Allí donde los verdes son variados e intensos, los mares furiosos algunas veces y otras tan pacíficos que son como el cielo azul, allí donde la tierra tiene antojos, perversamente montañosa algunas veces, suave y generosa otras, escarpada y escabrosa cuando quiere, fértil siempre; donde el sol se esconde enamorando la mirada o encogiendo el corazón. Aquí estoy gustosamente atrapado y describo el reflejo de mis profundas intenciones... Desde Galicia, mi esquina verde.
Aburrido de no ser otro distinto a quien no quería ser y roto de cansancio, intentando buscarse entre decenas de falsas vestimentas se dio a la fuga… en un buga despiezado entre primaveras y otoños de locura desenfrenada.
Lo cierto es que un día concluyó que si tardas en encontrarte, el día que por fin te encuentras, no solo no te conoces sino que, además, no te reconoces como especie ni espécimen.
Nació a los nueve meses, justos y necesarios, contados desde el amanecer siguiente a un inolvidable 14 de febrero, del año en que su madre había cumplido los treinta años. Ella, la madre, había dedicado una buena parte de su vida, razonable y razonada, a buscarse… Y lo hacía con una organización y dedicación nada despreciables. Aquello del 14 de febrero, fue sin embargo un lamentable desencuentro consigo misma y un encuentro con una curiosa versión de padre algo anacrónica y nada estable, en todos los sentidos imaginables… el vértigo incluido.
La madre prescindió del padre, y por descontado, él también… No hubo padre de referencia ni referencia al padre, un poco por profilaxis y otro poco por sentido común. De ese prescindir se llevó, a su futuro, una carga para ella sola. Esa carga dio al traste con la búsqueda de si misma, que heredó su hijo. Él aprendió de su madre que es incómodo asumir como verdadero el disfraz que ha tocado y que la felicidad está en encontrar el origen de los desencantos… esto último no solo no lo entendió nunca sino que además no era capaz de recordarlo y se lo tatuó en una de sus nalgas preferidas. Ambas, por desgracia, eran de su propiedad y la lectura del recordatorio, compleja.
Leía todo cuanto caía en sus manos. Una y otra vez ocupaba su tiempo libre, que era abundante y generoso, en pasearse por los errores de los otros y reiniciaba su sistema, cuando encontraba razones para hacerlo. Pasó, así, por un buen puñado de ideas hasta que, un día, se dio por perdido y desistió. No encontraba su sitio porque no había un sitio para alojar las ganas de volar en libertad.
Ese fue el mensaje y la herencia de aquella madre valiente, que se supo embarazada poco después de un día del amor institucional, uno cualquiera pero especial porque, sin que hubiera amor de verdad, se hizo el milagro de uno de los frutos del amor... el desarraigo.
José A. Fernández Díaz