Allí donde los verdes son variados e intensos, los mares furiosos algunas veces y otras tan pacíficos que son como el cielo azul, allí donde la tierra tiene antojos, perversamente montañosa algunas veces, suave y generosa otras, escarpada y escabrosa cuando quiere, fértil siempre; donde el sol se esconde enamorando la mirada o encogiendo el corazón. Aquí estoy gustosamente atrapado y describo el reflejo de mis profundas intenciones... Desde Galicia, mi esquina verde.
De tanto intentarlo, de tanto rendirse, amaneció, un día cualquiera de otoño, en el lugar mas hermoso del que los sueños suyos eran capaces. Tomó prestado el tiempo que dedicaba a ser una más, anónima e invisible y se lo gastó en atrapar entre el ir y venir de su propia manera de respirar , los encantos de la relación con las cosas que no se pueden tocar.
La vida es poco de lo que uno quiere y mucho de lo que a uno le toca; pero solo si nos rendimos. Ella se rendía a veces y otras veces hacía un viaje al centro de su universo interior, para encontrarse con los cajones abiertos y a rebosar de recuerdos entre las hojas secas de un buen puñado de otoños. De aquellos viajes volvía hecha una luchadora con ganas de seguir y seguía siempre.
En su jardín, abierto a la libre disposición de los dioses, llovía y hacía sol, olía a hierba seca y a pradera húmeda, a bosque profundo y umbrío, a mar intenso y bravo, pacífico y sereno a veces… Había libertad para elegir entre la noche y el día, entre el ruido y el silencio imposible, entre la poesía y la prosa, entre las palabras y los signos…
Algunas veces, con la voracidad del egoísta más grande, él respiraba a su lado y ella huía, huía para no saber de sus manos, de sus palabras y su furia… del horror de tener los pasos contados y las horas heridas de muerte. Viajaba al jardín de sus secretos con una mano tapando la boca del animal y la otra la mirada del miedo. Viajaba con ganas de no volver; pero, sin saber por qué volvía una y otra vez sin ser capaz de una huida definitiva.
Cuentan que apenas un par de personas sabían de su jardín secreto, cuentan que las continuas ausencias, las huidas al interior de si misma, hicieron de la bestia con la que convivía un animal asesino. Cuentan que no la entendió nunca porque nunca se acercó al latido de la mujer con la que se había casado… para arruinarle la vida. Cuentan que ella guardó silencio para siempre cuando las palabras afiladas, las cosas que herían se hicieron brechas en la piel, brechas por donde se escaparon primero las ilusiones, luego las esperanzas y, al final la vida…
Celoso el animal, celoso de la mujer que se defendía refugiándose entre los límites pequeñitos de su jardín inventado, celoso de no entenderla, de pensarla propiedad de otro, de imaginarla fuera de sus tortuosos dominios, celoso de los viajes a su jardín, celoso la torturó hasta matarla…
José A. Fernández Díaz