Allí donde los verdes son variados e intensos, los mares furiosos algunas veces y otras tan pacíficos que son como el cielo azul, allí donde la tierra tiene antojos, perversamente montañosa algunas veces, suave y generosa otras, escarpada y escabrosa cuando quiere, fértil siempre; donde el sol se esconde enamorando la mirada o encogiendo el corazón. Aquí estoy gustosamente atrapado y describo el reflejo de mis profundas intenciones... Desde Galicia, mi esquina verde.
Animados por el alcohol, en medio de la noche profunda, el poeta y el loco, dejaron la vieja taberna no sin antes llevarse al bolsillo una botella intacta de un madurado licor de hierbas para compartir de camino a la playa. La noche, aquella noche sobre la que estaba suspendida una inmensa luna naranja, tenía un horizonte indescifrable e imprevisible.
Acostumbrados a compartirse entre sinceridades al límite y reflexiones interminables, llegaban siempre al mismo lugar donde quizás el mar marcaba el punto final del camino de ida. Por allí, sin que ninguno de los dos tuviera el valor de evidenciarlo, soñaba la sirena.
-Sabes poeta -comenzó a decir el loco-, me encontré con una frase del maestro Benedetti que, como siempre, me ha puesto a pensar; “La condición de miserable es un tumor del alma, casi siempre incurable, porque el alma no admite cirugías”… La maldad, amigo mío, la maldad en su expresión mas arraigada da trabajo a los ángeles exterminadores… pero los malos pueden con los ángeles que están para vengar a las víctimas.
-Benedetti, grande, amigo mío, de lectura apetecible y próxima. Yo puedo decir que empeñado en ser un blanco perfecto, tan blanco que pudiera pasar desapercibido, terminé por convertirme en victima de la inexplicable puntería de matones con verbos afilados, rabia incontenible y odio universal a flor de piel… piel curtida por la podredumbre de sus madrigueras. Puedo decir que mis versos, esa manera mía de explicarla vida, atrajo siempre a hombretones dispuestos a convertirme, según su encendida y vacía expresión, en un maricón al que despellejar y… sabe usted? … me importó siempre menos que poco, muchísimo menos que nada.
-Todo –agregó el loco-, es una inmensa mierda si imaginas la vida a tu medida y apenas eres capaz de pensar o comprender que los demás también tienen derecho a opinar y discrepar libremente. Todo es una mierda si no eres otra cosa que un tirano, envidioso y endiosado con la imagen que te devuelve el espejo mágico de tu vanidad. Y es cierto que tienes una capacidad, nada envidiable, pero muy tuya… puedes destruir la vida de los otros que solo pretender dejarse llevar pacíficamente por la vida que nada tiene de malo. Desde mis sinrazones he visto romperse en pedazos la vida de inocentes, bombardeados con la maldad de villanos cotidianos.
- De la envidia y el odio nunca sale nada humanamente explicable – dijo el poeta acercando la botella a su buen amigo que no tardó en respirar hondo y dar cuenta de un buen trago-. Intentando vivir sin razones para desistir me encontré alguna vez con aquellos seres a los que no hubiera deseado parecerme ni tan siquiera en tiempos de guerra. Vivir como viven, bajo una montaña de mentiras es arriesgado porque de vez en cuando se puede escapaba una que otra verdad, que terminaban por destapar la evidencia. Temerosos de que pudiera existir un dios castigador o vengador se disfrazaban de demonios, siempre mas amables que la cruel realidad.
- Complicado mundo de cazadores crueles y blancos fáciles donde decir la verdad y exponer sentimientos es algo parecido a pasearse descalzo sobre el filo de un cuchillo herrumbroso – dejó caer el loco-, mientras señalaba la luna que, teñida de sangre, se dibujaba sobre el mar pacífico.
-Parece – dijo el poeta-, que los malos nunca mueren y mueren, pero lo hacen demasiado tarde. Parece que siempre resisten para ver sufrir a sus víctimas hasta el último momento… y mueren al fin, mueren infectados con esa condición de miserable.
Poeta y Loco, hablaban de sus vidas, heridas por la maldad de esos hombres que creen que otros hombres lo son menos porque miran la vida con pasión y no tienen miedo de abrirse en canal para exponer su yo interior, sin miedo… Ambos, blanco fácil de artilleros cotidianos, hoy borrachos de emociones y sueltos los verbos por el licor, hicieron llorar a la sirena que escuchaba tras una roca en el agua, mientras la llamada luna de sangre se consumía temporalmente en un súbito eclipse…
José A. Fernández Díaz.