Allí donde los verdes son variados e intensos, los mares furiosos algunas veces y otras tan pacíficos que son como el cielo azul, allí donde la tierra tiene antojos, perversamente montañosa algunas veces, suave y generosa otras, escarpada y escabrosa cuando quiere, fértil siempre; donde el sol se esconde enamorando la mirada o encogiendo el corazón. Aquí estoy gustosamente atrapado y describo el reflejo de mis profundas intenciones... Desde Galicia, mi esquina verde.
En el cuerpo a cuerpo de apetitos encendidos, de sábanas revueltas, de piel con calor y color de infierno sin desvíos, encontramos el principio donde moría la tarde y allí nos fuimos, sin treguas ni horas, sin minutos ni vencidos, sin batallas ni segundos… allí nos fuimos.
Ella era un sueño hecho de realidades y yo su peor pesadilla. Nunca conseguí entender cómo se llamaban los motivos de su estruendosa ceguera y, puede que tuvieran alguna culpa las palabras que aprendí a tararear de esas viejas cintas en blanco y negro, con perspicaces seductores vestidos de gris oscuro, sombrero e incuestionable elegancia en el vestir… Es posible que fuera el verbo y también es posible que fuera mi carácter, iluminado por la luz que era únicamente de ella…Éramos, en cualquier caso, todo locura.
Me gustaba su piel iluminada leve y silenciosamente, por la luz que se colaba entre las cortinas. Aprendí a recorrerla en la oscuridad, a sabérmela de memoria, a volver por entre sus vértices y abismos hasta reencontrarme con aquella manera de mirar encendida , silenciosa que llamaba al espíritu de mis mejores capítulos. Me la imaginaba escrita, relatada, rimada, dibujada y desdibujada, mientras la tenía conquistada, atrapada, erizada …
Cuando no estaba, hacía de la memoria una herramienta, un arma, un lápiz, un pincel, y me llevaba a la cama para soñarla un millón de veces antes de que me rozara definitivamente el amanecer. Luego… algunas horas más tarde, cuando la memoria ya no era suficiente, cuando apetecía la poesía de sus caderas, los versos de sus pechos, la rima furtiva de sus límites, donde nunca supe saber si era yo el que se perdía o ella la que me encontraba… luego algunas horas más tarde, hacía de mi, un amasijo de ganas y me iba con la mirada fija en ninguna parte distinta del horizonte de sus ojos…y llegaba, casi siempre llegaba, como casi siempre estaba… casi siempre estábamos, luego, casi siempre volvíamos a dejar de estar.
Pero un día, uno de esos días cualquiera en que siempre volvía, me encontré que su cuerpo tenía algo parecido a la poesía tibia…
Tras la batalla, en medio del mar blanco de olas agitadas antes y terriblemente pacíficas al final, ella se confesó herida por el verbo de otro. Entendí que había llegado el principio de uno de mis otros finales posibles y acepté dar por perdida la piel con la que había hecho volar locuras por los aires.
Un poeta debe sabe perder. Las musas están para incendiar el verbo de amores y desamores… Había llegado el momento de escribir de memoria.
José A. Fernández Díaz