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Allí donde los verdes son variados e intensos, los mares furiosos algunas veces y otras tan pacíficos que son como el cielo azul, allí donde la tierra tiene antojos, perversamente montañosa algunas veces, suave y generosa otras, escarpada y escabrosa cuando quiere, fértil siempre; donde el sol se esconde enamorando la mirada o encogiendo el corazón. Aquí estoy gustosamente atrapado y describo el reflejo de mis profundas intenciones... Desde Galicia, mi esquina verde.

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Al compás

Al compás
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Acompasados  ella, él, la lluvia…el susurro del viento en la ventana… el murmullo de las ideas que habitan en los libros que esperan sobre la mesita  de noche y un poco por el suelo… Acompasada la melodía que llenaba toda la casa, como una niebla colonizada  por las notas a pie de página, de una banda sonora que no tenía  un solo dueño o dueña. Acompasado el  presente fugaz con la realidad deseada…

                Ella no lo sabía, era imposible que lo supiera,  pero él aún tenía en la boca el sabor de los besos de otra mujer. Aquella otra mujer era una vieja historia que él no quería cerrar. Esa otra mujer sabia que él no era fiel… no sabia serlo.

                Acompasados, luego, los tres y el resto del mundo; si fuera preciso, sobre el escenario falaz de la realidad agotada en si misma. La una, ignorante, se dejaba hacer; la otra paciente y discreta, se dejaba invadir, cuando tocaba, y él… absurdo y precavido, pretendía ser el administrador de la felicidad, de los tres.

                Pero aquella tarde de lluvia y viento, ella, la ignorante, decidió despistar el nombre del dueño de la piel con el que compartía cama… aquel nombre con el que acompañó un “te quiero”, susurrado, no era el de él. Él, acordó consigo mismo no prestar atención al desliz y continuó amando a su manera. Al fin, su otra amante también había equivocado  su nombre una buena cantidad de veces; tantas como para corroborar que “la equivocación”, compartía tiempo entre sus brazos… era justo.

                Acompasados, ella, él, la otra, el otro y el otro más, algunas veces la lluvia, el viento… quien sabe si el sol, el mar o el espacio más absurdo. Acompasadas las pieles ajenas al pecado, como un invento sin sentido y ahogado en sus propias mentiras, habían dado a la vida un ritmo con una cadencia gratamente decadente…

                José A. Fernández D.         

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