Allí donde los verdes son variados e intensos, los mares furiosos algunas veces y otras tan pacíficos que son como el cielo azul, allí donde la tierra tiene antojos, perversamente montañosa algunas veces, suave y generosa otras, escarpada y escabrosa cuando quiere, fértil siempre; donde el sol se esconde enamorando la mirada o encogiendo el corazón. Aquí estoy gustosamente atrapado y describo el reflejo de mis profundas intenciones... Desde Galicia, mi esquina verde.
Cuando la luz del sol se colaba, sinuosa, por entre las cortinas; cuando ella entendió que él buscaba aquella mágica simetría sobre su piel; cuando el rastro de la luz llevaba al centro de su cuerpo; entonces, solo entonces, se hizo la costumbre.
Dos años atrás, tal vez dos años, sucedió por primera vez. Siempre existe una primera vez. Aquella tarde, ella, descansaba sobre las sábanas tibias, desnuda y ocupada en sueños dispersos. El leía en la cocina. De vez en cuando lo hacía en voz alta, con la intención de compartir algún que otro verso, de esos que no quieres olvidar jamás. Abandonó la lectura y, silenciosamente, caminó hasta la habitación, donde se dedicó a mirar sin apenas atreverse a respirar.
Sobre la piel desnuda se había posado una línea de luz, que nacía en el cuello y terminaba donde florecía uno de sus rincones preferidos… Entre uno y otro lugar, la luz del sol, rompía en partes iguales a la mujer que amaba. Se acercó lo suficiente como para poder tocar con el verbo y mejor aún, con la piel de sus dedos. Ella estaba despierta pero tan quieta que, solo el ritmo de la respiración daba cuenta de su excitación.
-¿Sabes?... tengo los días contados, -dijo él, mientras posaba un primer beso en su cuello.
-Lo sé… hace muchas tardes de sol que me lo contaste por primera vez, -dijo ella con voz temblorosa.
-Hoy puede ser la última vez.
Mientras hablaban el iba recorriendo lentamente el camino marcado por la luz. Ella temblaba. Sabía cual era el horizonte. Alcanzada y conquistada la cima del ombligo se dejó caer hasta el vientre… Entonces decidió desnudarse. Ella miró y entendió que si tenía que morir estaba dispuesto a hacerlo resistiéndose. Tenía, él, la capacidad de dejarse crecer y decrecer, como la felicidad.
-Si va a ser la última vez procura que no lo olvide nunca.
Apenas pudo pronunciar aquel “nunca”… él había alcanzado el norte de su sexo y con los labios primero y luego con los dientes, hizo de las palabras, construcciones innecesarias que luego fueron jadeos y suspiros. Cuando sintió la lengua, cuando quería ser piel de la piel que la lamia con ternura y fiebre a la vez, como si fuera una golosina en extinción, tomó partido y comenzó a moverse, indicando el camino. Él conocía bien cada gesto, cada germen de deseo y disfrutaba sintiendo disfrutar. Aquel jardín era el punto de ida y llegada.
Sintió como ella iba subiendo y subiendo hasta que, en medio de una mágica pirueta, contrajo todos los músculos imaginables y se dejó caer en una ola de paz infinita…
El esperó a que ella volviera a su ritmo pacífico y se percató de que la línea de luz ya no estaba en su sitio. Volvió como pudo hasta sus labios, dejó un largo beso y luego, , se puso de pie y mientras volvía a su libro, recuperando el verbo dejó caer unas pocas palabras habituales:
-Me temo, ángel mío, que esta es la penúltima vez…
José A. Fernández Díaz