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Allí donde los verdes son variados e intensos, los mares furiosos algunas veces y otras tan pacíficos que son como el cielo azul, allí donde la tierra tiene antojos, perversamente montañosa algunas veces, suave y generosa otras, escarpada y escabrosa cuando quiere, fértil siempre; donde el sol se esconde enamorando la mirada o encogiendo el corazón. Aquí estoy gustosamente atrapado y describo el reflejo de mis profundas intenciones... Desde Galicia, mi esquina verde.

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Hombre, solo, busca.

Imagen encontrada en internet.

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                Con la esperanza de encontrar  la puerta de acceso a mi yo interior,  viaje al fondo del supermercado que tengo a dos manzanas de casa. Tengo  por norma acudir a semejantes templos,   cuando los indicadores de desesperanza,  me impiden frecuentar las costumbres mas arraigadas en esa naturaleza mía tan terriblemente bipolar. He encontrado en el contacto con las cajeras una liberación espiritual que mas de una vez me ha acercado a dios.

                La mañana era desapacible y,  con tanta gente buscando abrigo,  no resultaba fácil circular por la acera sin pisar las  líneas de separación entre las losetas.  Esas fisuras en el suelo siempre me han preocupado, aunque tengan la apariencia de algo hecho aposta en realidad presiento que son una ranura con destino al cielo de los malos… y yo soy malo.

                Conseguí llegar a mi supermercado de confianza y lo primero que me encontré fue la mirada comprensiva de la encargada. Una mujer que me vio crecer y decrecer tantas veces que quizás era ella la razón de mis retornos. Nos hicimos un gesto y con eso pareció bastar. Seguí hasta la frutería pues mi viaje siempre comenzaba por perderme para luego buscarme. Las frutas con perfume propio,  color entrañable y formas sugerentes me gustaron siempre, mas que otra cosa,  para volver a otros tiempos en un turbulento y vertiginoso viaje con la memoria. Tomé una bolsa y dos guantes. Metí las manos en los guantes y protegí mi cabeza con la bolsa, luego me dedique a oler de cerca manzanas, peras, plátanos… hasta que una dependienta  de la frutería se acercó para ofrecerme ayuda. Yo necesitaba ayuda pero puede que ella equivocara mis intenciones. Se alejó con la mirada mía clavada en la espalda. Concluí aspirando profundamente una pirámide de naranjas y reflexionando sobre la mitología de las vitaminas aspiradas o esnifadas.

                Al pasar por la sección de mascotas un picor en el muslo derecho me obligó a tirarme en el suelo y rascarme vigorosamente. Una señora que por allí pasaba comentó,  con otra que seleccionada comida para su gato, lo triste de mi situación. Agradecí la preocupación pues la gente no siempre entiende que uno pueda no ser demasiado ortodoxo en la manera de rascarse.

                Por fin me encontré con Alejandra. Alejandra era morena y  pese a mis muchas intentonas y detalles, aún no había conseguido arrancarle un simple si para alguna de mis muchas invitaciones a cenar una mañana cualquiera. La pobre había perdido a su padre dos veces, a su madre tres o cuatro y a sus abuelos… por sus abuelos estaba de luto permanente. Maldita costumbre la de morirse que tiene  la gente. Alejandra lo sabía bien pues perder un padre y una madre una vez es terrible, pero mas de una ya es desolador… Pobre, cómo iba a querer cenar conmigo?.

                Alejandra me saludó con timidez y no se extrañó cuando le pregunté por su madre y su padre… y por la sección de yogures a punto de caducar. Allí me fui, no sin antes pasar por la sección de artículos de camping. Confieso que siento una atracción terrible por las cucharas de plástico  blanco y un miedo inexplicable a los vasos transparentes. De hecho cuando bebo siempre tapo el líquido para no ser capaz de verlo en el momento de llevármelo a los labios. Soy demasiada agua para diluirme en otros líquidos externos,  pero mi médico me aconsejó beber dos litros de agua cada día y casi siempre termino lamiendo el tapón pues las envasadoras no ajustan bien las cantidades…

                Con mi cuchara en la mano me fui a la zona de lácteos y paré un ratito en las neveras de los helados. Como siempre abrí la puerta y metí la cabeza mientras contaba hasta sesenta y nueve veinte veces. Con la cabeza fría y el corazón caliente el mundo se entiende mejor.

                Algo mas relajado y ya junto a los yogures me senté en el suelo, no sin antes desabrocharme el cinturón y cogí un pack de seis yogures de fresa… los destapé todos y con mi método de toda la vida comencé a comer una cucharada  de cada uno. Si todo iba bien debería terminar con una última cucharada el último de los yogures pero si no era así  tocaba volver a empezar. Mientras comía, rezaba en voz alta con infinita devoción.  Es posible que no me hubiera concentrado adecuadamente o el sabor elegido no fuera el correcto, pero lo cierto es que en el último yogur me sobraron cuatro cucharadas… Volver a empezar. Esta vez preferí intentarlo con yogures de melocotón y lo conseguí.  En paz con mi espíritu, me incorporé, abroché el cinturón y emprendí mi camino de regreso a casa. En la caja me esperaban la dependienta y el guardia de seguridad. Pagué,  agradecí su preocupación y salí a la calle  con la curiosa sensación de haber entrado en un tórrido verano espiritual.

                José  A. Fernández  Díaz.

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