Allí donde los verdes son variados e intensos, los mares furiosos algunas veces y otras tan pacíficos que son como el cielo azul, allí donde la tierra tiene antojos, perversamente montañosa algunas veces, suave y generosa otras, escarpada y escabrosa cuando quiere, fértil siempre; donde el sol se esconde enamorando la mirada o encogiendo el corazón. Aquí estoy gustosamente atrapado y describo el reflejo de mis profundas intenciones... Desde Galicia, mi esquina verde.
Arde la piel de Adelaida, las muchas veces que se deja acariciar por el señor sol; que, como buen señor que es, de antojos anda más que servido… y sale, el señor sol, cuando la apetencia le llega o las nubes se dejan. Ella sueña que la caricia de la luz, abandona matices con sabor a tierras perfumadas por otras ganas, sobre la piel bajo la que refugia sus muchas pasiones… y se echa a soñar sin medida.
Sale al balcón, Adelaida, apenas vestida con una larga camiseta y un pequeño libro que guarda una inmensa historia de un universo sin mesura… Desproporcionadas las medidas a tomar, se deja llevar, se deja hacer, se deja volver… y, para cuando vuelve, resulta ser, que el señor sol se ha ido al otro lado de la pared y, solo está algo presente en la memoria que tienen las paredes, acosadas por los rayos que mas calientan… y las horas que mas alimentan el espíritu de los soñadores diurnos.
El balcón de Adelaida, tiene mucho de lo poco que uno imagina encontrar de este lado del espejo y poco o nada de lo mucho que una quisiera tener de cuanto habita del otro lado… del espejo. Tiene algunas veces rosales en flor y otras tomates en rama, una guitarra que quiere tocar pero que recurrentemente no se deja y un amante que está cuando tiene que estar… si ella quiere. También un gato que se llama lunes el domingo, martes el sábado, miércoles el viernes y jueves el jueves … ese día jueves está atento, porque siempre que es llamado quien lo hace acierta…
Cuando Adelaida sale al balcón, algunas veces, también sale la luna…juguetona y pícara, la luna… tal como Adelaida, que tiene por costumbre llamar las atenciones de su amante, haciendo que toca la guitarra, mientras se acaricia el ombligo y canta algún bolero, pensado para ilustrar desaires y suplicios. Desventuras muchas, las que cuentan las estrellas muertas que siguen brillando a pesar de todo… que la vida es eso; lo que uno deja brillando o no para los que se quedan mirando… o no. Las noches con Adelaida en el balcón, son noches que comparte con curiosos mirones de entrecortinas y luces melancólicas o cargadas de exceso.
La verdad es que, la buena de Adelaida solo vive en la imaginación de un mal escribidor de confusas conjunciones o fantásticos encuentros, entre lo que ha visto, lo que ha soñado, lo que quisiera ver y lo que sabe que nunca verá… Y el muy insensato se inventa seres hechos con de trozos de verbos y peripecias, algunas veces envenenadas de lujuriosa falta de descanso. Adelaida no existe, pero estaría bien si fuera verdad … y si fuera de mentira pero tuviera el don de escuchar, también.
José A. Fernández D.