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Allí donde los verdes son variados e intensos, los mares furiosos algunas veces y otras tan pacíficos que son como el cielo azul, allí donde la tierra tiene antojos, perversamente montañosa algunas veces, suave y generosa otras, escarpada y escabrosa cuando quiere, fértil siempre; donde el sol se esconde enamorando la mirada o encogiendo el corazón. Aquí estoy gustosamente atrapado y describo el reflejo de mis profundas intenciones... Desde Galicia, mi esquina verde.

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Ojalá pase algo

              Ojalá pase algo
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Helena leía a Marx… Ernesto pelaba una manzana paciente y meticulosamente…

                Amanecía, por tercera vez, desde aquella última despedida. Ambos, Helena y Ernesto, se despedían con frecuencia; de tal manera que alguna vez iba a ser la última para siempre. Había entre ellos una disconformidad que unía… y el deseo. El deseo atraía lo que la convivencia separaba.

                En la madrugada del quinto día se encontraron. Ella tenía una conversación vacía e intrascendente con una de esas moradoras de la noche  que apenas encuentran razones en el día. A esa moradora de la noche la atraía Helena. Helena tenía algo de bisex, pero apenas se atrevía a probar. Por alguna razón estaba allí, soportando una de esas conversaciones imposibles, intentando superar el volumen de la música. Helena intentaba encontrarse para no perderse.

                Ernesto apareció por allí, algo malherido en sus capacidades por causa del alcohol y su buen y recurrente amiga  María. Estaba bien… en realidad había conseguido escapar de si mismo, hasta llegar a una versión anterior al último naufragio. Estaba tan bien que, encontrarse con Helena, apenas lo perturbó, aunque no pudo dejar de mirar.

                Aquel  Bar tenía mucho de refugio.  Estaba lleno de conocidos y soñadores de la misma especie. Allí era fácil sentirse cómodo. Al poco rato de estar allí, con su cerveza en la mano, apareció Mirian, que ya viera  a Helena y sabía bien lo que una vez más había vuelto a suceder.

                Mirian estaba enamorada de  la obra de Ernesto. Ernesto pintaba;  pintaba desnudos. Hacía del cuerpo libre de ataduras una historia que se contaba a si misma. Jugaba con las luces hasta hacerlas sombras y trasladaba al lienzo un imaginario inserto en la superficie de un mundo paralelo. Mirian quería estar en ese mundo, quería probar esa realidad. Puede que esta vez Ernesto dijera  que si.

                -Si, Mirian, hoy al amanecer…

                Entretanto Helena había ensayado un primer beso con Carla. Fue largo e intenso,  con una maravillosa mirada cómplice al final. Había deseo para alimentar el calor de la noche y puede que con ello, ella , pudiera liberarse de sus dudas. Bien por Helena –pensó Ernesto-, … Bien por Helena –pensó Mirian-… Parece que el universo estaba en equilibrio.

                Él tenía ganas de escuchar música para recordar. En aquel lugar la música era para eso… y algunas veces para bailar. Pensó en Silvio, “Ojalá” y ese verso: “Ojalá pase algo que te borre de pronto”, “ojalá por lo menos me lleve la muerte”…”ojalá que el deseo se vaya tras de ti”…

                Se fue con dificultad a la cabina  y pidió el tema… No antes de una hora. Había lista de espera, ¿cómo no?, la vida es así. Tenía tiempo de llenarse el alma con la paz que da el alcohol.

                El camino con destino a la canción que había pedido fue, sin embargo, algo tortuoso. La música está llena de espacios colmados. Él escuchaba mucha música mientras pintaba, cuando amaba, mientras se entretenía viviendo…

                Mirian se acercó varias veces y cada vez traía en la mano   un regalo de la barra. Ernesto comprendió,  al fin, que no estaba solo. Entendió que la soledad era él mismo.

                Cuando llegó Silvio, Ernesto había alcanzado una cima desde la que no sabía si disfrutar de las vistas o saltar. Se quedó escuchando, mientras Mírian veía como Helena y Carla, con la ropa descolocada,  de tanto explorarse, las voces confundidas, se retiraban, tras despedirse de un Ernesto ausente.

                “Ojalá pase algo que te borre de pronto,

                Ojalá que el deseo se vaya tras de ti,

                Ojalá por lo menos me lleve la muerte…”

                Esos versos, esas frases… Silvio…la vida…Helena que se había ido. La culpa, la culpa como despedida.

                Mirian se acercó a Ernesto e intentando mirar en sus ojos, se llevó las ganas de decir algo  a los modos de un beso furtivo y generoso que él no rechazó.

                Con Silvio se terminaron las ganas de seguir allí. El amanecer no estaba lejos. Tomó a Mirian  de la mano y se llevó en la otra una botella,  apenas comenzada,  de quién sabe qué, que encontró en la barra… “apúntamela”…

                Mírian era feliz. Él era lo que iba quedando, de lo que había sido. Llegaron a su casa. Comenzaba a amanecer, con una luz tan hermosa, tanto como el cuerpo de Mirian desnudo. Por el camino Ernesto había dado cuenta del resto de la botella que llevaba en la mano.

                -Píntame Ernesto… Píntame en tu mundo inventado –dijo Mírian mientras rompía a llorar-, te he traído a casa para que me hagas parte de tu mundo. Píntame, por favor…

                Ernesto miraba, desde su sillón el amanecer   del sexto día. Tenía en una mano la paleta, en la otra un pincel fino…Mírian posaba desnuda, de espaldas a la ventana… Ernesto dejaba de mirar poco a poco, mientras la luz de la realidad iba apagando la de su mundo inventado…

                José A. Fernández D.            

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