Allí donde los verdes son variados e intensos, los mares furiosos algunas veces y otras tan pacíficos que son como el cielo azul, allí donde la tierra tiene antojos, perversamente montañosa algunas veces, suave y generosa otras, escarpada y escabrosa cuando quiere, fértil siempre; donde el sol se esconde enamorando la mirada o encogiendo el corazón. Aquí estoy gustosamente atrapado y describo el reflejo de mis profundas intenciones... Desde Galicia, mi esquina verde.
Tus ojos son el refugio de tus dudas…
Algunas veces no madrugaba. Pocas veces se iba a la cama sin soñar. Casi siempre se despedía de su mirada cansada, reflejada en el espejo. Nunca decía adiós antes de ir a dormir… Adios es una despedida que está hecha para el día, -pensaba-.
Había aprendido muchas cosas inútiles y olvidado la utilidad de un no a tiempo. Decía no, en un tono que pretendía simular una duda sostenida. Decía si, dejando cierta reserva de dominio en el punto sobre la “i”. Se había quedado algo atascado en la percepción de una realidad parecida a la que había conocido en algunos libros. Huía de la tecnología, que utilizaba el tiempo, para bien o para mal.
Entre la sala, el estudio y su habitación, se distribuían y sincronizaban, cuatro relojes de la misma marca y modelo. La hora que marcaban, distaba cuatro horas y dieciséis minutos de la oficial. Nadie, excepto él y su mejor enemigo, conocían la razón, el motivo.
En el baño había una estantería donde se alineaban, una biblia, el corán, el libro de los muertos… y cuatro royos de papel higiénico de reserva. No había otro motivo que la falta de espacio. La religión, las religiones fueron una pasión que consumió en un tiempo en que el estreñimiento había hecho de su vida una espera constante y una esperanza perdida…
La música no faltaba nunca. La televisión era un animal ausente. Conocía mas o menos bien todo cuanto sucedía en el mundo, porque, una vez a la semana, su mejor enemigo se pasaba a tomar café y dejaba al final, antes de decir adios, sin encontrar respuesta siempre, una ficha resumen de sucesos…
Nada tiene sentido si uno no se esfuerza en buscarlo… Buscando el sentido de las cosas terminó encontrando que la salida de emergencia no estaba señalizada. No necesitaba huir. Quería estar para cuando ella volviera. Había hecho de aquel lugar un frenazo en el tiempo.
Alguna vez pensó que quizá, probablemente, ella hubiera decidido no volver. Aquella vez se quitó las ideas con una botella de Vodka… Terminó vomitando algo más que los temores. Entonces probó con tequila. Pidió a su mejor enemigo que una vez al año, dejara en su mueble bar, alguna de aquellas medicinas…
Su mejor enemigo advirtió mas de una vez que no había razones para esperar a que ella volviera. Ella no iba a volver. No puede volver quien nunca se ha ido.
Cuatro horas y dieciséis minutos tuvieron la culpa.
Cabe el reproche, cabe, cuando es el otro quien tiene la culpa. Ella había estado esperando… esperó cuatro horas y dieciséis minutos. El gastó el mismo tiempo, cuatro horas y dieciséis minutos en decidir si era capaz de huir de su miedo. Su mejor amigo se acercó a la tristeza donde ella había naufragado… No supo hacer otra cosa que estar y de tanto estar se quedó. Cuando se confesó culpable/inocente, se encontró con palabras que hicieron de su vieja condición la de mejor enemigo. Nunca dejó de estar en ninguna de la dos partes. Amaba a la mujer que su amigo esperaba con absurda y tortuosa tozudez… quería a su amigo que había hecho de él una curiosa suerte de enemigo útil.
La vida tiene extraños antojos en forma de estúpidos rincones. Algunos rincones tienen ventanas que solo sirven para mirar al interior de los espejos.
José A. Fernández Díaz