Allí donde los verdes son variados e intensos, los mares furiosos algunas veces y otras tan pacíficos que son como el cielo azul, allí donde la tierra tiene antojos, perversamente montañosa algunas veces, suave y generosa otras, escarpada y escabrosa cuando quiere, fértil siempre; donde el sol se esconde enamorando la mirada o encogiendo el corazón. Aquí estoy gustosamente atrapado y describo el reflejo de mis profundas intenciones... Desde Galicia, mi esquina verde.
Despertó súbitamente. Eran las cuatro y media de la mañana. Aún no había comenzado a llover. Había anunciadas lluvias y viento. Puede que la tormenta hubiera comenzado antes… puede que él estuviera muy ocupado con la que acontecía en la pequeña aldea donde sobrevivían sus miserias.
“Me gusta tu libertad…¿puedo probármela?” …
Despertó con esa frase en la cabeza.
“Prueba, prueba sin miedo; yo me la encontré hecha”…
Sobre las cinco de la mañana había decidido abandonar la cama. No tenía sentido resistirse. Aquel lugar resultaba incómodo para quien no sabía detener los pensamientos.
Se fue al baño. Desnudó el cuerpo a medio despertar y se lo llevó a la ducha. Bajo el agua tibia se fue de viaje. Olvidó su condición de ecologista y se dejó abrazar por el agua y la dulce sensación del olvido…
Al poco tiempo se encontró con su sexo. Nunca dejó de estar allí. La edad no tenía la culpa. La culpa la tiene todo cuanto sucede mas allá del agua de la ducha. La libertad hace falta, se nota siempre y más cuando no está. La libertad tiene muchas formas y es parte de ese color que tienen algunos días… más que otros.
Recordó alguna ducha compartida. Ella odiaba las duchas compartidas pero algunas veces la pasión, el deseo, hacían que sucediera allí. Ella se moría de frío casi siempre y él de ganas. Las ganas terminaron por quedarse con él mientras ella se iba poco a poco sin que apenas pudiera darse cuenta.
La libertad a medida es la mejor libertad…
Volvió a la ducha después de una largo día de estupidez sostenida, de palabrejas inútiles y miradas sin ton ni son. La esfera del reloj se había viajado, una vez más, la hora en la que se encontró despierto pensando en la libertad… Fueron las cuatro y media de la tarde cuando ya había perdido la paciencia entre otras muchas infraestructuras de su demolida esperanza…
Bajo la ducha pensó que quizá, tal vez mañana iba a ser otro día.
José A. Fernández Díaz.