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Allí donde los verdes son variados e intensos, los mares furiosos algunas veces y otras tan pacíficos que son como el cielo azul, allí donde la tierra tiene antojos, perversamente montañosa algunas veces, suave y generosa otras, escarpada y escabrosa cuando quiere, fértil siempre; donde el sol se esconde enamorando la mirada o encogiendo el corazón. Aquí estoy gustosamente atrapado y describo el reflejo de mis profundas intenciones... Desde Galicia, mi esquina verde.

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Cuenta atrás (día seis)

Cuenta atrás (día seis)
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Me despertó la idea de que un mundo mejor es posible. La esperanza tiene cosas que he ido perdiendo por el camino.

Parece que la lluvia otra vez, hará de este día un día igual a los días diferentes. Me gusta la lluvia cuando no se le espera, me gusta ver llover, cuando estoy atrapado en el interior de una vetusta librería, donde los libros huelen a los sueños de quienes los han poseído antes…

Mi vecino ha despertado con ganas de que mi repulsión hacía sus miserias aumente. Se ha levantado exigiendo a gritos, desde su condición de hombre con hambre.  “Su” mujer ha olvidado que él se va a trabajar media hora antes que ella… y su desayuno aún no está hecho…  El, por sus partes, ha olvidado que ella dejó la comida hecha para que pudieran comer al volver del trabajo, planchó y se ocupó de lavar esos calzoncillos que tan bien sostienen su puta masculinidad…

Bajo la ducha no quiero escuchar, sueño con libros y pobladores mágicos de realidades falsas con olor a papel viejo. Anoche conseguí dormirme leyendo a Mario Benedetti. Me gusta llevarme a mis sueños los versos sin terminar, las palabras rotas. Ella sabía escuchar, sabía sentir cuando yo me ponía a leerle. Un día acordó consigo misma llevarse algunos de mis libros para compartirlos con su nuevo amor. No se lo reprocho; Benedetti vale la pena. Sabe hacer de la palabra una reflexión viva,  apoco que se desliza sobre el papel…

No sé como es él… Sé como es Benedetti y creí saber como era ella.

Mientras  caliento el agua,  con mi desesperante automatismo, busco el café soluble y la sacarina… Necesitó el sabor del café para asumir que ha nacido un nuevo día… también para saber que se muere. Despido siempre las últimas horas del día con un café,  sin miedo a que me quite el sueño. Otras cosas me lo quitan antes.

Este día de hoy está enfermo, por contagio, de la monotonía y la rabia del que superé ayer. Hoy toca sobrevivir a la idea de mañana. Me temo que hecho en falta a la mujer que me amaba hace un mes tal vez y algunos de mis libros de Benedetti.

Vuelvo a casa sin la sensación de haber estado en alguna parte… vuelvo vacio e insoportablemente perdido. Me desnudo del todo y, con la piel expuesta,  me asomo a los hilos de la ducha… La paz en la guerra me inunda hasta consumirse en los extremos de los nortes que me pierden.

Ella decidió irse. Yo decidí quedarme. Ella ama. Yo amo. Ellos se aman. Yo la amo… y mi yo está solo. La soledad tiene algo de libertad. Me gusta como huele la libertad cuando no tiene dueños.

Tal vez mañana acuerde consigo misma volver… Yo estaré por si decide hacerlo y si no dejaré una nota.

José A. Fernández Díaz

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