Allí donde los verdes son variados e intensos, los mares furiosos algunas veces y otras tan pacíficos que son como el cielo azul, allí donde la tierra tiene antojos, perversamente montañosa algunas veces, suave y generosa otras, escarpada y escabrosa cuando quiere, fértil siempre; donde el sol se esconde enamorando la mirada o encogiendo el corazón. Aquí estoy gustosamente atrapado y describo el reflejo de mis profundas intenciones... Desde Galicia, mi esquina verde.
Para cuando despertó, encontró que, algo parecido a la primavera se iba haciendo con fuerza entre las luces y los sonidos del día a día. Amaneció siendo sábado y él libre, temporalmente, del ruido y la desconcertante peripecia de la vida con la que se había encontrado.
Se fue a la ducha, pero, al pasar por delante del espejo, se detuvo, miró profundamente a los ojos de su imagen y encontró en ellos el espíritu del soñador que había sido… Claro que la vida te hace marcas, claro que puedes dejarte pieles por el camino, pero no puedes dejar de ser lo que está en tu esencia… no, eso no. Aún se reconocía, aún era aquel con el que aprendió a descubrirse.
Bajo el agua tibia acarició, poco a poco el cuerpo, recién despierto y, como siempre, llegó al sexo que lo definía, para reconocerse vivo y, de alguna manera, dispuesto para compartirse o disfrutarse sin más… Envejecía, lo hacía imprudentemente, sin culpa, sin intención o premeditación; envejecía unos días más y otros nada. Era un poco el descuido y el susto, la imagen de un hombre cansado, muchos días y, casi nunca ya, la de la placentera alegría.
Había decidido vivir aislado. Su casa, simple y justa en proporciones, se había convertido en el refugio de sueños y pesadillas. Convivía con sus libros, la locura del cine, que se le metía por los sentidos, hasta las horas que ya no eran del mismo día, la música que llenaba sus mejores silencios… Con todo eso y lo que regalaban los días; lluvia, cielo azul, sol, nubarrones, niebla y silencio, luz y algarabía… Eso, casi nada.
Se fue a la cocina, llena de luz, e inició el rito de un café hecho con tiempo… Mientras la cafetera estaba en marcha miró fuera. Escuchó el latido de los rayos del sol en las márgenes indefinidas de sus pupilas y se echó a pensar… A soñar con ideas desarraigadas, con promesas mal gestionadas, con ganas atrasadas.
Luego, acordó consigo mismo, poner banda sonora a la paz con la que se había encontrado…
Abrió la puerta que comunicaba el interior con la terraza; respiró profundamente y volvió al interior… Buscó entre sus discos algo para acompañar aquel encuentro… Cuando por fin dejó el vinilo sobre el plato y comenzó a girar, cuando, con infinito cuidado, tomó el brazo entre sus dedos y depositó la aguja sobre el primer surco… cuando la inconfundible estática ocupó buena parte del silencio maravilloso, la cafetera comenzó a perfumar el espacio ocupado mientras los primeros compases de una de las mas hermosas bandas sonoras, creadas por Yann Tiersen, traía a su memoria, la disparatada vida de Amelie, un mágico París de cuento y los sueños hechos de realidades…
Para cuando terminó el día, un buen puñado de horas después, había viajado por tantos surcos como discos… Imaginó su vida así: un surco continuado, uno solo hasta el final del disco y entretanto, con desconcertantes pausas, variantes y giros con destino al centro del vinilo… donde la aguja se para y solo ofrece una curiosa sensación de cosa acabada pero sin terminar…
Para cuando terminó el día dos botellas de oporto, algo de queso y una veintena de poemas, sin terminar, se dejaban hacer con el regalo de la luz amarillenta del sol en retirada…
Mañana, seguramente, será otro día.
José A. Fernández Díaz.