impide que uno piense que bien podría ser él quien toca. Eso no tiene importancia.
Poco a poco, en el cielo, la luna fue desapareciendo. Carlos era feliz. Había alguien a su lado capaz de sentir y disfrutar aquella maravilla de la misma manera. Ella estaba inquieta. Él lo atribuyó a la emoción a la sensación de la súbita oscuridad.
Cuando la luna desapareció por completo, ella volvió a suspirar… Pronto fue reapareciendo. La música seguía acompañando la magia del momento… Ahora era el “Claro de luna”… Ella no dijo nada… miraba a los lados con atención. Él pensó que probablemente tuviera miedo. Le pareció normal.
Liberada del todo, la luna, volvió a dominar el cielo. Él aprovechó para mirar a Inés. Tenía ganas de hablar, de contar, de explicarse, de conocerla…
De repente, el estruendo de un reagueton encendió aquel teléfono que ella llevaba en la mano… ahogó las ligeras y frágiles notas de piano…
Ella contestó…
-¡Joder tía!... ¿dónde estás?... Y yo aquí esperando. Estoy sin datos… que muermo. Ni fotos ni nada.. Aquí mirando el mar y la luna como una gilipollas… Voy, no tardo. Hazme luz con tu teléfono… - Adios tío.
José A. Fernández D.