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Allí donde los verdes son variados e intensos, los mares furiosos algunas veces y otras tan pacíficos que son como el cielo azul, allí donde la tierra tiene antojos, perversamente montañosa algunas veces, suave y generosa otras, escarpada y escabrosa cuando quiere, fértil siempre; donde el sol se esconde enamorando la mirada o encogiendo el corazón. Aquí estoy gustosamente atrapado y describo el reflejo de mis profundas intenciones... Desde Galicia, mi esquina verde.

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Léeme, mientras sueño

Léeme, mientras sueño
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                 El sentía que aún hacía pie en el suelo de la juventud; a pesar de los años y de la colateralidad de evidencias que a nadie engañaban…  Sentir la juventud, cuando, en apariencia ya no está,  es una de esas virtudes que alargan la puesta de sol.

                La tarde de aquel día  se había quedado vacía. Por la razón  que fuera..… y no era el tiempo, no era la hora ni otras transitoriedades a mano. Ël, pescador de rayos verdes, que había sido, se fue al lugar donde el ocaso es la suma de un gran puñado de cuentas atrás.

                Allí, frente al ocaso inminente se la encontró…

                -“si tal nos vemos por la noche” –dijo Helena-

                Él disfrutó de aquella idea.  Sabía que “nos vemos por la noche”, tenía otro significado.

                Helena era joven; tanto que él y sus muchos capítulos; algunos subrayados, se dejaban leer entre las líneas de las historias nuevas con las que ella ilustraba la banda sonora de aquellos encuentros. Helena era lo que el había sido y la parte esencial de lo que seguía siendo.

                Llegó la noche… no hubo rayo verde… llegó Helena y aquella maravillosa pasión instintiva que hacía de las horas juguetes de arena.

                Esperaba, él esperaba, con la taza de barro,  donde solía dejar caer el licor con el que aprendía a dejar de ser y estar en el lugar en que  se aburría muchas veces, todas las veces. En la taza quedaba bien poco de un primer verso largo de hierbas maduradas a cuarenta grados…

                Helena llegó poco después del perfume que traía adornando la  piel donde guardaba las huellas del sol … de muchas tardes largas. Olía, Helena, al mar guardado en la memoria y a las flores que se quedan para siempre entre las páginas de los libros que uno más quiere.

                Ella puso un cálido beso sobre los labios  quietos  del hombre que la esperaba y se dejó conquistar por una oferta silenciosa… Mientras él mediaba una pequeña copa con licor, ella daba la vida a media docena de pequeñas velas que hicieron de la luz un juguete de la leve brisa.

                Tras mirarse a los ojos con una vieja complicidad,  el se ausentó brevemente, hasta que asomó por una de las ventanas abiertas, una tenue melodía, placenteramente anacrónica y tan cálida como los efectos del licor…

                Cuando volvió, traía en la mano un caótico manuscrito,  donde las palabras recorrían líneas y márgenes con una  plácida anarquía…

                -¿Leo,  Helena? –preguntó él-

                - Lee tonto… , ¿para qué iba a venir si no?

                José A. Fernández D.     

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