Allí donde los verdes son variados e intensos, los mares furiosos algunas veces y otras tan pacíficos que son como el cielo azul, allí donde la tierra tiene antojos, perversamente montañosa algunas veces, suave y generosa otras, escarpada y escabrosa cuando quiere, fértil siempre; donde el sol se esconde enamorando la mirada o encogiendo el corazón. Aquí estoy gustosamente atrapado y describo el reflejo de mis profundas intenciones... Desde Galicia, mi esquina verde.
Las ciudades olvidan. Lo hacen con facilidad. Las ciudades hacen del anonimato una presencia permanente, una constante, que curioso, con caras y miradas conocidas, pero sin nombre y otras cosas de dudosa importancia.
Anónima la ciudad, anónimos los personajes, los habitantes de una historia, tal vez el relato resulte insustancial… tal vez.
En cualquier caso él esperaba que la ciudad se dejara querer. Tenía la costumbre enraizada en las horas posteriores al ocaso. Disfrutaba de la cadenciosa rendición, del abandono a las oscuridades, donde la vida tenía una curiosa manera de estar. De camino al centro de sus mejores momentos, él saludaba, sin decir nada, a todas y cada una de las farolas, que se hacían protagonistas de la noche.
Él había nacido lejos de aquella ciudad. Abandonó el campo cuando apenas sabía si quería estar en otra parte. Luego la vida fue soledad, hasta no dejar ver otra cosa y al final encontró su sitio.
Se había encontrado con retazos de historia que obligaban a entender el motivo o la razón de los nombres, de las formas, costumbres buenas y malas… algunas manías y el por qué de esa grata decadencia que lo envolvía todo.
Había un lugar, uno solo y tan habitual, que apenas entendía el espacio donde vivía como una necesaria extensión de aquel otro. En el bar de siempre, en la mesa de siempre… solo para él. Allí había aprendido a escuchar la ciudad, en piezas breves y contadas a una dos y tres voces; se había aprendido a el mismo, con una mecánica suculenta de viajes al interior de sus despedidas, después de haber compartido con ella una larga o larguísima conversación con música de fondo, vino o cerveza.
La costumbre se había hecho una especie de enfermedad y la necesidad de estar, para compartir con ella, la razón… de un tiempo a esta parte, la más grande de las razones. Tal es así que despertaba imaginando versos, anotando pasajes con los que adornar el trasiego de la conversación que iba a venir; con la que se gastaban generosamente las horas de bar y madrugada.
Se encontraron, ella y él, con la casualidad y por la casualidad, de estar persiguiendo sueños en soledad. Se encontraron esculpiendo ideas entre líneas propias y hurtadas culposamente a quienes habían hecho de la literatura una manera de malvivir. Se encontraron, intentaron conocerse y creyeron conocerse, hasta que descubrieron que las palabras apenas llegaban, apenas eran suficientes.
Ella vivía en algún lugar donde él no había conseguido llegar… él vivía donde el sol se ponía para que esa otra vida comenzara. Puede que hubieran construido algún que otro secreto, puede que no se lo hubieran dicho todo y, sin embargo, se sabían mucho, casi de memoria…
Pero un día ella no volvió. El esperó hasta desesperar, pero ella no apareció. Consiguió superar el primer día de ausencia y casi el segundo… al tercer día, se reconoció perdido, confuso, consciente de que todo, de aquella manera, era terriblemente volátil, efímero, insustancial.
Ella no volvió a aparecer, él nunca supo por qué. Se conectó a aquella red social un millón de veces y un millón de veces dejó mensajes desesperados e imprudentes… cargados de esa locura que genera la impotencia. Sintió la soledad mas grande, sin caer en la cuenta de que ella era un nombre, alguna foto, palabras escritas, muchas palabras escritas y nada más. No había voz, no había piel, miradas … nada. Solo una imagen, tal vez inventada, tal vez falaz, de un espíritu afín.
Volvió tantas veces como pudo, la buscó en la red y nunca más supo otra cosa distinta a las que aún conservaba en el historial de sus conversaciones dibujadas sobre la superficie blanca de la pantalla, donde la soledad, con la que se había encontrado súbitamente, se adornaba con una publicidad ofensiva y ridículamente innecesaria…
José A. Fernández Díaz