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Allí donde los verdes son variados e intensos, los mares furiosos algunas veces y otras tan pacíficos que son como el cielo azul, allí donde la tierra tiene antojos, perversamente montañosa algunas veces, suave y generosa otras, escarpada y escabrosa cuando quiere, fértil siempre; donde el sol se esconde enamorando la mirada o encogiendo el corazón. Aquí estoy gustosamente atrapado y describo el reflejo de mis profundas intenciones... Desde Galicia, mi esquina verde.

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Besos besados

Besos besados
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                 Dame un beso y dámelo todo…

               Porque un beso es la antítesis de cualquier cosa. Esta  hecho,  un beso,  de ganas y algunos rumores de deseos y aquella pieza perdida en la adolescencia…

                Estar enamorado es no estar entre los otros vivos.

             Eugenio se paseaba torpe y sin prisa entre las estanterías de la librería a la que acudía desde que, una noche de otoño, tras percatarse de que llevaba el cordón de uno de sus zapatos  llamando atenciones, decidió atarlo y se encontró,  frente a frente,  con “memorias de un amante sarnoso” de Groucho Marx…pero al fondo la imagen apacible de Úrsula en un indiscreto juego de planos.

                Úrsula trabajaba allí…

                Entró, entonces entró y el detector o arco de seguridad clamó hasta llamar la atención de todos. Eugenio se percató de forma transversal y,  sin pensarlo, levantó las manos, preparado para ser sometido a una inspección rigurosa… No llevaba armas, no de las que hacen muertos,  tampoco había robado en un lugar donde simplemente entraba… no robaba libros… no sabía robar.

                Ella, Úrsula,  sonrió y se disculpó al tiempo que sugería que bajara las manos. Él tardó en hacerlo porque, simplemente,  había olvidado  todo, se quedó mirándola con todos los demás sentidos apagados…

                Aquella noche fue el último en salir… y con despedida ruidosa. Ella lo despidió haciendo caja y con una inolvidable sonrisa, de labios para no olvidar nunca.

                Volvió casi todos los días, y todos los días fue recibido y anunciado por el pitido del arco… volvió a pesar de todo, todos los días,  hasta que uno de esos días, uno  que casi nadie recuerda, confesó conocer el secreto del arco de seguridad, y se lo confesó a Úrsula.

                Ella había aprendido de él algunas cosas mas que aquel nombre con el que había coronado  cosas, casi siempre bonitas. Eugenio era una constante y, pese a su torpeza,  que mas de una vez se llevó por delante alguna estantería llena de libros, que terminaron con los dos en el suelo reordenando muertos de risa, a pesar de esas cosas maravillosas, había aprendido a tener ganas de que apareciera por la puerta.

                Así pues, aquella noche, justo antes de hacer caja,  ella escuchó con mucha atención la explicación que Eugenio encontró a la fijación que el arco tenía exclusivamente con su persona…

                -Se trata –dijo en tono sobradamente serio-, de un artilugio que detecta a los que están locos de amor. Y yo soy uno de ellos. Estoy enamorado cuando entro y enamorado cuando salgo. ¿has probado si funciona contigo?... Es posible que estés enamorado y no lo sepas.

                -Yo entro y salgo sin que pase nada -respondió sin demasiada seguridad-. Claro que entro y salgo cuando está desactivado…Lo activo yo cuando he entrado y lo desactivo antes de salir…

                - Luego puede que estés enamorada y no lo sepas… Yo sé que lo estoy.

                -Yo …

                -¿Quieres probar?

                -Vale.

                Úrsula pasó bajo el arco y aquel cacharro pitó con locura… volvió dentro y pito una vez más. Él sonrió satisfecho y se confesó enamorado de una librera a la que ella conocía mejor que él. Ella no pudo esconderlo más. Confesó que desde el primer día había dejado de sentir que las horas se le hacían inmensas, que sabía que tarde o temprano iba a volver y para cuando volvía no importaba el cansancio o las horas agotadas en explicar o recomendar obras…

                Ella no pudo esconderlo mas. Mientras él se inventaba alguna que otra peripecia para robar el primer beso, ella sacaba un pequeño libro,   con su chip de seguridad,  de la chaqueta y lo abandonaba sobre el mostrador…  

                El primer beso sabía siempre un poco a fantasía y a paraíso conquistado…

                José A. Fernández  Díaz

 

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