Allí donde los verdes son variados e intensos, los mares furiosos algunas veces y otras tan pacíficos que son como el cielo azul, allí donde la tierra tiene antojos, perversamente montañosa algunas veces, suave y generosa otras, escarpada y escabrosa cuando quiere, fértil siempre; donde el sol se esconde enamorando la mirada o encogiendo el corazón. Aquí estoy gustosamente atrapado y describo el reflejo de mis profundas intenciones... Desde Galicia, mi esquina verde.
Ella se sorprendió cuando escuchó hablar a un hombre que solo, al pie de un árbol herido de otoño, miraba al fondo de la nada…
-“Odio cosas. Odio las cáscaras vacías que crujen con el peso de la lógica y miradas insanas que no se soportan a si mismas…. Y odiar no es bueno, me han dicho algunas de esas cáscaras vacías. Pero yo odio de alguna manera muy personal y pacífica, sin ir muy lejos y sin que apenas se me note. Odio, por ejemplo, los falsos días grises y mucho más aún a los falsos días de luna llena… que son noches desvirtuadas. Y odio odiar porque no lo se hacer bien.
Odio personas, que son cáscaras vacías, que crujen con el peso de la lógica… vacías hasta doler de tanto eco… y odiar no es bueno … me lo han dicho algunas de esas cáscaras vacias. Pero yo no se odiar bien y no hago nada para remediarlo.
Odio al iluso que soy, al ignorante que no soy capaz de superar, al soñador que nada sabe de lo dura que es la realidad … odio no entenderme, no saberme, no cambiarme… y no hago nada para remediarlo…”
Ella se dejo caer de cansancio poco antes de llegar al pie del árbol…
“Yo, señor, soy el odio que no se entiende… ¿cree usted en el odio a primera vista?...
José A. Fernández Díaz