Allí donde los verdes son variados e intensos, los mares furiosos algunas veces y otras tan pacíficos que son como el cielo azul, allí donde la tierra tiene antojos, perversamente montañosa algunas veces, suave y generosa otras, escarpada y escabrosa cuando quiere, fértil siempre; donde el sol se esconde enamorando la mirada o encogiendo el corazón. Aquí estoy gustosamente atrapado y describo el reflejo de mis profundas intenciones... Desde Galicia, mi esquina verde.
Durmieron juntos, una y otra vez a lo largo de veinte años. Apenas compartieron sueños sin embargo… Rozaron con algo de cautela, la sensación de que la vida tiene antojos y caprichos… La vida, esa tontería de la que no sales vivo, decía él.
Ella tenía, entre sus mejores costumbres, la de escuchar a Bach, necesariamente, siempre que se pelaba una manzana. Bach y las manzanas sabían a aire… del que te deja respirar.
Algunas noches hablaban antes de dormir, y , luego dormían pensando que hubiera estado bien decir aquello o no decir esto otro. En el desayuno, algunas veces, se desdecían y asunto arreglado.
Y así ase amaban…
El había aprendido a tocar el ukelele, en un tutorial por entregas… a las que había llegado tarde algunas veces. Sabía tocar una docena de canciones a las que faltaban trozos. Las ausencias; esos trozos que faltaban, los tarareaban juntos, para que la vida no tuviera frenazos en seco.
Ella, adoraba escribir a máquina. Lo hacía con una vieja Underwood, que había heredado del último propietario del piso de al lado. Tenía, ella, una inexplicable pasión por la campana que anunciaba el fin de las líneas, y el momento de accionar la palanca de interlineado. Aquella campana era un símbolo, una grata alerta, de que, si no haces nada, la historia se para… y una letra pisa a las otras hasta romper el papel.
Ambos, ella y él, tenían un pez y un gato. El pez, una carpa que miraba la televisión, desde la pecera, flotaba, expectante, en un tanque donde las paredes tenían que ver con el discurrir de la vida; la sala, la cocina, el dormitorio… el baño. Eulogia, la carpa, lo sabía todo de ellos. Disfrutaba de las películas de Naomi Kawasse, que ella veía una y otra vez los sábados al amanecer…
Karl, el gato, miraba con curiosidad a Eulogía. Parecía tener envidia, pero en realidad era pena… mucha pena. El , Karl, tenía una libertad que no sabía emplear y ella… ella estaba allí, sin más, con demasiado tiempo para reflexionar sobre la libertad.
En el estante de la cocina se alineaban, en viejos frascos con tapa de rosca, tapones de corcho, especias y alguna hierba de naturaleza prohibida y que, junto con los vinos y licores caseros, inflaban la imaginación de historias o hacían del dormir juntos una variante cósmica, en la que eran capaces, ella y él, de sincronizar sus sueños… a pesar de que nunca los compartieron.
Un día él, con Karl, en brazos, una infusión de esas que te hacen feliz y las gafas puestas, se encontró con que en el rodillo de la máquina de escribir, ella había dejado puesto un folio de color verde. En el breve texto encontró que aquel sueño había sido suyo también y que hubiera estado bien traerlo al desayuno… Terminó con la infusión, dejó a Karl sobre el sofá y, de camino al baño, mientras tarareaba una fuga de Bach, robó una ,manzana del frutero, dejó caer despreocupadamente la bata, mientras Eulogia miraba. En la bañera, ella, pensaba que en la vida las pequeñas cosas son grandes y que lo demás son tonterías… tonterías de las gordas.
José Angel Fernández D.