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Allí donde los verdes son variados e intensos, los mares furiosos algunas veces y otras tan pacíficos que son como el cielo azul, allí donde la tierra tiene antojos, perversamente montañosa algunas veces, suave y generosa otras, escarpada y escabrosa cuando quiere, fértil siempre; donde el sol se esconde enamorando la mirada o encogiendo el corazón. Aquí estoy gustosamente atrapado y describo el reflejo de mis profundas intenciones... Desde Galicia, mi esquina verde.

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El dulce encanto de la fantasía

El dulce encanto de la fantasía
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Para las escenas de riesgo en al vida, tenía un doble… aquella mañana el doble se quedó dormido.

                Cerró el libro, miró desde la primera hasta la última mesa, en línea recta, omitiendo los habitantes de los lados;  como siempre levantó la mano derecha , esperó la sincronía con el timbre de salida  y dijo: “podéis ir en paz”, al tiempo que se acompañaba de un gesto algo estrafalario , entre ritual y festivo… Divertidos  y forjados a golpe de costumbre, los alumnos se fueron retirando  con sus peculiaridades saltando a la vista.

                Pero… en su mesa, como si nada estuviera sucediendo, haciendo uso de una libreta ajena a la clase, aislada de ola realidad, Yolanda escribía... El, el profesos, Carlos,  se acercó prudentemente; llamó prudentemente a la puerta de sus sentidos, pidiendo permiso, y se miraron  a los ojos.

                -Esto, Yolanda,  no puede ser; te vas  de mi clase y ni siquiera te molestas en volver antes de que termine.

                -Yo estaba cuando comenzaste, pero hablaste de la India y me fui a buscar una historia.

                - La encontraste… supongo.

                -Estoy en ello. Sabes que no lo puedo evitar. Luego nos arreglamos. Nunca te dejo sólo en los exámenes.

                -Buenooooo… ¿Y ese folio y medio que me tocó leer , como anexo a tu examen… qué fue?

                -Si, pero antes hice el examen.

                -Eso es cierto…pero algo estamos haciendo mal…uno de los dos. Soy tu tutor y  esto se nos va de las manos.

                La verdad es que Yolanda tiene una aventura interior densa; gusta de salir a pasear por los folios en blanco; escribe historias que nacen de un manantial sin conquistar por la maldad o el miedo. El pro0blema es el regreso, el contacto con la realidad, la vuelta a las calles del lugar donde están los otros.

                 Carlos, lector empedernido, poeta frustrado, admiraba aquella manera estruendosa de ser…No estaba, Yolanda, que con frecuencia viajaba a sus mundos inventados donde pasaban cosas con mucha rapidez y sin aviso previo.

                La imaginación de Yolanda se alimentaba de seres fantásticos, de magos, dragones, naves, espadas laser, contiendas entre planetas y hasta universos, de gnomos, elfos, duendes…a los que les pasaban cosas iguales a las que acontecían en el mundo real. Si, Yolanda, había hecho de su fantasía un refugio, pero no una mentira alejada de las peripecias  de la realidad … sabía todo cuanto sucedía fuera, en el mundo donde le tocaba vivir de verdad. Estaba tocada por todos los sentimientos  imaginables; pero se resistía a uno… a uno solo.

                -Cualquier día –dijo Carlos-, te vas a olvidar de volver y nadie va a rescatarte.

                -Tengo que volver… siempre vuelvo.

                Un día, que nunca volvió a ser cualquiera, apareció, aunque ya estaba, Ignacio. Ignacio tocaba la guitarra y, de alguna manera, contaba su vida o la que quería vivir o haber vivido, en letras relativamente simples. Buscaba la soledad con frecuencia. De cualquier manera, su música, lo que hacía, lo que amaba no gustaba. Una tarde de esas extrañas, que trae el cambio climático a las tierras del norte, tocaba bajo las ramas pobladas de un viejo árbol. En un banco, no muy lejos, Yolanda leía, y se llevaba a las boca unas galletas con las que hacía algo de ruido… Ignacio sincronizó su guitarra con aquel ruido, hasta que ella se dio cuenta. Entonces comenzó a cantar. Ella lo miró, descubrió que había alguien allí y que ese alguien, eso apenas fue capaz de entenderlo, era su vida sin red.

                Perdieron el control sobre sus ausencias y sin acuerdo mutuo, decidieron coincidir  allí todos los días…  Hasta que uno de los dos se aventuró a hacer de los gestos,  palabras…

                -¿Sabes tocar,  “mi unicornio azul”… de Silvio Rodríguez?...

                -Si, ¿Te gusta?.

                -Me gusta como la canta Silvio Rodríguez… Mi padre lo llama Silvio, como si fueran amigos.

                Ignacio comenzó a tocar y, Yolanda, se olvidó de que tenia una historia a medio escribir, un libro releído diez veces,  sin terminar y de que odiaba las historias de amor…

                José A. Fernández Díaz     

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