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Allí donde los verdes son variados e intensos, los mares furiosos algunas veces y otras tan pacíficos que son como el cielo azul, allí donde la tierra tiene antojos, perversamente montañosa algunas veces, suave y generosa otras, escarpada y escabrosa cuando quiere, fértil siempre; donde el sol se esconde enamorando la mirada o encogiendo el corazón. Aquí estoy gustosamente atrapado y describo el reflejo de mis profundas intenciones... Desde Galicia, mi esquina verde.

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Al final

Despedida

Despedida

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                      Tardaba en llegar… No iba a llegar nunca.

                Uno no sabe, no puede saber hasta dónde llega la vida y cuando toca reconocer que somos frágiles y vulnerables… mortales en definitiva.

                Él tenía la curiosa costumbre de escribir una breve nota,  quizá no tan breve algunas veces; una nota que luego colgaba en la puerta de la nevera. Lo hacía antes de salir de casa con dirección al trabajo. Luego, al final del día recogía aquella reflexión y dejaba el lugar para otra que escribía justo al amanecer de  la mañana siguiente.

                Ella se había acostumbrado a aquella manía y, sinceramente, ya no prestaba atención al contenido de los textos. Solo alguna vez, mientras desayunaba, solo alguna vez leía sin más…

                Aquella mañana él lo hizo. Como siempre había dejado un texto… sin saber; cómo iba a saber que aquel tenía la cualidad de ser el último.

                Llegada la hora y algo nerviosa porque él no contestaba al teléfono, buscó por toda la casa una explicación, invadida por el miedo, terminó por descubrir en  la puerta de la nevera una explicación;  se encontró con el texto de aquel día… lo leyó…

                “Inmensa noche de sueños hechos con pedacitos del tiempo lleno de magia e ilusiones del que tiene la culpa la mujer que puebla mi vida. Maravillosa noche de recuerdos para hacerme pensar que soy un transeúnte afortunado. Posé un beso sobre tus labios mientras dormías porque me apetecía agradecerte, decirte que sin ti los sueños no tendrían sentido y la vida estaría vacía…  Yo te quiero”

                Pasaron los días que se hicieron semanas y luego años… él no volvió, no podía hacerlo… Ella se perdió para siempre en el interior de la cárcel de su mundo interior. Miraba y recitaba de memoria,  todos los días, el contenido de  aquel papel pegado en la puerta de la nevera,  que había dejado de funcionar dos o tres años después.  Nadie volvió a saber de la mujer que había sido. Nadie supo entender que él ya no estaba.

                José  A. Fernández  Díaz

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