Allí donde los verdes son variados e intensos, los mares furiosos algunas veces y otras tan pacíficos que son como el cielo azul, allí donde la tierra tiene antojos, perversamente montañosa algunas veces, suave y generosa otras, escarpada y escabrosa cuando quiere, fértil siempre; donde el sol se esconde enamorando la mirada o encogiendo el corazón. Aquí estoy gustosamente atrapado y describo el reflejo de mis profundas intenciones... Desde Galicia, mi esquina verde.
Elisa tenía las ideas largas y gustaba de combinarlas con faldas cortas. Amaba el sonido azul del cielo y el olor de las letras recién escritas; caminar a la luz de alguna luna y dormir bajo los últimos soles del verano. Odiaba las estaciones d tren sin barrer y los autobuses de vuelta… Elisa era un poco soñadora de mundos dibujados y otro poco, compradora de tardes largas.
Tenía, Elisa, un gato, que llamaba “hidráulico”, y una televisión sintonizada con ese ruido que hacemos con la boca, para avisar a los demás para que no hagan ruido…¡Shhhhhh!... todo el tiempo, de ese tiempo en que estaba encendida. Gustaba de dormir desnuda bajo los árboles, cuando el otoño se dibujaba con trazos gruesos … perderse bajo las hojas secas y sorprender a los pájaros despistados …
Elisa amaba el mar. Escribía versos sobre la arena, con la intención de hacer llorar a las nubes. Llover en el mar era como respirar el mar de las gaseosas recién abiertas… era como abrir un viejo cajón de esos donde siempre habitan las colonias o los jabones , mezclados con fotos sin ansias de color…
Amaba los sábados al amanecer, los domingos de lluvia y los lunes sin horas… soñaba con los lunes sin horas. Pero, en el fondo sabia que eran animales mitológicos. Por eso odiaba los lunes con horas ; cansada de tanto esperar. El viernes era su día de cine. Elisa sentaba su cansancio en su butaca preferida, se ponía una taza de café y se iba de viaje a esas maravillosas historias inventadas que tanto le gustaba dormir…porque Elisa amaba dormirse en y con las películas, y despertar cuando se anunciaba el final. Gustaba de construirse el resto de la historia. Así, una película daba para diez o veinte sesiones.
Odiaba, Eluisa… porque Elisa también odiaba, los jueves por la mañana. El jueves despertaba siempre a las cinco de la mañana y se ponía a pensar en el origen del hombre… así todos los jueves del año. No soportaba l olor a café recién hecho cuando no era para ella y los libros con epílogo en mayúsculas.
Se había enamorado dos veces. La primera vez confundió el síntoma y se lo contó a su médico… así nació la segunda vez… Enamorada de su médico, comenzó a ser víctima de innumerables contratiempos y vicisitudes sin cura conocida. Desahuciada, decidió no volver a enamorarse. Se inventó una palabra con la que llamar a esa extraña sensación. Acordó consigo misma llamar al amor: Calor de colores.
El calor de colores solo se entendía bien si se miraba el mundo desde fuera para adentro. Elisa sabia mirar al interior, desde fuera… Un día se encontró con su propia mirada que miraba, atenta y atrapada en el calor de colores, a su médico.
Tenía, Elisa, un paraguas con estrellas de colores. Cuando el so, caía a chaparrones, ella caminaba bajo su paraguas, salpicado de universo y soñaba con ser una estrella fugada.
Elisa miraba el mundo desde la ventana semi-abierta de sus ganas. Creía que creer en los días era atarse a una fantasía innecesaria. Había alcanzado a rozar la felicidad un puñado de veces, pero el contacto con la realidad se lo impedía. El mundo es así; apenas un gesto y se cae el cielo a pedazos, sobre las esperanzas de los que no tienen paraguas.
José A. Fernández D.