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Allí donde los verdes son variados e intensos, los mares furiosos algunas veces y otras tan pacíficos que son como el cielo azul, allí donde la tierra tiene antojos, perversamente montañosa algunas veces, suave y generosa otras, escarpada y escabrosa cuando quiere, fértil siempre; donde el sol se esconde enamorando la mirada o encogiendo el corazón. Aquí estoy gustosamente atrapado y describo el reflejo de mis profundas intenciones... Desde Galicia, mi esquina verde.

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De camino al lado oscuro

De camino al lado oscuro
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          Condenado a arder en los inviernos, con calores de artificio o cale-facciones de otros mundos, me resigné a pasar de la mejor manera fusible,  el tiempo que media entre el principio del otoño y el final de la primavera…

                Ella venía de parte del señor que domina el lado oscuro y yo,  coherente con mi condición de Jedi en prácticas y a tiempo parcial, me puse a su disposición,  indispuesto para algún que otro menester casi inconfesable…

              El amor me había abandonado  como práctica y había sido sustituido por la mas aberrante de las perversiones: la contemplación (sin más y sin menos), la contemplación discreta-in. Entonces… fue entonces,  cuando noté el primer ramalazo de alteración en la fuerza. Algo me tiraba y no se trató de piedras, nunca. El lado oscuro tenía su “aquel” harto interesante y placentero.

           La verdad es que,  entonces, llevaba algún tiempo algo aburrido de las suavidades y sutilezas con las que se trataban las cosas importantes de la vida en el lado claro.  Impaciente por corresponder a mi oscuridad creciente,  la cogí de la mano con mi mano izquierda… y con la otra, que suele estar al otro lado del cuerpo (por lo menos en mi caso), saludé de cerca, con algo de temor galáctico; que uno no viene de un planeta cualquiera  donde las espadas laser brillan por su ausencia.  Es bien cierto que en mi Tierra se estila más la navaja laser; pero no es menos cierto que cuando hablamos de laser,  el tamaño no importa demasiado. Un laser bien calibrado hace mucho mal… y mal calibrado, apuntando a los ojos, también.

            Odio los prolegómenos o prólogos; y los odio esencialmente porque, nunca recuerdo lo que significa una cosa y la otra. Prefiero las introducciones que son más  fáciles de recordar. Por esa razón recurrí a la técnica del contacto mano a mano y el saludo de proximidad. Creo que me aceptó,  o me rechazó con tanta pobreza de espíritu que apenas me percaté… Nos dejamos llevar por las sinrazones que mueven a la estupidez y asumimos como propio el viaje de regreso al lugar de donde nunca debimos haber salido… No, no, esto es de otro relato. En realidad ella me aceptó, creo, porque estaba trabajando. Yo era su propósito y,  sin otra cosa mejor que hacer, la seguí al lado que quisiera llevarme. Ya,  con la fuerza toda alterada y sin ánimo para discutir, lo olvidé todo, mientras ella me enseñaba fotos en blanco y negro del área recreativa de la estrella de la muerte.

             -Allí somos felices –me dijo-, puedes estar todo el día dando vueltas sin chocarte con las esquinas… porque se llama estrella,  pero es una esfera toda llena de curvas.

                -A mi me vale –comenté, con un entusiasmo desproporcionado-.

              Antes de dar por concluido el acuerdo se me antojó hacer una última pregunta  de mero trámite.

                -Allí en la estrella de la muerte, ¿el sexo es legal?

                -Si, -me contestó tajantemente-, cada uno puede llevar el suyo.

            Reconozco que la respuesta me dejó algo inquieto y confundido,  pero no fui capaz de poner en evidencia toda la ignorancia de la que soy capaz.

                Y allá nos fuimos. De camino a las instalaciones del lado oscuro  se me ocurrió recordar,  por última vez,  las sabias palabras de mi madre: “tiran mas dos tetas que dos carretas”…

                José A. Fernández Díaz                 

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