Allí donde los verdes son variados e intensos, los mares furiosos algunas veces y otras tan pacíficos que son como el cielo azul, allí donde la tierra tiene antojos, perversamente montañosa algunas veces, suave y generosa otras, escarpada y escabrosa cuando quiere, fértil siempre; donde el sol se esconde enamorando la mirada o encogiendo el corazón. Aquí estoy gustosamente atrapado y describo el reflejo de mis profundas intenciones... Desde Galicia, mi esquina verde.
Accionó la marcha atrás, clavó la mirada en el espejo retrovisor e, inmediatamente antes de pisar el acelerador, vio sus ojos por primera vez…El espejo recogía una mirada hermosa, sincera… suplicante. Cuando quiso volver a mirar, cuando miró otra vez ella ya no estaba.
Aquella noche mientras cenaba, en la radio se colaba un foxtrot inolvidable. Sintió ganas de escribir. Un primer verso llevaba un buen rato dando vueltas en su cabeza. Recogió la mesa, lavó su plato, vaso y cubiertos y, sin pensar cómo ni por qué, se puso a escribir en el mueble de la entrada, justo frente al espejo… Escribía mirando el reflejo y pensaba que aquello tenía ciertas razones. Fue capaz de arrancarse un buen puñado de versos muy simétricos pero que, por ventura, no rimaban… odiaba las rimas.
Tres o cuatro días después de aquella primera vez, volvió a suceder. Ella paseaba por la calle en la que él se había detenido a mirar un colchón. En la habitación del mostrador había un espejo. Ella se detuvo tras él y lo miró, desde el reflejo en el espejo. Esta vez la mirada tenía algo de invitación… tenía que ser así. El destino o cualquier otra tontería, querían que aquello fuera así, de aquella manera. Ël dejó caer la mirada, algo entristecido y para cuando volvió al espejo ella ya no estaba. Había cogido de su mano, eso si, los versos que había sido capaz de ofrecer a tiempo.
La vio desaparecer entre la gente, súbita y concisa, como un rayo en la tormenta.
Tras los versos quedó algo de silencio y más soledad. Tenía el recuerdo, siempre a mano, el reflejo de aquellas mirada sobre los espejos.
Un día, de esos que se antojan largos, demasiado largos para ser uno solo, acordó consigo mismo, regalarse la paz de una cerveza tomada a sorbos breves y meditada, en un bar de esos terriblemente temáticos y ruidosos. Allí se fue con sus ganas y un cansancio a prueba de reproches.
Había espejos…muchos espejos que rebotaban las imágenes, hasta desfigurar los puntos cardinales de la realidad. En el que tenía justo delante de él, podía mirarse, sin ganas y mirar algunas realidades paralelas. Pidió una cerveza negra, sin mirar a los ojos de la camarera, sin apartarlos de la carta. Cuando ella se iba, con su pedido apuntado en una pequeña libreta, justo en ese momento, al levantar la mirada, encontró aquella mirada otra vez… Parecía decir “adiós”, desde un intangible reflejo en el espejo. Entonces cayó en la cuenta de que la camarera había dejado sobre la mesa, el papel de la comanda…
Él pudo leer, entre espejos, que hacían de la realidad un extraño juego de verdades y mentiras, que mezclaba realidades parciales, hasta construir un gran escenario intocable. Leyó de aquella letra frágil y pequeña , como quien bebe a sorbos: “”Yo no soy de verdad, soy la imagen de la mujer que quisiste ser, nueve meses antes de los treinta y siete años, de un día como hoy… Feliz cumpleaños”
José Angel Fernández D.